1977, un largo espejismo


Marcos Santos Gómez

 

La imagen de la calavera parecía destinada al olvido. Duró apenas un instante. El televisor, cuya maquinaria rampante lo hacía vibrar con su exótico blanco y negro del año 1977, lo había exhalado. Una danza de Macabré como un fugaz zarpazo de la muerte a deshoras. El horror del áspero arquetipo se fijó indeleble en el alma de un niño que no debía haberlo visto nunca, por muy falsa que pareciera la mascarada televisiva. Para un niño el cartón piedra es piedra de verdad, piedra sólida, y lo que se representa en el teatro o la televisión es más real que la propia realidad. Como él mismo me contó, Emilio Lizcano, conocido experto en historia medieval, fue, de este modo, azuzado para recrear años después las torceduras de la supersticiosa Edad Media. Todo fue para él ya prefigurado en aquellos minutos inverosímiles de la media tarde, en un año que hoy se nos antoja entre la nada y el mito. Eso me contaba él mismo.

Al principio fue el miedo en aquel centro de luz grisácea, el asomo fugaz del viejo terror. Emilio niño quedó como paralizado, al tiempo que le recorría el cuerpo un escalofrío. Tenía nueve años. Fue horror, puro horror, por lo que podemos asegurar que en su caso, primero hubo la oscuridad amenazante, el susto más animal, el tremor ancestral. Quiero creer que más adelante la narración de estos hechos será completada por otros, y podría afirmarse que el caso requiere que yo dé un postrer paso, porque presiento que este misterio será resuelto en todo su alcance sólo cuando yo no esté. Tendrán que escribirlo otros. Respecto a mí, baste decir sólo lo que sé, lo que puedo asegurar en torno a esa tarde originaria, en torno a la breve escena a partir de la cual se ha vivido este desgarro visceral que ha sido el origen de una prolongada fuga persistente y de un determinado modo de ser. Quiero ser objetivo en estas pocas líneas en lo que a mí respecta y comprender. Yo, al contrario que mi hermano Emilio, no estoy loco. Porque Emilio, puedo decirlo ahora, era mi hermano y estaba loco.

La imagen fugaz se coló al mismo tiempo en la mente impresionable de un niño y en la habitación cuadrangular, donde pareció abrir una sima, como piedra que lanzada al río perturba de ondas la superficie del remanso, en el tedio de una luminosa tarde. Del televisor afloraban mundos grises que con frecuencia Emilio contemplaba absorto. Apenas habíamos acabado, yo, su hermano gemelo y él, una aventura imaginada y esperábamos la merienda que nuestra madre preparaba, ajena al estremecimiento y al vértigo de la horrible danza. En la cocina, calentaba leche, partía unos bollos y los untaba de crema de cacao. Mi hermano miró la pantalla justo en el momento fatal.

Se puede decir que la imagen, y toda la escena, constituyeron desde entonces una cita, la cita que durante toda una vida, uno de los dos, en un distanciamiento del otro, reprodujo en su seno, presente en muchos sueños, en su mundo de deseos, en la vorágine de la carne. Debo transcribir todo esto con objetividad. Décadas más tarde la espantosa calavera aparecería repetida en cada acto sexual, de algún modo, imitada, justo en el momento de la pequeña muerte, en el calambre del clímax amoroso. Todos esos vértigos no serían sino una glosa de aquel otro horror majestuoso y primigenio.

Fue en medio del esplendor de los veinte años que Emilio se lanzara al estudio de la Edad Media, del feudalismo y sus consecuencias sociales e históricas, pero prestando especial atención a una simbología que le repelía pero que también lo atraía dudosa, indescifrable, latente, como un polo de la historia que convocara en una danza feroz a su alrededor al resto de los tiempos del hombre. De nuevo se elevaba vibrante el eco de la imagen antigua contemplada en un nuevo rapto. Quedaría hondamente afirmada acaso por un pánico lastrado, un ancla de la carne mortal, como un desliz aciago, como una inapelable premonición. ¿Qué abominaciones escondemos? ¿Qué monstruosidades? Para Emilio, crecer, la adolescencia, fue un orbitar aquellos segundos de trance metafísico. Para el otro hermano, el actual superviviente, yo mismo, la vida ha sido una grata ensoñación, una suerte de solaz al pie de un fresco roble, en la sombra, en medio del más exultante mediodía. Emilio, sin embargo, ha sido un hombre oscuro y atemorizado, y podemos asegurar que sólo el suicidio ha sido capaz de hacerle olvidar sus horrores.

No es verdadero que los hermanos gemelos guarden una honda afinidad. No es cierto. En este caso somos componentes de una única jornada, pero en la cual, uno ha sido el amanecer y el claro día y otro la ruda noche de viento helado. Ambos podríamos constituir un mismo mensaje, podría asegurarse, pero diciendo cosas contrarias, siendo el uno un secreto reverso del otro. Una desgarradora paradoja.

Bien es cierto que en la madurez, el miedo puro de la escena ominosa parecía haberse borrado. Ya no ha sido la verdad de un grito como el proferido en mitad de la noche cuando las pesadillas que le atosigaban lo conducían a ese nivel intermedio entre el sueño y la vigilia; ha sido la misma verdad pero como un horror pospuesto, subterráneo, nervioso. De hecho, su vida se puede relatar como el tránsito de uno de estos aletargados horrores a otros y a otros, que constituyen el uno la leve variación del precedente.

El horror paralizante quedaba, pues, como un eco, que a los treinta y tantos años, Emilio comenzó a dibujar y detallar en acuarelas y tenebrosos óleos. Son cuadros feos en su imagen y significado, como huesos, pero huesos negros, podridos, mohosos. Es lo que irradian, musgo y fango. Comenzó a replicar las cuencas de ojos vacías en espeluznantes calaveras. Él había visto de niño esa calavera que se repetía en muchas otras calaveras. O rostros cadavéricos de hondas ojeras, mellados, con las narices como dos boquetes en medio de la cara, perdidos en el tránsito entre la vida y la muerte. Pienso, sobre todo, en su obra ¿Por qué grita? Hay quien ha podido apreciar en ellos la influencia de Lovecraft, cuyos demoníacos terrores parecía verter en imágenes. Sí creo que esta observación es bastante justa. Sé que devoraba toda la literatura gótica y de horror, que lo fascinaba, cultivando un morbo enfermizo.

Cuando llegó la pavorosa nada que pronto acabaría con él, en torno a los cuarenta años, todo fue ya una procesión de aparente sanación y recaídas. Por mi parte, yo tomaba la senda de una plácida felicidad, volcado en la educación de mis hijos. A menudo me pregunto por los azares que nos constituyen, al tiempo que me quejo por la precariedad esencial que somos, la de ser un simple aliento cercado de traiciones. Él inició su bifurcación con una imagen que le llenó corazón y entendimiento. Vivió cada vez más ensimismado, cuajado de un hondo resquemor, hundido en la literatura más oscura y truculenta y forjando extrañas tropelías que nadie puede leer; textos compuestos con indescifrables símbolos, que  confunden, vomitados por una mente perdida para siempre en los más lejanos atavismos. Está claro que su sensibilidad exacerbada le ha perturbado, de algún modo. Era sistemáticamente vapuleado en cada intento de conducirse en una vida regulada. Se sumergió aun más en la pintura. A menudo lo vi con el rostro completamente desencajado, exhalando largos suspiros y atisbando con nerviosismo a todas partes. ¿Sabes qué somos?, me increpaba, Claro, tú no puedes saberlo, habría que regresar a la nada candorosa de un feto, para volver a flotar abrazados los dos, diminutos como las uñitas de un ratón y después haber visto lo mismo, lo que yo presencié y que tú nunca viste. Yo vislumbro horrores. Los presiento. Yo le respondía, yo, su hermano gemelo, que las alucinaciones no eran reales, que confiara en mí y en los médicos.

Según los días, parecía remontar e ir olvidando esa muerte interior de la que hablaba. Otros días eran inhumanos, opresivos. Me pregunto si esas enfermedades pueden provenir de algo tan efímero como una brevísima imagen vista en un televisor a edades tiernas, y todavía más, me desconcierto porque algo tan azaroso nos hubiera separado de este modo, cuando habíamos nacido ligados a un único destino. Yo no vi la imagen porque estaba en la cocina, con mi madre, cabizbajo. Apenas este hecho banal logró que me salvara. Por suerte no contemplé la cara descarnada, un mero efecto especial que en los años tiernos significa una angustia real. Ajeno al mal y a la neurosis, he planteado mi vida de manera saludable. Una vida mansa y acorde, que ha merecido la cálida felicidad que me rodea. Ningún médico confirma mi teoría sobre el origen de su enfermedad. Pero es absolutamente cierta. Yo no fui contagiado por ese horror en la sobremesa aciaga que a él lo precipitó en la insania. Al menos eso he creído, porque me ha sido y me es muy necesario creerlo. No está confirmado por estudios, ningún médico lo suscribiría, ninguna ciencia, pero la verdad es exactamente tal como yo la he contado en estos momentos.

Pero ahora tengo que ceder el testigo de la última exégesis del caso a otro, la verdad más definitiva, a una mirada distinta, radicalmente otra. Él ha muerto y yo debo proseguir mi apacible existencia. Soy fuerte. He sido muy feliz. Mi vida es plácida, ajena a las evocaciones de la nada, del abismo y los infiernos… Así que esto me ha pillado por sorpresa. Porque contra toda lógica y razón, algo me pudre por dentro, como un cáncer metafísico que petrifica mi espíritu. No quiero contemplar cómo mi alma también se derrumba sin razón ninguna, como se derrumbó la suya. No hay teoría para ello. No tengo ninguna explicación. Sólo puedo jurar que no lo vi, que no vi aquella maldita escena en la televisión, aquella danza de la muerte. Para mí, en mi vida, todo ha sido grato, porque he procurado que así lo fuera, día a día, y, sobre todo, porque, repito, no vi la escena, insisto, no la vi, pues sólo la vio él, mientras yo aguardaba en la cocina, junto a nuestra madre, con hambre, esperando el bocadillo de crema de cacao. Toda mi vida he mantenido que la triste imagen en aquel televisor en 1977 nos distanció, como la herencia de un impacto único y decisivo por encima de la herencia genética. De hecho, lo escuchaba referirse a aquella tarde como de algo que no iba conmigo, con una suave sonrisa cuando hablaba de ella estremecido. Pero ahora sé que yo no lo creía, en realidad. Nunca he creído mi propia teoría, nuestra teoría. El horror estaba ya en el húmedo calor del vientre materno, adquiriendo su forma, en el mundo sin luz en que estalla la vida y se sellan los destinos, donde se sellaron nuestras almas, en el vacío, en la nada atroz. Es lo último que acierto a pensar con claridad. Porque me vuelvo loco yo también, querido hermano. Me hundo en tu misma locura.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.