El alma de los zapatos


El alma de los zapatos

Marcos Santos Gómez

Jamás lo vi reír. Decía tomarse el mundo muy en serio, “como corresponde al hombre cabal”. Era así como él se expresaba, de un modo un tanto insólito. Decía estas cosas solo cuando accedía a hablar “de verdad” con alguien, que casi siempre era yo. Era reservado, de cuerpo y rostro cuadrados, como compuestos con bloques. En su hábil tarea de carnicero, pasaba los días con muda resignación pero guardando un muy correcto trato con los clientes. Con ellos intercambiaba palabras de modo impersonal, como si en realidad, su mente estuviera en otros lugares. Me explicaba, sólo a mí, lo que significa “tomarse el mundo en serio”, que según él consistía en mantener una especie de recogimiento en la vida y en las emociones, una suerte de ascetismo laico. En lo más esencial, era la típica alma inquieta que se ha labrado en soledad y sin un método o disciplina escolar, es decir, un autodidacta. Un autodidacta, adusto y solo.

Su cultura había sido forjada con esfuerzo, en los ratos libres que le dejaba su trabajo. Le tuve, desde niño, gran afecto, cuando mi madre me llevaba a hacer la compra, de su santa mano, y yo parecía absorber el mundo por mi boca abierta siempre como una perenne letra O. Yo era tímido y enfermizo. Un niño triste. Iba con ella de mala gana, porque siempre me aburría soberanamente esperando en cualquier sillita o rincón a que le llegara “la vez”, y después la seguía dando traspiés y colgándome del brazo.

El erudito carnicero, cuando me veía, guiñaba un ojo y siempre, como costumbre antigua, guardaba un libro para mí. En este sentido fue muy generoso y a él debo en gran parte mi afición por leer y el haber dispuesto desde muy pronto, apenas a los doce o trece años, de un excelente caudal bibliográfico: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Stevenson, Joseph Conrad, Walter Scott, Conan Doyle, manuales de todo tipo sobre ciencias, historia, hasta atlas de geografía y etc. Aun no había llegado internet. Pronto me acostumbré a recibir tales obsequios, con la aseveración de que con ellos me regalaba una inmensa felicidad. La paradoja es que él no parecía muy feliz, lo cual adiviné, más mayorcito, cuando le hacía los recados a mi madre y me entretenía en hablar, ya a solas, con él. Era lo que en el lenguaje laboral se denomina un “autónomo” al que, aunque nunca careció de lo indispensable, su trabajo le restaba todo el tiempo que a él le hubiera gustado tener libre para, decía, “las tareas del espíritu”.

Lo vi envejecer, en mis idas y venidas desde la universidad a L., la ciudad de mis padres, donde nací, y donde él tenía su puesto en el mercado. Poco a poco iba aumentando su decadencia, perdió el cabello, engordó y se agigantó el halo de pena que irradiaba. Todo él, siempre era grave… Justo como lo eran sus zapatos. No sabía por qué me había percatado de la seriedad que sus zapatos compartían con él, los que sólo podía contemplar cuando nuestro carnicero abandonaba el puesto y salía afuera del mercado, que era un lugar techado y cerrado. Yo lo observaba y lo estudiaba a fondo. Su ropa ligera, su delantal sanguinolento, sus zapatos. Siempre calzaba, fuera de lugar, unos poco cómodos zapatos negros para vestir formal, afilados, ajustados al pie y rígidos, que brillaban desafiantes todo el rato pues eran sistemáticamente cepillados y lustrados a diario.

Nunca ha tenido para mí gran relevancia la forma de vestir. En el caso del carnicero, los zapatos formales, los que siempre calzaba, eran expresión de su talante, del talante que parecía haberse impuesto, porque aun siendo generalmente un calzado caro, hecho en tierna piel curtida y tintada de contundente negro, constituía, según llegué a interpretar en una de mis idas y venidas de la universidad, la impronta del distanciamiento objetivo, o sea, era símbolo y carácter de su alma pretenciosamente científica y de la distancia que deseaba guardar con el mundo y con los demás hombres.

En cuanto a mis conversaciones, he de admitir que tenía razón en casi todo lo que me decía, seguramente, pero erraba a causa de su melancolía, que le tiznaba la percepción.

Cuando vine a L., hará una semana, supe que él estaba muy enfermo. Había cerrado el puesto en el mercado y yacía en la penumbra de su casa, sobre la cama vieja, muy estrecha para él, con su corpachón desmesurado, en un lóbrego dormitorio, en la casa llena de muebles rústicos, y sobre todo, de estanterías funcionales y sobrias, donde se apilaban cientos, seguramente varios miles, de libros. Cuando entré en su casa me estremecí. Había allí como flotando en la atmósfera una tristeza insufrible, acentuada por el brutal acontecimiento de su agonía. Intercambiamos algunas pocas palabras, balbucientes ambos. Sólo creo necesario repetir aquí una curiosa frase, un deseo que, seguramente, cumplió escrupulosamente: “Hay que morir sin mover un solo músculo de la cara”. En fin, terrible.

En un momento en que sólo nos hallábamos él y yo en la casa, aproveché que cerraba los ojos, de inmensas pestañas, mansa y quedamente, para mirar bien y observar el entorno. Entonces vi el par de lustrosos zapatos, brillantes y orgullosamente limpios, pegados a la pared a un lado del lecho. Estos zapatos que él ya nunca calzaría aguardaban allí, como si lloraran en su inactividad, con otros tantos que asistían a la agonía.

Casualmente, yo había ido a un teatrillo, en L., unos días antes. Era una función, en la sala para conciertos y representaciones de la Casa de la Cultura, obra de unos ingeniosos payasos, unos cuantos de esos titirimundi medio hippies que recorren España con sus espectáculos, que parecen provenir de un tiempo que ellos prolongan con idealismo.

Como yo, esos teatreros se habían fijado en la elocuencia de los zapatos, que siempre son y dicen más de lo que parecen, pues no son simples cosas, sino evocaciones condensadas, una suerte de precipitación del alma de quien los posee o poseyó. Son una reducción caricaturesca de la persona que los calza. Me reí a más no poder con la genial ocurrencia en que se basaba la representación teatral que parecía partir de cierto número de la película La quimera del oro, de Charles Chaplin. Los zapatos y las botas parecen tener vida, como digo, cuando yacen sin el dueño. Su ridiculez cuando nadie se los pone, su paciente letargo, los convierte en objetos quejumbrosos, pero alegres cual pícaros duendecillos si cobran vida por sí mismos.

La obra que representaron fue toda en sí una auténtica carcajada. Con un fondo negro en el escenario, una iluminación que sólo apuntaba a unos palmos del suelo, y los actores también cuidadosamente vestidos con ropa negra y pintadas manos y caras también de negro, comenzaron a desfilar ¡zapatos! Los actores, invisibles en la oscuridad, que serían unos diez o incluso quince individuos, daban vida propia y movimiento a unos zapatos, que eran manejados, como marionetas, por las manos de los cómicos que se hallaban introducidas en el habitáculo pensado para los pies. Así, unos detrás de otros, parecían desfilar, con pasos lentos, acompañado todo de un canto chocarrero que desde la tiniebla interpretaban los actores a capella, un canto ridículo, muy estúpido, que sólo pronunciaba tonterías y quejas grotescas de un modo similar al pollo que es asado mientras se lamenta de la brevedad de la vida y de los avatares impredecibles de la fortuna, dando vueltas en la parrilla ensartado, que en Carmina Burana de Carl Orff nos es presentado. Recuerdo que entre las distintas piezas musicales que interpretaron estaba el conocido y antiguo son publicitario de las muñecas de Famosa, que marchan juntas al portal por Navidad. Esas muñecas como espantosos autómatas que también, caminaban y se iban acercando a la cámara amenazadoramente. Pero la marcha de los zapatos en esta función, justo después de haber visitado a mi amigo el carnicero, era mejor, no eran horribles, sino que componían una pura comedia. Eran zapatos que parecían palpitar, tiernos y en el fondo frágiles, como las personas a las que pertenecieron.

Mi mentor carnicero me había enseñado a leer de veras. Sólo hablaba conmigo de argumentos y personajes, de tramas, autores y, cuando yo ya era más crecido, ediciones y traducciones buenas. Él siempre decía que leía para aprehender la vida, pero a mí me daba la impresión de que a él se le estuvo escapando la vida de las propias manos durante más de sesenta años. Nunca un chiste, ni una broma, siempre el hosco envaramiento y el tono más que pedante que insiste en no decir nada de lo que no sean libros, pero que, en el escenario de la carnicería se tornaba, en sí, una suerte de broma.

Después de asistir a la referida función de “teatro de lo ridículo”, entre la carcajada y la sopresa, con zapatos y botines que desfilaban, que hacían cabriolas, persiguiéndose y amándose con obscenidad, me estuvieron dando silenciosos ataques de risa, aun varias horas después del final de la función. Si uno lo piensa bien y sabe mirar, casi todos los accesorios humanos, diría que incluso todas las cosas, son en extremo divertidas.

Al finalizar la función, dejaron en singular desorden todos los zapatos, apilados, a un lado del escenario, como una estúpida pirámide.

Conmocionado por la broma, me puse a cocinar en mi casa. Me venían a la memoria sin cesar fogonazos de tan curiosa tontería vista en el teatro. Y fue de este modo que se me ocurrió hacer lo que diré a continuación, cuando tuve una conmovedora iluminación.

Me dirigí a casa de mi pobre maestro enfermo y ya, me decían, delirante. Allí permanecían, a su vera, dos mujeres que solían ir a comprar carne en su puesto del mercado. Entré en el dormitorio. Las dos mujeres, de edad avanzada, no paraban de cacarear, en un diálogo que por su tono y contenido estaba absurdamente fuera de lugar. La soledad del lecho y su sufriente carga era intensamente obvia. Allí sobrábamos todos, pues moría un hombre que siempre quiso vivir solo. Y esas dos gallinas, vestidas de negro, sin importarle un pimiento la función que allí se estaba representando, la última de las funciones de quien en muy breve lapso yacería difunto. Todos me dieron pena, una punzante lástima, que en un cierto salto psíquico extendía a mí mismo y a la humanidad entera.

Presto me puse a buscar aquello para lo que había acudido allí de nuevo. Estaban, todavía en su rincón, igual de lustrosos y brillantes que siempre. Sus dos impecables zapatos cabizbajos y también muriendo de tristeza. Pero yo ya sabía cómo remediar tanta pena, cómo enmendar toda una vida. Para eso mismo había retornado al lúgubre dormitorio. Solo tuve que callar y esperar a que las viejas se fueran alegando mil excusas. Me quedé solo, con él, que en cualquier momento podía expirar. Se alternaban con fuerza en mi corazón una pena persistente pero también una rara sensación de belleza. Le dije, sabiendo que no podía ya escuchar nada, acariciando su frente anciana, que iba a ser feliz, muy feliz, por fin, que yo me haría cargo de ello.

Por suerte todavía se representaba una nueva función en el teatrillo. Aguanté una más, con lágrimas en los ojos de risa y pena, sintiendo la extrañísima seguridad de que él iba a ser feliz, de que por fin gozaría del manso solaz que a todos nos debería aguardar. Seguro. Llevaba los dos zapatos dentro de una bolsa de plástico. Esperé con paciencia. Y lo hice cuando tuve la fortuna de disponer de unos segundos, ya con todo el público fuera de la sala y sin los actores, que habían salido del escenario haciendo mutis tras el aluvión de aplausos. Habían abandonado a sus protagonistas apilados en un rincón, helados en el postrer acto de la función, que había consistido en un tumulto orgiástico. Tomé los dos zapatos de quien yo no era capaz de asegurar que fuese realmente mi amigo, ni que alguna vez tuviera “seres queridos” y los lancé a la maraña de botines, sandalias, zapatos, playeras y botazas. Allí los dejé, amándose. No puedo asegurar si los actores se percataron después de la presencia de ambos polizones en la turba y si así fue, lo cual era harto probable, qué habían hecho con el singular par de zapatitos. Quiero creer, y rezo porque así sea, que se hallan en alguna otra ciudad desfilando con todos los demás, acompasados a ridículas melodías, en una disparatada procesión, ebrios de buen humor, contagiando su delirio absurdo al público alborozado.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.