Hipoxia

Hipoxia

Marcos Santos Gómez

Le pareció una eternidad, pero sólo había ocurrido durante dos o tres segundos, según le dijo alguien del mundo blanco. ¿Será como morir? Se preguntó cuando abandonaba por su propio pie el centro de salud, ya recuperado. ¿Será esto la muerte?

Recordó. La lucidez le llegó al instante, después de que le forzaran a abandonar la orgía que parecía desarrollarse dentro de un inmenso y templado tomate. Lo más inverosímil sorprende, cuando menos se lo espera, con dosis de placer casi insoportables. Lo más dulce.

Después de la orgía, la insulsa realidad ¿Qué ha sucedido?, ya empezaba a decirse, cuando el mundo blanco que le esperaba al otro lado del mundo rojo se fue interponiendo con un cierto carácter irreal, al principio, ya que donde había gozado de unos instantes eternos, todo era tan intenso, tan sensualmente consistente, que parecía lo real. Una realidad intensa y carnal.

Era tan triste abandonar el mundo rojo, que seguía manoteando, ya en el mundo blanco del hospital, prolongando los movimientos voluptuosos de brazos y boca. Cuando pudo entender que estaba desubicado, taladrado por dos miradas gélidas que habían observado todo el rato, cuando obtuvo la claridad de nuestro mundo, vio su estúpido manoteo, en el blanco con trazas de aluminio del hospital. Supo que la vuelta era ineluctable, que por muy poco que le gustara, ese lugar blanco al que retornaba era el verdadero mundo. No quería que lo hubieran sacado del mundo rojo, porque lo prefería con toda su alma, y se había habituado durante toda una eternidad a su hambre y su deleite. El mundo rojo, descabezado, inercial, cenagoso, utopía de un instante eterno.

A la vuelta de ese mundo rojo, estaba la solidez de la ciencia, es decir, de la medicina científica, la presencia evidentísima de un enfermero, no un diablo o un arcángel, sino un técnico sanitario y una joven médica impertérrita. Quisieron simular que no habían visto los soeces manoteos en el aire, que no habían espiado sus obscenas gesticulaciones. No era dueño de sus deseos. Por eso no debía sentir vergüenza por el lamentable espectáculo de las lúbricas caricias aplicadas a nadie.

Hipoxia, es decir, una brevísima falta de oxígeno en el cerebro. Eso le dijeron. La realidad blanca era de plástico y en ella había una especie de boquilla donde tuvo que soplar con mucha fuerza, mientras escuchaba la voz del técnico increpándole para que soplara más, mucho más, siempre más, y más y más y más. Siempre queda algo, hijo, hay que echarlo, echarlo todo, todo hasta el alma. “Hasta el alma” fue el lema que oyó justo antes del desvanecimiento.

No puede ser, no puede ser mentira, se repitió. Una sencilla prueba de espirometría le acababa de conducir al más puro éxtasis. Y la médica, que en el mundo rojo se le había echado a los brazos desorbitada de lujuria, se hizo hermética esfinge en el mundo blanco.

No quiero estar aquí, se decía, mientras el cerebro se llenaba del oxígeno que le había faltado durante el corto lapso de dos segundos, debido a tan gran eficiencia demostrada a la hora de soplar. La blanca luz, la litera de metal, las vendas detrás de cristales, la mesa oblonga y funcional, todo ello era digno de la más firme obediencia. Y le habían ordenado que tenía soplara con fuerza, costara lo que costase. Más fuerte, cada vez más fuerte, aun cuando casi perdía el resuello.

Así que, melancólico, sabiéndose uno más en la solitaria inmensidad de la urbe, en la tristeza de su ensimismamiento, decidió bucear una vez más en el cálido mundo rojo, en pos de ninfas y sátiros. Murió feliz, inconcebiblemente feliz. En el mundo blanco, que es extensión del hospital, o mejor dicho, es todo él un hospital sin mácula, lo hallaron con una soga al cuello, ahorcado, en su propia casa, con una sonrisa de plenitud. Había ingresado en la eternidad por su propia mano. Pero no se trataba, desde luego, de un suicidio; en todo caso, quizás, había sido una forma de onanismo in extremis. Buscaba una nada positiva, candente, no la nada. Así que lo hallaron hecho un cadáver feliz en su casa, que era fría y minimalista, mientras disfrutaba voluptuoso en quién sabe qué lugar.

El dragón de la fama

El dragón de la fama

Marcos Santos Gómez

 

En los más recientes años de este nuevo siglo, yo por fin conseguí olvidar lo sucedido, aquello que ya tenía por una suerte de antigua alucinación, de espejismo borroso en el horizonte o por un triste acontecimiento suficientemente expiado como para no revivirlo jamás. Pero había ocurrido. Era verdad, aunque quisiera convencerme de que en el mundo ya no pervivía mi crimen, tan estúpido y en sí execrable, como sus consecuencias terroríficas. No sólo había matado, sino que había jugado con fuego, con un monstruo cuyo largo brazo podía extenderse por encima de años y décadas hasta dar conmigo.

Con dolorosas terapias y con la dirección paciente de avezados psicólogos, más el estudio de mi carrera de Derecho, he logrado, año tras año, salir del atolladero. Han pasado más de dos décadas desde mi maldita tropelía. Los tiempos han cambiado. Internet ha sido, desde su surgimiento, para mí, una distracción, una broma, una forma de sosegada felicidad. En mi obligado retiro, en mi escondrijo, con nombre y apellido falsos, me he solazado con la navegación on line y todas las posibilidades creativas que nos abre. Desde su popularización, internet ha determinado todo en mi vida, en este dorado, aunque mediocre, retiro, bajo la protección, ya lamentablemente ausente, del Estado y de la policía. Lo fundamental había sido que nadie supiera mi dirección exacta, bajo ningún concepto. Era preciso vivir oculto, en silencio.

Mas un resquemor se me incrustó en las vísceras, como si me hubieran dado una mortal patada y desde entonces mis tripas y diafragma estuvieran resentidos. Vivía en un retiro de oro volcado en la producción poética y narrativa a la que me había dedicado durante años, pero a solas, terriblemente a solas, sin atreverme jamás a publicar. Me faltaba la fama, la ansiada fama. Por eso, no he logrado, finalmente, quedarme quieto. O lo hacía o reventaba. Quería la fama.

Comencé abriendo cuentas en todas las redes sociales, aunque por la posibilidad de que el temido largo brazo me alcanzara, me había sustraído a la tentación de darme a conocer, de mostrar mi verdadero nombre y vida. Sería un nick famoso. Sólo un nick, completamente anónimo. Mis obras se atribuirían a un autor desconocido.

Mas debido a toda esta tensión interna entre mis deseos, entre la seguridad y el reconocimiento, cedí, lleno de torpeza, cedí. Me quise engañar para creer que el tiempo lo habría curado y ahogado todo, que ya nada debía temer de tan lejanos días. Las cosas han cambiado mucho desde que a gritos en la sala del juicio juró matarme. La realidad es que apenas he sabido de sus nuevas acechanzas y vendettas, ni por dónde ahora andaría ocupado. Y yo he vivido oculto y refugiado hasta creerme que podía vivir libre, abandonando iluso lo que se supone que jamás debía haber abandonado. Qué ingenuo he sido, Dios mío.

La popularidad, me dijo la inspectora, es ya algo inalcanzable e impensable para usted, porque nadie debe adivinar su auténtica identidad. Y es que las drogas se sobreponen a uno y lo usurpan de sí mismo, hasta que, como me sucedió a mí, se acaba cometiendo un grave error. Ahora, con más de dos décadas de diferencia, era otra droga la que me tentaba y un nuevo y ostentoso error. La droga de la fama.

La chica era un bombón. Yo tan sólo tenía que dejarla de regreso en su casa, con su horrible padre, que por entonces financiaba los más execrables vicios que fui capaz de cometer. Él permitía que nos liberáramos en ocasiones de la tensión del trabajo. Como he dicho me drogaba. Mucho. Pero aquella noche la tensión era mayor, necesitaba más, algún nuevo y peligroso placer. Nunca me había atrevido a llegar tan lejos como en aquella madrugada, después de toda una noche escoltándola, vigilando inquieto lo que la rodeaba, en el restaurante y después en la discoteca. En silencio, la había visto bailar. Era una auténtica diosa. Generalmente, éramos dos colegas quienes nos encargábamos de su seguridad, porque de hecho, el jefe, padre de la chica, no acababa de fiarse de mí en mis últimos tiempos de excesos. Pero aquel fatídico día éramos sólo ella y yo. Yo estaba como alucinado, en medio de oleadas de calor, sintiendo un suave y agradabilísimo hormigueo en el cuerpo. Me sentía feliz y la veía removerse de esa manera, con tales contoneos, que se me clavó hondamente en el alma un creciente deseo, al principio frío y difuso, y al poco rato, asaz vehemente y tórrido.

Entonces llegó el exceso, el horror y el abismo de sangre. Cuando tuve conciencia de cómo la había dejado me horroricé, con mis manos aún sanguinolentas, viendo su precioso cuerpecillo con el traje hecho jirones, y yo como un bestia, frenético y excitado, resollando con violencia y empapado en sangre, persistente en mi erección incluso cuando ya comenzaba a asimilarlo y a comenzar a temer la justa venganza de su padre, el hombre más frío y letal que he conocido jamás, que sabía hacer de la venganza un bello movimiento del cerebro. No le temblarían las manos, no. Me esperaba un castigo estricto, un larguísimo suplicio planificado en sus menores detalles.

Pero todo eso sucedió hace mucho tiempo. Desde luego para mí, ya había pasado todo. Eludí la venganza mediante un pacto con el Estado y la policía, que desde entonces me han ocultado y protegido, durante mis años de cárcel y con posterioridad. De aquel día fatídico sólo recuerdo con estremecimiento que me sentía inmortal y divino cuando un impulso bestial me exilió de la prudencia, porque jamás había cruzado la frontera que nunca, nunca hay que cruzar. Tuve que cometer el infame crimen, aun a sabiendas de quién era ella, de quién era su padre. Diría que incluso por eso. El maldito morbo.

Yo era, por supuesto, muy joven, apenas un muchacho inconsciente que vivía de un modo que me duele y hace que me embargue una tristeza y un miedo lejanos. Llegué a violar y a matar, sí. Y lo digo con sosiego, porque ahora he conseguido ser otro. Lo he pagado y juro que no lo volvería a hacer jamás. Creo.

En mi largo y monótono retiro, en la cárcel y en el plan de testigos protegidos, absolutamente inmerso en un océano de tedio, reconcomido de abulia, descubrí internet a finales de los noventa. Desde entonces lo mejor, lo más original, lo más memorable me ha sucedido de modo virtual. He mantenido una cierta y prudente actividad en la Red. La fama llega pronto con internet, si uno sabe jugar bien sus cartas. Desde luego, me cuidé de no dar jamás mi nombre verdadero. Vivo, o mejor dicho, hace unas horas, vivía bien. Una vida proba, sin escándalos. El estado había sido considerado con mi seguridad, pero yo, como un tonto, ahíto de vanidad, he roto la protección.

Decidí, desde mi aburrimiento, vivir en ese mundo virtual y ser alguien en él, un usuario secreto. Pronto mis nicks se hicieron conocidos. Mas un día me dije que debía ir más allá, de un modo que me recordaba, en el fondo, aquella otra vez terrible que crucé una peligrosa frontera hacia el horror. Me convencí de que había pasado mucho tiempo, nada menos que casi tres décadas de aquellos primeros años infelices de la década de los noventa, en torno al tan mentado año 1992. Últimamente había recibido oleadas de admiradores, me convertí en un hombre de prestancia, un nick famoso y admirado. Mis escritos, mis consejos, mi blog y sobre todo los poemas y relatos, derritieron y desdibujaron la prudencia de mi mente, para apostar fuerte una vez más. El morbo de nuevo, y la miel de la fama. Fama, me dije, y peligro. Entonces, sin confesarlo a mis protectores estatales, aposté tontamente por revelar al mundo mi nombre, sólo mi nombre real, sin proporcionar datos sobre mi ocupación, situación y lugar de residencia. Mi nombre, como un flotador a la deriva en el proceloso océano de internet.

Ahora me dejan solo. Por actitud rebelde e irresponsable, el Estado deja de hacerse cargo de mi seguridad. Y he terminado aquí, en la soledad de esta casita anodina en un barrio vulgar y muy convencional. Ahora asumo, ya demasiado tarde, que con mi nombre real iba, aunque para mí invisible, mi dirección completa. Era ya muy fácil seguir el rastro de una persona, de un nombre, hasta llegar al origen, a la persona tras él, la que provoca sus chivatas ondulaciones en el mar. Lo había asumido y por eso cuando me abandonó la policía, cuando mi dirección real dejó de estar protegida, cuando el mundo entero ya podía saber mi vida, esa vida real que quise consagrar con los honores y la fama, cuando un hacker avezado ha tenido la fácil posibilidad de rastrearme, ya conocido, ya sin nick, cuando todos mis verdugos saben dónde estoy, espero, como un tonto, espero.