Ráfagas de aliento náutico

Blog de relatos y poemas de Marcos Santos


Crónica de mis pesadillas (segunda parte)

Marcos Santos Gómez

 

Como decíamos ayer, con la ayuda de amigos expertos pero sin que ninguno de nosotros sobrepasara los veinticinco años, esta vez yo mismo fui al encuentro de la pesadilla. Resulta contradictorio que el mismo prurito filosófico que me valía para infundirme valor durante los apagones de electricidad en las noches de tormenta, las travesías campo a través en la madrugada sin luna o cuando he echado algún sueñecito a la vera de viejas sepulturas, incluso sobre ellas, en perdidas iglesias rurales del Norte de España, este mismo prurito, digo, que desnudaba y vencía a los terrores por irracionales, en aquella ocasión me había conducido a arrojarme en los mismísimos brazos de la pesadilla. De algún modo, quise ponerme a prueba y me tentó la posibilidad de hallar con suerte algún puñado de “verdades” acerca del más allá. Y aquí la curiosidad rompió el saco.

 

La curiosidad, que puede resultar tanto una bendición como una engañosa trampa, que señalaba en sus Confesiones el santo de Hipona. Recuerdo la frase: “Me consumí en un mar de iniquidades en pos de una sacrílega curiosidad”. En otro momento describe con mayor carnalidad su juvenil “curiosidad” que no solo afectaba a la búsqueda de libros: “habité en una crepitante sartén de concupiscencias”. Es condición de la santidad la previa travesía del horror, el pecado e incluso la experiencia del infierno. Así que resulta que la filosofía, que consiste en la curiosa conciencia del propio vacío más la frustrada y trágica empresa de llenarlo, nos puede iluminar tanto que nos deslumbre y resulte que lo que parece un oasis para la curiosidad no sea más que una orgía de espejismos y fantasmagorías.

 

Así pues, la bendita o la sacrílega curiosidad me condujo a participar en una sesión de espiritismo. Quizás hoy mi orgullo no lo toleraría, aun cuando no dejen de abordarnos fantasmas según vamos cumpliendo años y creyendo más en ellos. Ya no hace falta invocarlos porque se nos cruzan en el camino y la ouija queda desbordada por la realidad y el curso de las cosas. Por eso, aquella sesión tuvo su razón de ser y su contexto.

 

La escena fue la típica. Estábamos congregadas cinco personas en torno a la tabla y el vaso. Una gran sala con enorme chimenea y mobiliario rústico, aunque no lejos del centro de la ciudad. El maestro de ceremonia inició las primeras invocaciones y pases. Tras estos primeros estadios del ritual, algo mostró su presencia. Algo intangible, primero como la fuerza que invisiblemente unía nuestros dedos y los movía con perfecta coordinación para deslizar el vaso. Más adelante lo sentimos casi como uno más de nosotros. Según interactuábamos, todo resultaba más inquietante e incluso llegó a tornarme impresionante. Cada uno rozaba suavemente con la punta del dedo índice la base de un vaso de cristal invertido. El contacto de los dedos con el mismo era asombrosamente débil. Nadie apretaba el dedo. Me aseguré mucho de comprobarlo, de mirar una y otra vez por si alguno engañaba a los demás. Salvo que operara una rara forma de autoengaño inconsciente, puedo certificar con gran seguridad que nadie estaba haciendo trampas, ni en el ajo con nadie. El más racional escepticismo, que me duró bastante tiempo, hizo que me dedicara un buen rato a cerciorarme de ello y a vigilar cualquier indicio de tongo. Seguramente por esta actitud “racional” de sospecha por mi parte, el espíritu declaró que yo era el único a la mesa que le caía mal. Incluso enfatizó más asegurando que en realidad yo le caía fatal, peor que nadie.

 

Íbamos cambiando los dedos sobre la base del vaso, precisamente para evitar trampas. Por eso mismo, era impensable que el vaso estuviera siendo manipulado. Se deslizaba tirando él de nuestros dedos, y no al revés (la sensación de esto era indudable). No había tiempo para llevar a cabo ninguna trampa, es decir, nadie podía influir de manera consciente en la dirección del movimiento y además aunque así fuera, era imposible que lograra inducirnos a todos a la vez a seguirle. El vaso se movía con gran fuerza y velocidad, en direcciones muy definidas y “decididas” por ese algo sin previo aviso. Porque nadie de nosotros sabía las respuestas.

 

Según pasaba el tiempo cobraron intensa realidad todas las supuestas memeces que se cuentan o que uno ve en el cine o la televisión, lo que me hizo temer y desear ver, al mismo tiempo, el espectáculo de objetos volando, platos estrellándose, voces de ultratumba, apagarse las luces, reventar el televisor, levitar todos de súbito, que alguien fuera poseído y entrara en trance, etc. Llegué a percatarme de que, de un plumazo, los temores de que tanto me había mofado, los que rechazaba a golpe de ciencia cuando atravesaba los oscuros pasillos de mi infancia, las especulaciones de famosos bestseller sobre vida de ultratumba (incluido el dichoso túnel con la luz al fondo), los descubrimientos del Dr. Jiménez del Oso, los OVNI y hasta lo relatado en las novelas de Stephen King o la película El exorcista, todo ello, en definitiva, podía ser grotescamente cierto. Adiós a la ciencia y a la filosofía, entonces. Por esto, la ronda de preguntas y las respuestas del espíritu supusieron en mí algo así como un agujero de gusano abierto en nuestro salón que me conducía a todo un nuevo universo por explorar, a terribles grietas en la razón. El mundo, por fin, mostraba sus entrañas horribles.

 

No recuerdo con detalle todo el “diálogo”, pues hace mucho tiempo de esto. Sí recuerdo que el fantasma se identificó como un musulmán granadino de la época nazarí (lo que ciertamente fue bastante sospechoso por tópico, ya que la sesión ocurría en Granada). Pero la sospecha por haber sido previsible, convencional y tópico el fantasma, puede acrecentarse con otra curiosa coincidencia: que el espíritu entendiera el árabe y contestara bien a las preguntas del amigo marroquí. ¿Por qué sabía árabe y no chino? Sea lo que sea, el espíritu corroboró la verdad de la existencia de Dios y la verdad de la religión musulmana. También admitió conocer a Jesucristo.

 

No puedo pasar por alto, una vez más, que el espectro afirmó poco menos que me odiaba, que le caía espantosamente mal, y que era además el único de la mesa que él detestaba, pues los demás sí eran buenas personas. Fue un mal trago. Más aún porque un gracioso de los presentes preguntó como quien no quiere la cosa algo que si sale mal, hubiera acabado con mi salud y no sé cómo hoy todavía sería capaz de dormir o andar solo por mi casa. Quizás estaría mal, muy mal de los nervios a estas alturas. De súbito alguien de los presentes se percató de la gravedad de la circunstancia que allí se había abierto por la pregunta brusca y terrible acerca de si el señor fantasma pensaba castigarme. Durante décimas de segundo no acabé de encajar bien el alcance de la pregunta y sobre todo de mi vida si tenía que oír que pronto acabaría mis días como la niña del Exorcista. Aún aturdido por el impacto de la dichosa cuestión, otra alma caritativa se compadeció y protestó vivamente contra la pregunta. Pero ya había sido formulada y el espectro la había escuchado.

 

Pues bien, precisó que no me iba a “castigar”, lo que permitió que pudiera dormir esa noche. Y que haya podido disfrutar de cordura el resto de mis días.

 

Digo que sin embargo todo fue sospechosamente tópico. En Granada se manifiesta justo un musulmán de época nazarí.  Es como si en el Orinoco se nos presentara el fantasma de Lope de Aguirre, el loco. O en México D. F. el espíritu de Moctezuma. ¡Qué presencia tan esperable y obvia!

 

Ignoro si lo acaecido en aquel año remoto sirve de mucho, como para añadirlo al baúl de las verdades. Quedan preguntas abiertas: ¿Fue aquella sesión, que jamás he vuelto a desear que se repita, una impostura de alguien que sabía determinar las respuestas y los movimientos del vaso? ¿Cómo fue posible que el vaso acometiera tan firmes y poderosos movimientos si prácticamente no era presionado por ningún dedo? ¿Cómo podía haberse dado el supuesto acuerdo inconsciente por el que un líder va guiando con su “fuerza” mental a los demás? ¿El viejo magnetismo decimonónico? ¿Telepatía? ¿Sugestión? ¿Histeria? ¿Hipnosis? ¿La “energía” con que nos tiene ya hartos el movimiento new age? ¿Con qué desconocidas potencias de la psique funcionó aquella supuesta ilusión, si es que lo fue? En cualquier caso yo he acabado suspendiendo el juicio y callando cualquier respuesta definitiva; queda el evento espiritista como un corto paréntesis en mi vida del que hacer epojé para seguir confiando en la sensatez y la cordura del universo. No volveré a pensar en ello cuando termine de escribir estas líneas.

 

No obstante, debo todavía destacar que en sí, fue una experiencia terrorífica. Constituyó una conmoción en nuestros ánimos que nos obligó a dormir con la luz encendida muchas noches posteriores (quizás también esta noche, hoy que lo estoy evocando) y no digamos las primeras noches que pasamos en las habitaciones de la enorme mansión, donde en cierto modo éramos también espectros, fantasmas en los que hoy nos cuesta reconocernos. ¿De verdad somos aquel puñado de casi adolescentes? ¿Éramos nosotros? Supongo que hay creer que verdaderamente fuimos esos jóvenes, por seguir la costumbre. El caso es que no pudimos dormir solos por un buen tiempo, aun habiendo de recurrir a sacos de dormir o a la alfombra sobre el duro suelo.

 

Como dato curioso, he de mencionar que uno de los intervinientes en la sesión, que no soy yo, con el tiempo ha llegado a escribir una novela de zombies. ¡Cuidado! No nos engañemos con lo que son verdaderamente los zombies; nada que ver con The walking dead, sino con un horror más discreto, inquietante, el vago presentimiento de que alguien nos dirige, de que nos manipulan, de que no seamos quienes creemos ser, de haber sido engañados hasta la atrocidad, y con el hecho de que todo se borre un día en nosotros por la enfermedad degenerativa o la vejez y, como espectros, vaguemos por ahí sin saber quiénes somos. Nada de zombies sangrientos ni terror gore (que provocan antes risa que miedo), sino zombies auténticos, como los que son producto de los horrendos rituales del vudú, seres muertos en vida, seres de espíritu enajenado, sin poder sobre ellos mismos. No es cuestión de sangre o vísceras. Es peor.

 

El caso es que, retornando a tiempos más recientes, reviví el frío pavor a los fantasmas, materializado (tanto el pavor, como los fantasmas) por mis aullidos de terror en mitad de la noche, cuando busco con desesperación el interruptor de la luz e increpo a Satanás para que se marche (“vade retro” le espeto, y así lo escuchan los vecinos). Me pregunto, en medio de esas pesadillas, incapaz de seguir durmiendo con la luz apagada, si la casa no estará llena de fantasmas, sospecha que alguien reforzó cuando juró haber visto en mi casa una sombra que cruzó veloz entre nosotros. Entonces especulé con que en el pasado reciente en mi casa se hubieran celebrado auténticos aquelarres. Si es así, me digo, ¡qué sórdidos espantos habrán visto estos muros! Espantos que aún pueden estar rondando mi dormitorio, rebotando en las paredes como un eco angustioso. O aún más sencillo: ¿alguien practicó una ouija y no echó convenientemente al espectro? Si es así, aun me quedan océanos de sufrimiento.

 

Esta zona de peligro por la que lo cotidiano se da la vuelta y se torna horrible puede ser alcanzada de la manera más tonta. Hay otras formas más sencillas de invocar fantasmas, distintas a una ouija. Te levantas, por ejemplo, un día y presientes que has departido la noche anterior con algo sombrío, a lo que vertiste tus consideraciones más secretas, algo que te escucha, que te acompaña de copas toda la noche y cuya degeneración procuras olvidar pero de vez en cuando aflora el horror porque sigues viéndolo en tus días restantes, te saluda incluso en la tranquila terraza de verano, cuando te encontrabas en plena paz y armonía, te hace una seña obscena, recordándote que no ha sido un sueño y que podrían desbocarse, como una nightmare, tus peores miedos en la más apacible sobremesa si llegas a ser plenamente consciente de ello. Una pesadilla que retorna incluso en esas sobremesas soleadas con butaca, café y cigarro que Bécquer consideraba inmunes al horror.

 

Ciertamente, la juventud es la edad más propicia a fomentar grotescos encuentros con cosas horribles que se toman por aventuras y vivencias que uno ha de acumular constantemente. Hoy sé que lo único que se acumula en la vida es el asco.

 

Bien es cierto, que los años densifican las pesadillas, que estas ya dañan y vienen de mala manera. A una edad más adulta lo que aflora, si se persiste en tales noches luctuosas, es ya algo serio. No viene teñido de inocencia. No es ya camaradería. Cuando se sigue eternamente en ese carril, todo deja de ser inocente o una trivialidad de adolescentes, prolongándose no la juventud perdida, sino la abominación y la locura. Los monstruos brotan como espinosos cardos, como ortigas, como demonios que amenazan con perseguirte hasta el delirio o la muerte. La cosa va en serio. Todo puede desencadenarse cuando una mañana, al despertarte, pasados los cuarenta años, te preguntas, ¿por qué todo el mundo miraba para otro lado? Es mejor no intentar esta senda…

 

Mejor olvidarse de la remota posibilidad de que uno decida irse de copas en franca hermandad con sus peores miedos y que estos te envuelvan, pegándose a tu cuerpo como una gran boa que comprime el pecho cada vez que se trata de inhalar más aire. El resuello se acelera y acorta en agitada sucesión de aspiraciones, siempre más breves la y cada vez más dolorosas.

 

Me refiero a ese tipo de horror que te merma, que sientes como espada de Damocles, un lastre infame, un miedo que se agiganta cada día hasta que se hace dueño de ti para llenarlo todo como en una inundación. Desearás que todo haya sido un sueño. Incluso querrás no estar vivo, pero ya no podrás hacer nada por remediarlo…

 

Sentir esto tras el exceso. La faz del pecado. Sentir que tus peores temores son ciertos, convencerte de que eso ha sucedido y de que aquella cosa ha existido realmente. Verte a ti mismo desde fuera, departiendo vergonzosamente con almas que se pudren en malos tugurios, repetitivos e insanos, dementes de vómito y lujuria, viciosos hasta las heces; torpes vivencias que a la mañana pesan y se incrustan en el ánimo para siempre. La noche, donde cualquiera puede ser su peor sombra, como Jekyll y Mr. Hyde, es otro universo paralelo de los horrores, otro infierno.

 

Si lo haces, sabrás que te has podrido un poco más, que acabas de añadir otra miseria a tu ya ingente montón de basura, que aumenta el lastre de defectos y vas alejándote de toda belleza, bondad y pureza. Sabrás con razón que algo en ti se está degenerando y acabarás deslomado por andar con el peso de tus miserias, cargándolos en un hatillo de inmundicias que ya irá contigo a todas partes. Ni siquiera Dickens se apiadará de ti. Y según vas mancillándote con cada acción terrible y disoluta, la persona que eres se va oscureciendo y agriando.

 

Reclama ahora también la palabra otra pesadilla que se instala en la mente y acaba abarcándolo todo, poniéndola a su servicio. Hasta cierto punto es un exceso de la inteligencia… pero lo dejamos ahora para una tercera parte de esta aciaga crónica de horrores pasados y futuros.

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