Ráfagas de aliento náutico

Blog de relatos y poemas de Marcos Santos


Bendita inocencia

Marcos Santos Gómez

 

– ¡Qué lástima! Era tan bueno y tan noble –exclamó Rosa-. ¿Cómo ha podido ocurrirle eso? ¡Qué forma de morir! ¡Qué horror!

 

Rosa vestía una gabardina corta de mujer, con el color crema que suelen tener estas prendas. De pie, en la esquina de la calle San Antón con Recogidas, en Granada, muy cerca de la fachada de la Iglesia también llamada de San Antón, las dos mujeres intercambiaban impresiones. Brunito, el hijo de Rosa, callaba. Eran viejas compañeras de promoción, es decir, amigas de la infancia, ya ubicadas en la segunda etapa de la vida, que arranca cumplidos los cuarenta años. Era una mañana lluviosa, pero con esa lluvia ligera que en algunos lugares se denomina chirimiri, lo que no impedía que en la mañana otoñal, de vez en cuando y sin aviso previo, cayera un breve chaparrón. Mientras estaba por caer el próximo se podía parar uno en la esquina con la ayuda de un paraguas o sencillamente con el chubasquero puesto. Ambas continuaban enfrascadas en el lúgubre asunto del  accidente mortal de Ángel, también conocido como Angelote o Angelito, un amigo común, también de la infancia.

 

Junto a Rosa, Brunito miraba lleno de aburrimiento al suelo encharcado, entristecido por el otoño y por la realidad de que retornaba el colegio. A pesar de su desinterés por el fallecido, a quien profesaba un odio permanente, no podía dejar de prestar atención a lo que su madre contaba a la amiga, que se llamaba Francisca pero pedía que le dijeran Paqui. Esta, algo más bajita, vestía una suerte de poncho contra la lluvia de aire más informal que la gabardina de Rosa. No cesaba de efectuar gestos de admiración, que además de mudarle la expresión de manera algo aparatosa, se acompañaban de un ligero balanceo del tórax y sobre todo de bruscos movimientos de los brazos. Mientras, Rosa prolongaba su elegía:

 

– Tan joven, por Dios. Y de esa forma… ¡Irradiaba tanta bondad! Es espantoso que nos viéramos precisamente la víspera. Llegamos a tomar café, pero, mira lo que estaba por ocurrir, ¡qué lamentable! –insistía Rosa.

– Desde luego, – contestaba Paqui-. Me parece verlo ahora mismo en el colegio con esos ojos azules tan claros, ¿te acuerdas? Era incapaz desde pequeño de hacer daño a nadie. ¡Incapaz! Tenía un corazón de oro.

– Y era listo. Me acuerdo de aquel premio que le dieron, en quinto o sexto, cuando ganó el concurso de poemas, con uno que decía “oh suntuoso mediodía….” Parece que fue ayer.

– Ah, sí, me acuerdo perfectamente de ese concurso, –señaló Paqui-. Pasó algo, sobre una palabra que no valía o así… era la palabra “suntuoso”, me parece.

– Yo lo recuerdo también, porque lo hablamos no hace mucho, evocando cuando íbamos al colegio. Nos hemos estado viendo de vez en cuando para ir al yoga. Decía que estaba centrado en su alcanzar el equilibrio, que había que contemporizar y dar un giro a las cosas. Por eso se estaba implicando mucho con el yoga. Le preocupaba el lado espiritual, que me explicaba después de las clases. Era un ser de luz. No merecía esa muerte.

– La palabra era, – repitió Paqui-,“suntuoso”… pero él quiso decir otra cosa, o dijo algo raro, no sé, después se supo.

– No, lo que pasó es que él había querido decir “suntuoso”, pero dijo, o mejor dicho, escribió “untuoso”.- Se equivocó de término. Don Rafael se quedó un rato contemplando el poema con el ceño fruncido, y tras unos instantes, levantó el rostro y miró al pobre Ángel. Le preguntó varias veces qué había querido escribir, y en particular le preguntó por el término “untuoso”. Don Rafael pareció aceptarlo al final. Angelito insistía en lo de “untuoso”.

 

Así había sido. Unos días más tarde Don Rafael anunció en clase que el premio era para Angelito. Se resaltó el “curioso pero expresivo y original” uso de aquel adjetivo como un “golpe de inspiración propio del mejor arte”, al menos así lo señaló el jurado. Después vino la entrega de premios, que eran libros. Mientras Ángel regresaba a su asiento después de recoger el suyo, en medio de los aplausos, Don Rafael y Don Eduardo resaltaban entre ellos, sin dejar de aplaudir, la originalidad de descubrir que el mediodía es pegajoso y que el sol a menudo parece untarnos y que por eso se le puede calificar de untuoso, es decir, que se pega al cuerpo o nos torna pegajosos. “Una imagen vanguardista”, concluyó Don Rafael. “Evoca claramente al sudor” añadió Don Eduardo.

 

– Sí, ¡es verdad! El premio era un libro con la cara de un perro en la portada – logró recordar Paqui, gesticulando mucho, de manera que el poncho impermeable parecía que ondulaba como un mar surcado por las olas.

– Claro, adoraba a los animales. Hablaba siempre bien de ellos… todavía guardaba ese libro. Era una especie de novela de aventuras, no sé el nombre…

Colmillo Blanco –cayó Paqui en la cuenta-. Había también una película del libro.

– Sí, eso fue en la época de los boy scouts. Le gustaba la naturaleza, siempre ha sido así –exclamó Rosa con tristeza y como si estuviera a merced de una ensoñación-.

– Estuvo mucho tiempo en los scouts y después ha seguido de mayor como jefe de tropa y jefe de grupo, ¿no era el jefe de tu niño?

 

Brunito miró hacia arriba, sintiendo un breve interés al oír esta alusión, pero al poco el interés devino desesperación. Padeció la soledad de constituirse en aquel momento como el portador de la verdad. La verdad, pensó, de que el jefe Angelote era pesado y muy cursi. En la última excursión repitió sin parar que el bosque es bueno, que los árboles son buenos, que los pájaros también, y por supuesto el resto de los animales, e incluso las plantas son también muy bondadosas y sienten dolor y son capaces de escuchar música clásica. Brunito recordaba el repulsivo discurso.

 

Era bastante habitual que Ángel discurseara de ese modo. Se vio con mayor claridad otro día que Brunito evocó con pesadumbre. El día que a Ibáñez le mordió una culebra escondida entre unas zarzas, en el Almoraima. Brunito lo recordaba conteniendo la risa. Ibáñez rompió a llorar y salió corriendo a donde estaban los mayores, aguantando el brazo del mordisco con el brazo sano. Lo aguantaba como si paradójicamente, no quisiera ni tocarlo.

 

Aunque a Brunito le hacía mucha gracia, el instinto le aconsejaba evitar que su madre le viera riendo. El vivo recuerdo de Ibáñez, con la cara espectral, casi de cera, llorando a moco tendido era irrisorio. Entre clamorosos ayes, a duras penas vocalizó que una “bicha” venenosa le había mordido en el brazo y que sentía que el veneno ya le hacía el efecto. Ángel fue a mirar dónde podía estar la bicha y parece que encontró al animal, más atemorizado aún que el niño. “¡Es una culebra nada más!”, gritó. Todos respiraron. Tomasete, el jefe de los lobatos que se había puesto a curar la herida en el bracito del niño, exclamó con tono magistral que claro, que ya no quedaban víboras en aquel bosque ni prácticamente en toda Andalucía.

 

Mientras le untaban yodo en lo que parecía apenas una rozadura rosada, llegó Ángel decidido a espetarles su discurso. Se dirigió pletórico a los niños que habían formado un corro alrededor de Ibáñez y Tomasete, para proclamar que existe una sagrada hermandad entre los animales, incluidos nosotros los humanos, y que ellos también sienten pena o alegría. Señaló con énfasis que todos sin excepción son nuestros amigos, que nunca nos quieren hacer daño, que ninguno es violento porque sí y que prefieren vivir en paz y armonía. Quizás aquella culebrita inocente había sentido pánico y por eso se había defendido, pero jamás habría intentado atacarle porque sí.

 

Después de aquello ambos jefes, intercambiaron impresiones. “El corazón del niño es bueno”, “el niño responde al amor con amor”. Así, cuando marchaban en formación relajada, Ángel se acercó al pequeño del percance, para incidir en la idea de que el cosmos es una gran bondad, una bondad que vibra, y cuando vibramos con el mundo, vibra esa bondad y los animales y el hombre se aman. Brunito, un poco más atrás, lo oía todo, y vio muy bien a Ángel señalar arrobado a un escarabajo inmenso, como un artefacto acorazado de vivo color de azabache, un pedazo de metal negro bien bruñido.

 

– Mirad, -dijo- observad su belleza. Todo lo que existe es una cadena de bienestar.

 

Continuaron su marcha. Pero Brunito, que iba un poco más atrás, tras cerciorarse de que los jefes no miraban, aplastó con un fuerte pisotón al coleóptero, que crujió al quebrarse como cuando se siente el ruido de algo que cruje en la boca cuando lo masticamos, quizás palomitas de maíz. Allí quedaba el bicho, desconcertado y agonizando, mientras Brunito y otros niños se reían a mandíbula batiente.

 

Pero volvamos a la charla de las dos amigas.

 

– ¿Y qué decías del yoga? –preguntó la del poncho.

– Que estaba muy involucrado. Le gustaba hablar de lo espiritual, de la energía, del buen rollo universal… había leído libros.

– Pues fíjate que la última vez que lo vi, fue en una foto en el periódico. Le estaban entrevistando sobre algo rarísimo, unas yerbas…

– Ayahuasca. Se juntaba con una especie de religiosos e iban al campo. No cesaba de repetir que los gurús realizaban verdaderos milagros, que se invocaba a la gran vibración y entonces las cosas devenían bellas. Estaba obsesionado con las asociaciones mentales que uno descubría al tomar esa yerba. “Es extraordinario, me decía, tienes que probarlo”.

– En verdad, eso parece una secta –exclamó Paqui.

– No creas. Hoy día la gente busca su camino y hay que ser tolerante. Estaban en ello los dos, nuestro guía espiritual de las clases de yoga y él mismo. Iban los fines de semana al campo y se dejaban envolver por la gran madre. Una vez me contó también que levitaba, como por milagro, y que flotaba de verdad, que algo poderoso lo alzaba. Y me lo repetía con mucho énfasis, implicándose y jurándolo por Dios. Hablaba también de un libro que había escrito para refutar la creencia de que los animales son despiadados y crueles.

– Sí, conozco esa faceta. Es que lo vi en youtube, hace años –dijo Paqui-. Fue el verano que descubrí youtube precisamente. Cuando se me ocurrió buscarle porque de pequeños habíamos sido muy amigos, y porque busqué a todo el mundo. Lo vi rarísimo, haciendo esas cosas. Había un vídeo de alguien practicando una sanación. Él observaba y la persona sanadora, una mujer bajita con el pelo largo y gris bastante encrespado, tocaba la pierna de alguien, con la carne como podrida. Él solo miraba en silencio. Daba la impresión, eso sí, de estar como dormido. Se tambaleaba un poco y a veces le entraban como escalofríos.

– Se ve que tuvimos la misma idea con el youtube. Yo también lo encontré una vez, ese vídeo, y se lo dije, que era desagradable. Pero había otro peor. Aparecía tumbado en un césped, bocarriba. Jugaba totalmente entregado con una rata grande y gris, como las que salen en las películas de torturas, en las mazmorras. El bicho saltaba sobre su cuerpo, del césped a su pecho, y del pecho al césped. La rata estaba como loca. Cogía carrerilla y botaba sobre la barriga de Ángel, bastante feliz. Me dijo que el vídeo era para demostrar que la rata es un animal bueno si lo aceptamos como es, si no lo discriminamos.

– Dios mío, ¡qué horror! Pero si yo veo una rata y nada más verla me entran ganas de vomitar – exclamó Paqui sofocada, con un aparatoso balanceo de brazos, que ejecutaba  con el fin de no dejar sombra de duda sobre lo que había dicho.

– Pues la adoptó. Debía de tener en su casa un circo. Ahora se comprende todo… imagínate.

 

Brunito escuchaba con un rictus entre la lejanía y el asco. Fijó la vista más abajo en la acera, y vio un gato que corría con algo en la boca, algo vivo que pataleaba. El niño se interesó bastante por aquello, y trató de discernir qué podía llevar en la boca ese gato, lo que le evocó automáticamente al otro espécimen que hacía unos días habían querido volver loco en la escuela. Estaban, de hecho, llevando a cabo un experimento. El animal había saltado el muro y andaba husmeando por el patio cuando lo cazaron.

 

Los niños de la clase y las niñas acudieron en tropel a presenciar el experimento. Procuraban que no se viese desde las ventanas el proceso excelentemente estructurado que llevaban a cabo. Alguno había traído de casa una pasa hinchada de agua y juraba que era el corazón de otro gato. Lo tenían amarrado en un rincón entre la pared y un arbolito de mimosas donde se anudaba la cuerda. Seguramente estaba enfermo y por eso no opuso demasiada resistencia y hasta quizás se daba él mismo por muerto con suma resignación. Todos observaban encandilados. Eran toda la clase de tercero.

 

Solo un providencial golpe de suerte salvó al animal. Magullado y ruinoso, con alguna herida ya, incipiente, escapó a la muerte lenta porque Don Santiago, palpitante, corto de vista y con algo de Quijote, llegó a dispersarlos. Todos huyeron rápidamente formando una polvareda y quedó el gato solo, recién arrebatado de los brazos de la muerte.

 

 

Pero las dos pesadas, se decía Brunito, seguían hablando. Tenían carrete…

 

– y gritó, -estaba diciendo Rosa inmersa ahora en el recuerdo ominoso- en medio del gran corro de scouts sentados que escuchábamos las órdenes para el siguiente día. Dios santo, fue a principios de los ochenta.

– ¡Ay, clarooo! Pero no recuerdo bien esa escena, ¿cuándo fue?

 

Brunito comenzó a bostezar de manera aparatosa que quería indicar sin más que se aburría. No dejaba de evocar en su fuero interno al “pringao” de Ángel.

 

– Fue en la acampada de Benaocaz. ¡Qué tiempos! –Continuó Rosa-. En torno a la hoguera.

 

Brunito se sabía la historia de memoria. El tontaina de Angelito o Angelote, de chico, había hecho alguna tontería, no estaba claro del todo, en una asamblea. Ni él sabía por qué lo había hecho, qué afán le había impelido. Colorado como un tomate, se levantó sacudiéndose. No osó pronunciar ni una sola palabra. El Gran Manitou le ordenó salir y ponerse junto al fuego, para que todos lo miraran con desprecio. Los vídrios de las gafas de aquella versión infantil de Angelote reflejaban, como espejos alucinantes, las llamas de la hoguera, que se movían sinuosamente en ellos. Entonces, en la noche, el Gran Manitou espetó, fuera de sí: “¡Los zapatos! ¡Quítatelos ahora mismo! ¡Los zapatos!”

 

– El pobre Ángel –seguía narrando Rosa este punto de la historia-, ante nuestros ojos, él mismo pasmado por lo que había hecho, obedeció con una sonrisita nerviosa que a ratos parecía deshacerse en un llanto. Se quedó de pie abochornado y descalzo, pisando el suelo de piedrecitas, ramitas y hojas secas. El Gran Manitou señaló a un subalterno, que se puso también de pie y en medio de un sepulcral silencio recogió las botas y desapareció en la tiniebla de la noche. Entonces, el Gran Manitou le ordenó a Ángel que esperara allí, pero fuera del corro y lejos de la hoguera, pasando frío. Se fue el niño a donde le habían dicho y permaneció temblando, junto a un alcornoque, musitando que todo fuera por favor un sueño, y que él no lo hubiera hecho de verdad.

 

No recuperó su calzado hasta el día siguiente al mediodía. Se vio obligado a caminar descalzo toda la mañana. Nadie le miraba. Cuando le devolvieron las botas, se las calzó sin decir nada.

 

– ¡Qué fuerte! Yo ni me acordaba. Pero no cuentes eso ahora, por favor –señaló Paqui compasiva-. Ha muerto, ha muerto el pobre.

Rosa casi se excusó. No merecía ser mancillada su memoria. No se le debía estropear la muerte que le había acarreado la mala fortuna, con ira y sangre, pues después de todo, era un buen hombre. Las dos callaron, por fin, y Brunito suspiró con alivio, mientras el chirimiri se convertía en el esperado chaparrón. Se habían acordado de bastantes tonterías. Ignoraban por qué. Cuando alguien muere, se le respeta y punto. Así que callaron para siempre. Se despidieron con amistosa devoción y cada una corrió en direcciones opuestas. Sólo en un último momento, Paqui le reclamó un dato postrero a Rosa, sobre el modo bestial de morir que había tenido Ángel. Porque había criado con tanto amor al pequeño león, lleno de confianza, dejándolo crecer y ser él mismo.

 

– ¿Y qué ha sucedido con el león?

– Lo tuvieron que sacrificar.

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