El genio de Van Gogh


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El genio de Van Gogh
Marcos Santos Gómez

¿Loco yo? No estoy loco, insisto en que no estoy loco. Yo ya sabía que la sed más acuciante sólo sería saciada si consumía mi alma, retorciéndola, estrujándola sin piedad, cuando en el claro tenuemente iluminado por las sencillas lámparas, ante miles de manuscritos, ahíto de símbolos, me confesé ardorosamente a aquel erudito sacerdote. Ya me había advertido el buen hombre de que mi ansia implicaba pagar un precio diabólico, que por ese mortal precio no merecía la pena hacer lo que tramaba, y que él podía ayudarme pero me aconsejaba que me fuera, que saliera corriendo de allí, que nunca más volviera. Lo conocí hace seis meses cuando elaboraba un terrible, sobrehumano artículo sobre la pintura de Van Gogh, y fui porque aquel reino de silencio era el ámbito sagrado donde podía engolfarme en prolongadas bacanales de rabioso conocimiento. Me he estado preparando a fondo para escribir mi trabajo. Me quise atornillar en el éter como sus óleos sagrados, reveladores de una plenitud que es una nada, y de una nada que lo es todo, como una estrella ardiente en el más negro abismo. Las botas del pintor, falsamente confundidas con las botas de un campesino por, pronuncio su nombre con estremecimiento, Martin Heidegger. Esas botas. Su ensayo sobre esas botas y, en fin, el arte, el ser telúrico como una callada mancha de aceite penetrando las cosas, como el mismísimo Espíritu Santo.

Nadie lo comprende. Nadie se percata de una verdad sencilla, y es que estoy sano y cuerdo, lúcido como un búho rodeado de la más execrable noche poblada de mitos, que puedo ver lo que antes apenas intuía, que he ascendido, que soy, cualitativamente, otro. Me cuidan, me alimentan, me ayudan a realizar mis ejercicios, me instan a gozar del sol liviano de una tarde de mediados de octubre, un sol que va ya apuntando a ser el sol frío de las mañanas de diciembre, un sol limpio, porque el frío es limpio. Y esto les digo a mis cuidadores, con sus uniformes de impecable blanco, cuando me ayudan a caminar cada uno a mi lado, agarrando con ternura mis hombros para alzarme, para evitar que vuelva a hundirme en la tierra parda, pútrida, donde crecen de un modo insufrible las plantas, un crecimiento que me ensordece y me aturde; el otrora imperceptible rumor de las pálidas raíces hundiéndose en el humus. Todo hace ruido, todo cruje, se lo digo a los dos que me miran con aire amable pero firme, con una paciencia infinita como la que yo debo cultivar ahora que el mundo se ha tornado salvaje, feroz, vibrante. Me obligan a caminar con extrema lentitud, con pasitos cortos, como si ya, a mis cuarenta y cinco años padeciera demencia senil. Si ellos supieran. Pobres. Creen que es locura, que he perdido la razón, pero si ellos supieran la verdad.

El día de la revelación había bajado en ascensor hacia un horadado subsuelo, unas cinco plantas hacia el fondo de la tierra. El viejo erudito bajó conmigo y se dispuso a mostrarme los libros. Me había observado durante los pasados seis meses, mis horas de frenético estudio, de lectura audaz y vertiginosa: libros, artículos de revistas especializadas, legajos, pergaminos. El artículo es ambicioso, pero todavía tengo que escribirlo. Leí todo lo que se ha escrito sobre lo que Van Gogh muestra en los cuadros, no un mensaje ni nada concebible en los términos de un discurso, sino un pathos lúcido que anidaba en sus ojos. Nos rodeaba la oscuridad de secretas galerías repletas de anaqueles con miles, decenas de miles, cientos de miles de libros, guardados como un tesoro, en la atmósfera controlada de esa sima del mundo por precisos aparatos, una atmósfera para los libros, sin humedad, sin polvo ni ácaros, a unos pocos grados agradablemente refrescantes para quien fatiga sus pasillos. Filtros, galerías que sólo se iluminan por filas de lámparas de luz blanquísima que se van encendiendo tras un leve titubeo, una a una, desde el centro donde confluyen los pasillos, hasta perderse más allá de donde pueden mirar los ojos. Todo en silencio, secreto, como una enorme caja acorazada, a prueba de terremotos, con pesadas puertas blindadas y claves secretas que las abren, y que sólo conoce una persona, mi erudito guía. Habían sido meses de tan intensa devoción, en los que ambos disertamos sobre Van Gogh y la lucidez de ser, sobre su mirada; pero no, digo mal, no es “mirada” la palabra, sino algo tan interno como despiadadamente ajeno, una tensión innominable, una cierta oscilación y un pozo por donde uno cae eternamente sin tocar jamás el suelo.

Tras meses de fatigas, le confesé mi decepción por no ser yo capaz de compartir el alma de Van Gogh. Nos habíamos dirigido al verdadero centro de aquella trama cavernosa. No era la placeta en la que confluyen las galerías que se abren radialmente para contener los libros, en cada nivel o piso, a varios metros bajo tierra. Era otro lugar al que el erudito sacerdote me condujo cuando ya no lo esperaba, y que sólo pude contemplar en un éxtasis. Hubo como una explosión en el momento en que aquél pulsó el interruptor que ordena a las lámparas que iluminen ese vientre divino, ese portentoso útero. Era una gran jaula, un secreto dentro del secreto, dentro del cual aguardaban pilas de los más raros y valiosos legajos, manuscritos e incunables, sobre enormes mesas y estanterías. Una luz suave y especial para no dañar el material bibliográfico (ahora se me antoja esta forma de referirlo tan soez). Allí se accedía sólo muy de vez en cuando y casi siendo un elegido. Yo me había ganado el favor de este sacerdotal bibliotecario después de tantos meses de elevadas confidencias, de densas y graves divagaciones compartidas, de estupor y postración ante la letra sagrada, de lenta rumia de cientos de ejemplares, de fiera poesía, de digerir todo lo que había pasado por mis manos en las horas de interminable estudio, en la sala de lectura de esta fantasmal y desconocida biblioteca que lo abarca todo. Puedo afirmar que buscaba sin saber de veras lo que buscaba y que saberlo ahora, ¡ay!, me quema como un hierro candente en la inteligencia.

El sacerdote, bastante mayor, un devoto de la verdad perdido entre las verdades, un hombre de Dios, un jesuita de alma pacientemente tallada como un diamante, me prometió una audacia mayor. Todavía no has visto, ni has leído todo, me dijo. Sígueme. Y yo fui tras él, como monje en el claustro, hasta acceder al modernísimo ascensor, tras abrirse la puerta cuando el sacerdote pulsó la clave, y bajar un número de pisos que no acabé de contar correctamente, tal vez cinco o seis. Y allí, en lo más hondo, tras una reja que sólo abría otra clave secretamente pulsada por este piadoso cancerbero, accedí a una luz, a una plenitud, a un éxtasis que al mismo tiempo que un Cielo ha resultado ser un infierno.

En la confusión de los legajos e incunables, temblé con estremecimiento, diría incluso que espantado, rodeados ambos de penumbra en aquella isla bajo tierra, donde la luz suave que respeta pergaminos y papeles se expandía como en un centro, como mansa agua en una fuente. Pasamos horas revisando el material. Así, me topé por fin con el pedazo de papiro celosamente guardado. El papiro. Bajo un cristal blindado, en una pequeña encimera, allí estaba, escrito en caracteres griegos. Advertía, me tradujo el erudito, de un peligro, de una muerte que, sin embargo, era capaz de otorgar una nueva dimensión de vida. Rio cuando, tomándome completamente en serio aquel texto, atiné a sacar un cuadernito que siempre llevo encima, dentro del bolsillo de la camisa, y un bolígrafo tan funcional como prosaico. Dije, ¿Es una fórmula, verdad? Sí, no es, como habías creído, un texto sagrado, de algún evangelio, esos se guardan con mayor celo todavía, en otros lares. El valor que tiene este pequeño ejemplar es, sencillamente, su antigüedad, me precisó. Yo me puse a copiar el texto, inmerso en un sudor frío. Pero tras varios torpes intentos de entender literalmente lo que el tiempo había casi borrado, mi cancerbero me aconsejó que dejara de tomar notas, me informó de que el papiro tenía una clave y una signatura para ser estudiado, con suma facilidad, en una fotografía accesible por internet. Llevaban más de una década intentando, de hecho, informatizar la bestial biblioteca. Su mansedumbre, la tenue iluminación, el mayor de los silencios, la luz y la tiniebla, el papiro, me acabaron afectando hondamente. Así que, palpitante, guardé mi cuaderno en su bolsillo, sin apenas poder escribir, con el bolígrafo, que me coloqué enganchado por la mueca del capuchón. Es, en efecto, me siguió informando el sacerdote, una vieja fórmula, de algún veneno, pero, de un modo muy misterioso, dice que iluminará a quien lo ingiera. Yo hace tiempo lo interpreté como un aviso de los peligros que acarrea la extrema lucidez, la antiquísima relación entre genio y locura. Tal vez sea un modo de hacerse como Van Gogh, comentó riendo, pero al ver mi palidez y mi espanto, quiso ponerse muy serio, para advertirme que no me obsesionara, que no buscara atajos imposibles, que ya estaba bien y que debíamos irnos rápidamente, que el lugar evidentemente me afectaba, quizás la claustrofobia, y que me aconsejaba, me insistía en que diéramos por finalizada la visita a la biblioteca. Nunca vuelvas por aquí, me dijo. No te sienta bien.

El ciprés y la noche estrellada acudieron a mi agitada mente. Dolor, mas, al mismo tiempo, una imperiosa y delicada verdad. Ver, pensar, soñar, pintar como Van Gogh, compartir su genio y su lucidez. No porque pretendiera fama o adoración, ni prestigio, sino persiguiendo una discreta sabiduría, un placer singular y solipsista. La lucidez que fantasmalmente asolaba al pintor. Curiosa combinación, indiqué a mi cultísimo colega, de muerte y de vida. Ah, dijo él, no hay vida sin muerte. La plenitud tiene un precio. Yo lo pagaría, confesé enrojeciendo, quiero la plenitud como sea, a cualquier precio, quiero saber todo antes de morirme, aunque sea en un efímero resplandor de estrella supernova antes de apagarse. Tienes una sed insaciable y peligrosa, dijo grave. Lo que quieres, añadió, exige un celo, una paciencia y un tiempo prolongado, muchas horas de más fatigoso estudio. Tienes que labrarte por dentro. Estos legajos y pergaminos me labran, padre, me labran salvajemente. Esto es una vergüenza que pocos deben conocer, la vergüenza del genio que separa y aísla, jamás exigible, de ningún modo, al conjunto de los hombres. Te ruego, insistió él con apremio, que salgamos de aquí y te aconsejaría que no pienses más en todo esto. ¡Vámonos! ¡No vuelvas jamás!

Pasaron unas semanas. Consulté en la imagen del viejo papiro griego accesible en una amplia base de datos informática que exigió mi previo registro. Encontré obras sobre el mismo, un catálogo de crítica textual y de trabajos eruditos que me revelaron que aquella era una fórmula para adquirir la visión suprema. Aún no sabría definir con certeza si se trataba de magia o de medicina primitiva. Pero el lector me perdonará si callo una receta tan terrible. Si alguien se hace con ella, que no sea porque yo lo he revelado, que no sea por mi culpa. Todo requiere su pesquisa laboriosa. Él tenía razón. El atajo que yo he cruzado ha sido brutal. Quien quiera la lucidez, pague su precio. Baste precisar que en la composición de la arcaica receta se hallaba el estramonio, que es un poderoso veneno que en minúsculas dosis puede alterar considerablemente la percepción. Me informé y supe que era una sustancia vegetal de extrema peligrosidad que hay que evitar manipular sin el máximo cuidado. En todo caso, sea lo que fuere, a mí me ha otorgado el ver cumplido mi mayor deseo, un deseo arrastrado por las muchas bibliotecas, por universidades, por miles de horas de intensa lectura, a través de lo cual he querido, he logrado ya, comprender a Van Gogh, ver lo que él era capaz de ver.

Tras preparar el cóctel de yerbas y setas, y remover la pócima de feroces plantas capaces de donar el sagrado estupor de la genialidad, me procuré de soledad y espacio para experimentar lo más elevado que es concedido experimentar a un hombre. Me atravesaron vértigos, vomité hasta apenas expulsar babas amarillentas, sentí un terrible ahogo y un resquemor, una suerte de inflamación, diría, interna, anímica, una expansión inefable. Tras sufrir el insoportable calor y la asfixia que me obligaron a desnudarme me invadió una laxitud y un frío que hicieron que me ovillara, desnudo como estaba, lloroso sobre el duro suelo de mármol de mi apartamento. No puedo describir con precisión las horrendas visiones que padecí, entre el letargo y la exaltación; no puedo referir cuánto sufrí, lo que dormí y bailé, cómo me atormentaron las máscaras de primitivos chamanes de la Edad de Piedra, los ángeles infernales, el estupor de Dionisos, las hienas de fauces espumosas, el torbellino de langostas, el odio ancestral, la espesa jungla poblada de ojos y los más agostados desiertos. Fueron horas terroríficas.

Después de casi dos días, alcancé, por fin, la lucidez. Fui capaz de ver lo que veía Van Gogh, lo que él sabía. Ahora miro el mundo y los seres con una intensidad nunca antes soñada y el amarillo se ha tornado más amarillo que el amarillo. Veo trazos como lenguas que lamen el ser, sé del frenesí en torno a cada cosa, me hundo y me elevo al mismo tiempo con las botas que son un telúrico templo pagano que contiene una zarza eternamente ardiente. Aprecio el orden de matemática imposible que anida en los girasoles, se han abierto profundos precipicios a mi alrededor, he caído noches enteras acuciado por negros cuervos, he comido abismos, he muerto en pozos invisibles, he maleado metales más preciosos que el oro, he jugado al billar con el diablo, he aullado durante días, he cercenado, con un solo movimiento, en un tajo certero, mi oreja derecha.

Nunca antes pude ni siquiera imaginar lo que habría de vislumbrar tras mi transformación. Nunca vi el mundo más mundo. Ahora vivo el ser salvaje, una euforia de siglos; y la orante humanidad se ha destilado para mí en un secreto alambique. Repito que esta negritud, esta perturbación de naturaleza cósmica, es la lucidez. Por fin he visto, insisto, lo que veía el pintor amado. Me he extasiado horas ante un ciprés. Por eso, les digo a estos hombres tan amables, que visten de impecable blanco, que no estoy loco, que jamás he estado tan lúcido, que soy, por fin, un genio, que he logrado entender la clave del mundo, que he digerido universos, que oigo crecer la yerba, que lo dulce está infinitamente más apetecible de lo que nadie, salvo él, jamás probó, que oigo, también, y me embeleso, la música indiscernible de las lentas esferas con inmortal persistencia, que las siento, a ellas, gravitar y danzar y besarse, que una rosa huele como mil rosas. Me hallo en el mismo éxtasis con el que culminó su vida visionaria Van Gogh, con la misma oscura certeza, con su idéntica mirada sublime. No. No estoy loco.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.