Ráfagas de aliento náutico

Blog de relatos y poemas de Marcos Santos


Crónica de mis pesadillas (tercera parte y final)

Marcos Santos Gómez

 

Cualquiera diría que soy un noctámbulo. Y en cierto modo es verdad que lo soy. Puede afirmarse, sin mentir, que gozo de una ajetreada vida social a partir de que se pone el sol. Entonces los veo. No salgo de mi casa en toda la noche, que paso la mayor parte del tiempo en la cama. No salgo, de hecho, ni siquiera del dormitorio. Pero cuando “oficialmente” me retiro a descansar y cuando en la penumbra cierro los ojos e intento dormir, entonces, me visitan.

 

No puedo decir que sepa exactamente lo que son. Conozco teorías, pero no me las tomo muy en serio. Para mí son personas. Más adelante les hablaré de esas teorías, aunque  estarán ya pensando que podrían tomarse por espectros, los cuales, si es que lo fueran, ya no me asustan. Me he acostumbrado a ellos hasta el punto de echarlos de menos si no vienen. Me llenan de vida, me acompañan, los siento cercanos, vigilantes, inofensivos la gran mayoría, aunque no todos.

 

A la mañana siguiente, con buen humor, trato de recordarlos. Pasan a formar parte de mi caudal de recuerdos y experiencias e incluso de lo que yo mismo soy, de lo que opino o de lo que hago. Se suman a las sensaciones reales de la vigilia diurna. Son como amigos a los que voy apegándome más a lo largo del tiempo. A menudo en estos encuentros no suceden más que largas y sinceras conversaciones en las que opino con libertad y en las que logro explayarme, expresarme con una precisión impensable en la vida “normal”.

 

No siempre estas visitas han sido como vienen siendo últimamente. Tampoco es que hayan sido ni sean siempre agradables. Entre ellas se cuelan también enemigos con quienes ajustar cuentas, de los que me vengo y a los que expreso mi más profundo desprecio. Son sombras de seres sombríos que pasan la vida taciturnos e incapaces de reír. A estos los odio. Me indignan. No aciertan a comprender nada más allá de su ego narcisista o su soberbia. Una ignorancia orgullosa que tengo que rebatir y vencer cada vez que vienen los de este tipo. Son mala gente o mejor dicho se corresponden con mala gente, de los que acaso son el reflejo alucinante.

 

O a veces, los que me visitan son “malos” menos malos, sencillamente personas con las que he discutido en su forma real, durante el día. Me explico. Quizás hasta este momento no he sido claro y el lector se halla desconcertado. Pido paciencia, porque lo iré explicando todo. Ahora, por seguir el hilo, puedo añadir que con este segundo tipo de visitantes se me brinda la oportunidad, negada durante el día, de emprender un ajuste de cuentas “virtual” que pone las cosas en claro, independientemente de que las personas reales a las que corresponden estos espectros ni se enteren. Aun en su papel de sombras me ayudan a superar situaciones reales, a seguir amando y a seguir odiando, pero con las cartas sobre la mesa y las cuentas claras. Es divertido andar por esta suerte de universos paralelos. Este tipo de interacciones son agradables y conciliadoras, porque no me guardo nada. Soy capaz de decirles todo. Ato los cabos sueltos que durante la vigilia no pueden atarse. Así que estos encuentros con, digamos, “enemigos” pero razonables y dispuestos a departir son también reconfortantes, a pesar de todo.

 

Las visitas comenzaron hace diez años. En la primera parte de estas memorias ya describí los inicios que se dieron como sensaciones táctiles, sonoras o visuales de duración breve y sin constituir un algo completo, es decir, simples imágenes incapaces de diálogo, como heladas. Acaso permanecen bellamente a mi vera, transmitiendo esa frialdad que el esoterismo atribuye a los espíritus. De aquellas incipientes visitas la imagen de mayor consistencia que todavía recuerdo fue una enorme luna, exactamente igual a la de Meliés en la conocida película rodada en los inicios del cine. Flotaba en mi dormitorio redondísima, frente a la ventana, con el mismo aire travieso de la luna en esta película. Irradiaba, como buena luna llena, una luminiscencia plateada que iluminaba una superficie en mi dormitorio de casi un metro cuadrado. Me miraba muy sonriente, diría que incluso campechana. Yo pestañeaba como un loco, por si así desaparecía, pero ella estaba siempre ahí. Me pellizqué y así me aseguré de que estaba despierto. Me puse de pie, frente a ella y la miré desafiante. No había la menor duda, allí estaba. Y eso fue todo. Desapareció cuando encendí la luz, todavía muy impresionado porque, a diferencia de los sueños, eso estaba ahí, ocupaba un espacio físico y me miraba socarronamente diríase que de verdad. Persistió los segundos que esperé en la oscuridad a que se fuera, pero no lo hizo cuando acerté a encender  la luz, tras dar varios manotazos ansiosos a la pared. Esto de los manotazos en la pared se ha constituido un clásico de mis noches, pero mientras no protesten mucho los vecinos, va bien.

 

Otras veces estas alucinaciones eran terroríficas y venían asociadas a pesadillas del tipo de las que he descrito en la primera parte de esta saga onírica. A la impresión de alguien observando mi soñolencia en la oscuridad, a mi lado, como una figura alta intuida y flotante, con la misma luminiscencia plateada de la sonriente luna grotesca, comenzó también a corresponder una presencia fantasmal. Es curioso que a casi todas las alucinaciones corresponde una suave luminiscencia de tipo plateado, blanco o azulado. Estos son los colores que, todavía hoy, predominan. Como ya he señalado, dentro de un “espectro” frío de colores.

 

Si al terror de presentir a alguien que acecha mi sueño se añade que abro los ojos y lo veo, se pueden ustedes imaginar mis emociones al principio. Decir que me asusto es decir poco. Suelen acabar estas interacciones con figuras que parecen divertirse mientras deciden ahogarme y que cuando las miro, me miran también y me guiñan un ojo. No es tanto que me parezca o sienta la presencia de un mal espíritu o demonio, sino que, literalmente, los veo. Parecen totalmente reales. Mi única comunicación con ellos era el “vade retro” de que hablé en la segunda parte de esta  saga de pesadillas.

 

Estos seres me visitan prácticamente todas las noches. A los demonios sé que puedo detenerlos con el mencionado latinazgo de los exorcistas y persignándome frenéticamente, dibujando enormes cruces grandes como mi cuerpo y mostrando mucho valor. Después me pregunto por qué he tenido que recurrir a la señal de la Cruz, como si mi prudente escepticismo del que me vanaglorio de día, cayera estrepitosamente ante los terrores nocturnos. Es más que vergonzoso. A menudo, si no acabo de estar despierto, pronuncio vehementes declaraciones de fe, con la cobarde pretensión de reafirmar una fe que de día cuestiono también con vehemencia. Y todo por culpa de los espectros.

 

La verdad es que otras veces he sido coherente y he increpado a la presencia maligna invitándola a acabar conmigo, si el susodicho demonio tuviera el suficiente arrojo, jurando que me daba igual y que no tenía miedo, a pesar del tembloroso estremecimiento de todo el cuerpo.

 

Por fortuna, llegó un punto en que las visitas dejaron de ser siempre de este modo y pasaron a entablar gratas conversaciones con mi persona hasta hacernos amigos. Hay de todo. Están viejos amigos reales fallecidos con los que resuelvo viejas cuentas y pido o concedo los debidos perdones, en una afable contemporización con el pasado. Otras veces son personas aún vivas que si después las veo de día, no acabo de saber bien si les dije una cosa determinada a su doble nocturno o a ellos. Así que podemos decir que en mi trato con las personas vivas en la vigilia, sumo una extraña doble vida de nuevas interacciones con sus dobles, que guardo en la memoria en una trama compleja por la que comprendo mejor a la persona, aunque debo estar alerta para no confundir conversaciones oníricas con las reales. ¡Qué interesante vértigo! A veces me digo a mí mismo en broma que no viajo mucho porque vuelo a distantes paraísos e infiernos todas las noches, gozando de esta intensa y original vida social.

 

Por supuesto, según los “visitantes” nocturnos han ido redondeándose como “personajes”, es decir, personificándose, asemejándose a personas reales en su aspecto e interacción, empecé a preguntarme hasta dónde iría este proceso. Durante un tiempo comencé a alarmarme. ¿Estaré enloqueciendo?, me dije. Tal vez, sin ánimo de agotar las posibles interpretaciones a que apunta el siguiente poema, este texto refleje en parte cómo me siento:

 

Bruma

Sin despertar

ni tampoco dormir

vi que nevaba.

Nieve sobre la nieve,

bruma sobre la bruma.

 

Así estoy en este enredo entre sueño y vigilia que no es ni uno ni otra. Muy extraño e inquietante, pero también excitante. ¿Es posible habitar una tierra media entre el mundo real y el mundo soñado? ¿Pueden interactuar? Y, después de todo, ¿cuál es el verdadero, el modelo real o el que tiene auténtica importancia? Durante un tiempo me ha parecido que el mundo nocturno era el primero, porque cada vez me sentía más feliz y realizado entre las alucinaciones.

 

Quizás, quien no sufra “anomalías” en el sueño, es decir, quien como la mayoría vaya entrando con normalidad en el sueño profundo, hasta el REM, no comprenderá este curioso tránsito por el que algunos somos capaces literalmente de soñar despiertos, de vagar por una tierra de nadie que no es sueño, pero tampoco vigilia. Yo intuía la explicación por haber mirado casualmente, hace unos pocos años, un documental que relata experiencias oníricas o alucinantes aún más potentes que la mía. Personas que, en efecto, tienen trato con seres que habitan ese intermedio que en nosotros, los que padecemos este tipo de anomalía en el sueño, se prolonga hasta quedarnos ahí estancados.

 

A veces se ven solo insectos; de hecho yo he observado con detenimiento y asombro enorme arañas o peces flotando por el dormitorio como en el fondo de un océano. Si son monstruos lo que aparece, el afectado puede dominar su miedo y en ocasiones interactuar pacíficamente con ellos, como si fuéramos capaces de dominar las pesadillas y darles la vuelta. En el documental muchas experiencias eran aterradoras y si el afectado no era capaz de integrarlas en una suerte de relato cuyos capítulos van siendo las distintas sesiones diarias, o mejor dicho, nocturnas, llegan a causar enormes trastornos. Es decir, la persona pasa muchísimo miedo y angustia.

 

Es preciso, de nuevo, tratar de expresar cómo se siente este horror. Yo no he visto demasiados monstruos, pero puedo relatar lo que se siente al habitar en esta tierra de nadie, en esta bruma.

 

Imagínense en la cama, con el sopor que desemboca rápidamente en el sueño. Y que caen finalmente dormidos. Pues yo no caigo en el sueño y me instalo en él, como ustedes, sino que no dejo de caer. Caigo todo el rato. Puedo sentir un suave adormecimiento, pero en cuanto a mi conciencia, estoy despierto. No he “caído” del todo, no he llegado a ninguna parte, y mi cerebro se queda a medio camino. Es decir, pienso conscientemente, puedo hablar con una persona real si en ese momento apareciese alguien de carne y hueso, soy capaz de interactuar con ella e incluso, contarle lo que estoy viendo.

 

La primera visión suele ser una malla de finas hebras negras, o algo parecido a la pantalla de los viejos televisores cuando no sintonizaban nada, aunque nada de esto me oculta la visión del dormitorio, al que no dejo de ver. Soy consciente de que van a llegar las alucinaciones, porque una parte de mi cerebro ya está durmiendo y soñando. Estos sueños son captados en medio de una experiencia de realidad y vigilia propia del estado consciente y despierto. Digamos que los sueños se adentran en la realidad de la vigilia y que la persona puede, literalmente, ver en el mundo, despierto, sus propias e íntimas imágenes oníricas. Doy fe de que la experiencia es espectacular y me alegro de haberla conocido y de repetirla cada noche.

 

Por supuesto cuando uno se ve departiendo tranquilamente con algo parecido a fantasmas, mientras se frota los ojos o se pellizca de vez en cuando, llega, cuando menos, a incomodar o asustar las primeras veces. Insisto en la imagen, uno apaga la luz, con soñolencia y ganas de dormir, pero aun despierto todavía empieza a soñar y a ver sus sueño como visitas alucinantes. Por supuesto no son delirios ni alucinaciones psicóticas, sino algo que como el insomnio, se cataloga como trastorno del sueño. Es un estado impresionante en el que parte del cerebro se halla en la consciencia y percibiendo realmente el mundo, es decir, estando en el mundo de verdad y a sabiendas de ello, pero otra parte del cerebro está dormida y soñando. Es, literalmente, soñar despierto. Si a alguien se le ocurre hacer un electroencefalograma al “medio durmiente”, aparece esto detectado, o sea, mostrado por las ondas cerebrales. En ellas un experto puede apreciar objetivamente este estado intermedio en el cerebro.

 

Claro que si una noche, ya enfadado, decides levantarte e ir hacia el fantasma, increpándole y diciéndole algo así como “sé que no eres real” o “eres una alucinación”, y compruebas que igual que en las películas, entras dentro de su cuerpo, te ves en él y este se disuelve, resulta impactante. Es decir, como en las películas de fantasmas, lo puedes atravesar. Recuerdo hace poco una situación en la que era plenamente consciente de estar despierto, de pie, andando y atravesando la imagen alucinatoria con gran asombro. Es fácil imaginar que en otros tiempos esto era visto de un modo, digamos, trascendente. Parece, a todos los efectos, que estás protagonizando una película de terror. Y, aquí está la magia, de hecho puedes creer que visitas un mundo donde, como en los sueños, atar los cabos sueltos, y prolongar la vida diurna como si nada, para acabar mezclando noche y día en un cóctel asombroso.

 

Por supuesto cuando te ves de esa manera, dialogando con alucinaciones y atravesándolas mientras das un paseo por tu dormitorio, te da por inquietarte e ir al médico. Este viene a decir que es algo sin importancia (aunque muy impresionante para el sujeto), que no reviste la menor gravedad y que consiste en un simple desajuste neurológico transitorio en la sucesión de las distintas fases del sueño. Es entonces cuando se le ve la gracia al asunto (como se muestra en el documental que antes he mencionado) y uno comienza a esperar que aparezcan los seres para emprender una intensa vida social paralela. Es bastante curioso el asunto.

 

Aunque tan solo sean sueños y “alucinaciones” oníricas, el  fenómeno plantea una serie de cuestiones. Las que formulé supra, que se engloban en la pregunta trascendental acerca de qué es o cómo es la realidad. Se suelen tomar a broma estos raros viajes y, como digo, el sujeto añade esta irreal realidad a la realidad real. Se puede hacer todo esto con plena consciencia e incluso empezar a crear una activa zona alternativa donde existir que, sin confundirla con el mundo de la consciencia y la vigilia, se puede introducir en él hasta cierto punto, lúdica y creativamente, en la experiencia diurna. Ser consciente de que uno juega a vivir varias vidas.

 

Me explico. Ciertas noches te visita el amigo X con el que no te hablas, con el que te habías enfadado. Sabes que el asunto no se va a solucionar fácilmente, pero en esta dimensión onírica sigues tratando con él, ambos os sinceráis y reanudáis la amistad por la que os seguís expresando con libertad y ya reconciliados. Por supuesto esto pertenece a una dimensión que sin ser la realidad o la verdad, puede competir con ella. En cierto modo, también se vive en ella. Por eso uno se despierta por la mañana con la sensación de haber hecho un pequeño arreglo en la propia vida y hasta cierto punto, de haber mejorado la existencia y hasta el propio mundo.

 

Puede ocurrir que mientras estás departiendo con este viejo amigo, ves u oyes pasar por delante de la habitación a algún familiar (¡¡real!!,) y le dices satisfecho desde tu cama: “no pasa nada, es que ha venido X a visitarme y estamos conversando”. Hay, pues, frente a las alucinaciones graves, un pleno dominio de la realidad, se sabe dónde está, dentro del cuadro y la escena, lo onírico y dónde lo vivo, lo contante y sonante. Solo que esta doble vivencia aporta algunos ingredientes espectaculares e incluso enseña verdades al sujeto, que no deja de pensar en ningún momento. Uno puede iniciar una cierta interrogación y “pesquisa” de tipo filosófico. Puede ejercitar la conciencia de un modo plenamente consciente. Puede pensar y soñar al mismo tiempo. Es este prurito viajero entre realidad y sueño el que de hecho mueve a la ciencia o a la filosofía. Quiero decir que aprovechar este “defecto” del sueño es lo propio del verdadero investigador, que lejos de asustarse, prosigue su búsqueda y experiencia de la realidad.

 

Ese estado de bruma al que remite el poema tanka citado más arriba, es un estado no solo psicológico, sino sobre todo, metafísico en el que se tiene una vivencia compleja de la realidad, se capta, antes de que llegue el oportuno análisis racional, y por tanto, en su ambigüedad. No es solo una broma de la psique, sino que es el mundo entero que “peligra” en estas grietas. Esta es su parte más seria. Este vértigo adquiere inmensas dimensiones. Decía Borges (que tuvo frecuentes problemas con el sueño) que las pesadillas existen para que la realidad tiemble, para que recordemos que nada se agota en su primera apariencia, ni en ninguna explicación o vivencia. Que la trama del mundo, como la trama de los textos, es infinita. Es esto lo que me hace dar la bienvenida cada noche, con sumo agrado e interés, a estos seres escapados del sueño.

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