Sombras de la infancia


Sombras de la infancia
Marcos Santos Gómez

Yo no era así. Es todo lo que puedo decir. Aún guardo algunas imágenes precarias de lo que fui, que con suavidad me irán abandonando, con la misma suavidad que nunca pude gozar en mi otra vida, la de antes. Este era el producto que adquirí, hombre como soy (o era) propenso a las aventuras y muy valiente, pero que sobre todo ha pretendido enmendar su vida atroz. Todavía persiste la sombra de mi anterior infancia, que contrasta vivamente con mi nueva infancia. Se diría que soy capaz de comparar y de valorar el cambio en su justa medida, durante un tiempo limitado, de transición, hasta que todo dé la vuelta de manera definitiva. Ha sido una experiencia extraordinaria. Al principio he sufrido, como me avisó el Pájaro, un duelo, una rara nostalgia del vacío de mis padres que nunca conocí (¿Se puede sentir nostalgia de una nada?, me pregunto), es decir, un apego a mi vieja orfandad. También he sentido la nostalgia por mis colegas de la pandilla, por los comerciantes que extorsioné, por todas las mujeres feroces con las que he compartido trances e incluso por mis pobres víctimas pálidas y horrorizadas a las puertas de la muerte. He echado de menos hasta a los policías y al juez que ha pretendido cerrar una trama de odio que, si no fuera por mi transacción, habría salpicado mucha más sangre. Un horror. Descubro, de este modo, que por todo ello había desarrollado un raro apego. Se trata de un duelo absurdo, porque echa de menos un dolor, el dolor incesante que había sido mi vida y que había vertido en mis versos de presidiario. Ahora odio esos versos, y por esta razón, aprovechando el privilegio que me ha bendecido, mientras todavía habito la húmeda y sofocante prisión, hundido en el odio y el asco, he resuelto salvarme. Y ha sido un acierto. A pesar de esta nostalgia incongruente.

Harto de terrores, lo decidí ayer mismo, justo cuando iba a cometer mi enésimo crimen. Él, Pájaro, que tenía un pie en el otro mundo, cuando ya lo iba a degollar en su propia celda, del modo habitual, me gritó: ¡Aguarda, aguarda, te puedo conceder otra infancia distinta de la que tuviste! Si me matas jamás saldrás de tu vida. Tú no quieres ser pandillero. Yo sé que clamas por ello en tus poemas, en tus cuadros alucinantes que retratan sólo negrura y mierda, pero con una aspiración secreta, la de darte la vuelta a ti mismo, que yo he sabido leer en tus obras, en tu arte, descubierto por aquel cristiano que nos intentó librar de la podredumbre.

Todo eso me dijo, el muy cabrón, y yo me detuve con la hoja del acero empezando a cercenar su cuello, constatando que él me conocía como nadie, como ni siquiera los críticos que alaban mis trabajos han podido hacerlo. Había adivinado mi mayor deseo. Lo sentirás poco a poco, me dijo, y será en cierto modo una muerte. Pero nacerás de nuevo. No me mates y lo tendrás, yo debo vivir para que lo consigas, tengo que desplegar ante tus ojos todas las infancias posibles, para que tengas la infancia de oro. Eso me dijo. Y yo había expresado mil veces este deseo íntimo y secreto, en efecto, en el espejo deformado de las ensoñaciones. Ahora relato esta metamorfosis asombrosa, que ha empezado por regalarme el lenguaje al que aspiraba, un lenguaje preciso, por el que puedo escribir de modo riguroso, sin las turbiedades de mi arte anterior.

A menudo expresé este prurito de ser otro, de intercambiar mi vida y dedicarme a la creación artística con tiempo y medios, a desarrollar esa conmoción que llevo, que llevamos dentro. El Pájaro lo había adivinado. Decían de él que era una especie de brujo. Gracias a él, me ha sido dado escoger mi infancia. Una infancia a la carta.

Pinté y poeticé en mi vieja vida como un hacer alarde de lo que uno en realidad no quiere, dicen los críticos, como arrojar mi fantasma por delante de mí. Y eso fue lo que desplegué en todos mis trabajos. Hoy tengo una vida nueva, y un nuevo pasado, a mis veintiocho años, para enmendar tanta desesperación. Sólo a mis víctimas confesaba mi verdad, clavándoles esos ojos míos malditos, para que la llevaran a la tumba, la misma verdad que había en mis cuadros y poemas, pero que nadie, hasta que este maldito Pájaro lo ha hecho, jamás adivinara. Lo darías todo por haber vivido en paz, decía cuando casi era devorado por la nada. Yo detestaba en el fondo esas magias que eran para mí las armas de fuego, que, en la medida que redacto esta breve memoria, están perdiendo su lado más cotidiano, de modo que ni siquiera recuerdo los calibres y modelos que tanto me tenían embobado. Alguien dijo, un crítico, que mi medio de expresión era, realmente, el asesinato. Ahora las palabras, estas palabras con las que intento fijar, de manera imposible, lo que era, lo que rememoro en una postrer despedida, esas palabra de muerte, son otras, o sea, ya no pueden ser el verbo estridente y alucinado de mi otra vida. Antes, mi poesía, la expresión tosca y exaltada de un pandillero, decían, asestaba zarpazos, era capaz en su punzante violencia, en su precariedad, de decir la vida justamente porque decía la muerte.

Ahora surge una reconciliación. Abundan las imágenes de mi nueva madre, de cuerpo menudo y cabello muy rubio. Mi casa actual es confortable, tan diferente de la cárcel. Me gusta. Y sobre todo, hoy puebla mi memoria el don de una infancia feliz. Puedo proclamar que no me ha faltado de nada. Escogí un pasado rodeado de hermanos, de largos veranos felices, lejos de las celdas sofocantes de mil reformatorios, en una casa grande y bella, como un palacio, rodeada del mejor jardín donde fui descubriendo con mansedumbre un mundo de sensaciones amenas. Me extasiaba, recuerdo, contemplando las hormigas en su ordenada fila, cuando la luna les era propicia, portando sus pedacitos de hojas para el interior de la tierra. Así pasé tardes enteras, absorto en la contemplación y el juego, sin asomo de aquella otra alma que esnifaba pegamento y que, a sus diez años, cruzaba dando tumbos la calzada.

El lenguaje, los distintos idiomas, los viajes, realizados entre algodones, de una satisfacción a otra satisfacción, en cada lugar, en cada puerto. Y mientras evocaba hace unos instantes un día intenso en que cumplía ocho años, entre amiguitos pletóricos de vida, han ido borrándose los aborrecibles tatuajes que habitaban mi cuerpo como una tupida red. Mi piel está limpia y tersa. Un universo de perfumes, de nuevos aromas. También, los años de universidad, con la carrera de ingeniería donde he aplicado mi espíritu y mi inteligencia, ya no desaprovechada, sino fértil. He estudiado, también, literatura. Mi ansia de conocimiento, lo que otrora apenas vislumbraba e intuía como algo perdido que me hubiera salvado, ahora nace en mí. Apenas evoco ya la vida que abandono, mi vida, o mejor dicho, la otra vida, la vida vieja, la que se va difuminando y dejando de ser. Todo va desapareciendo.

Hoy dispongo de un pasado y un futuro más que aceptables. Podré por fin expresar lo que quise decir porque albergaré un arsenal rico de palabras, una expresión que me permitirá esculpirme como una estatua de los museos y colecciones que he visitado en mi nueva vida. Voy a poder decir la bondad del cosmos, lo presiento.

Pero falta en mi nueva infancia algo que no acierto a identificar. Algo fundamental. Medito qué pueda ser. Repaso mis nuevos años pasados, mis muchas felicidades, mis días de plenitud, pero no lo hallo. Es extraño. En medio de tanta abundancia hay una sombra, algo que mi recuerdo del mundo que abandono sí albergaba, algo a lo que me agarré y con lo que rabioso y lúbrico expresé la vida y la muerte, con una intensidad insufrible. Nada de ello va a perdurar, nada de mi vieja infancia. No era una vida aceptable y no puedo admitir esta rara nostalgia que persiste, esta amargura al despedir mi pasado más ominoso. Mi niñez fue un pozo sin fondo de sufrimientos. No entiendo de qué don me he desprendido al abandonarla. Es un hueco, una carencia que también determina mi ser, que me marca y fija una imposibilidad. De todas las gozosas nuevas posibilidades, hay algo, algo elemental, que ha desaparecido.

Intento expresar mi desazón y agarro los pinceles. Albergo un considerable caudal de obras magistrales en mi memoria, he practicado durante años la pintura; todo ello desde mi nueva infancia adorable. Pero cada vez que voy a componer mi obra, apenas puedo dar con los tonos adecuados, con el cruce de perspectivas, con las elocuentes formas de expresar el grave desgarro que significa la existencia. Es decir, veo con claridad acaso demasiado simple. Puedo escoger los colores con estilo y ciencia, pero falta, ahora lo percibo, una tensión, un desajuste que me ayudaban a pensar, que llegué a dominar y a trasladar al mundo del arte. Comienzo a desolarme. Me sobran ahora las palabras y me faltan las viejas imágenes, los conceptos brutos y sesgados de mi otra vida, de mi niñez horrible. Me veo imposibilitado para decir el límite, para vomitar el abismo del que hablan los filósofos que he leído con pasión. Desaparecen poco a poco mis antiguas categorías y convicciones, para tornar a una paz de ángel, a un comedido gozo de tranquilos y melodiosos versos, de blandos delirios, y a otros cuadros, y a metáforas aventuradas y brillantes. Pero ando engañado en la mera superficie de las cosas. Por momentos pierdo mi vieja sensibilidad, como si un telón se cerrara ante mis ojos extasiados. Ya no puedo gritar, no puedo aullar, ni blasfemar. Bendigo el mundo, que es como aire fresco tras la jornada estival, agradezco mi infancia y mi vida, no puedo más que agradecerlas, no puedo sino halagar a los lectores con una gracia de bellas simetrías y proporciones, pero que no ahonda. ¿Qué formas, qué demonios era capaz de ver? Me siento torpe y sin alcance.

Bebo el mejor vino, disfruto de plácidos banquetes, de sobremesas de café y de buenos amigos. Con ellos hablo de lo humano y lo divino, y todos hacemos como si bailáramos con las palabras, palabras que acuden puras y certeras. Pero no bastan las palabras, las simples palabras. Pues falta en todo ello una sombra, una vieja sombra que no acierto a identificar,  algo imprescindible que late perdido para siempre y que me quema por dentro.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.