Bifurcación universitaria


Bifurcación universitaria
Marcos Santos Gómez

Era uno de los secretos más poderosos guardados por la vetusta piedra de nuestra universidad. Y yo he hallado al guardián que lo conoce, al ángel, al maestro de verdades indiscernibles, al señor de la llave sublime, que camina como un gato sobre nuestras losas, suave, esquivo, dueño de la valiosa alma de los investigadores, el número uno entre todos los números unos, el sello y ejecutor de lo que podría haber sido. No era, como hubiera imaginado, un egregio profesor o un jesuita latinista, sino que fue Pedro el portador del escándalo, Pedro, Petrus, llamado también Piedra. Cuando le conté mi ansia, me propuso un soñado desbarajuste que nadie más que yo apreciaría y así podría, me aseguró, comparar, medir en mi propia persona el alcance de las palabras y reconciliar mi espíritu.

Pedro trabaja como guardia de seguridad, y posee unas pobladas cejas despeinadas, si es que se puede considerar a una ceja despeinada. En su caso el atributo estaba adherido indeleblemente a la idea y puede afirmarse sin miedo que sus cejas eran como algunas barbas, es decir, hirsutas. No era en vano que me dije estas cuantas aseveraciones terminológicas. En lo primero de todo han estado las palabras, la seducción que ellas han ejercido en mi vida, trazando textos inextricables, ejerciendo su esplendor u oscuras y cerradas, pero justamente por esto esperando la luz de unos ojos capaces de discernir las señas que tejen, como con arañazos, el mundo.

Las causas de la protesta que se avecinaba eran profundamente justas y se trataba, en el fondo, de salvar un viejo modelo de conocimiento. Al esplendor añejo de un apocalipsis retardado durante años, de una espera de generaciones, se opone ahora el conocimiento como bisutería, como un falso esplendor de finanzas con ínfulas despreciables. Nos queda el grito, un grito meditabundo y reposado que devuelva el viejo ser a estas piedras. Nos vimos allá reunidos, tras ser oportunamente convocados por los sindicatos, en el aula Magna de la facultad de Ciencias de la Educación, un lugar novísimo, aunque no libre de las profundas etimologías que nos sostienen y que lo son todo. Ciencia, scientia, scire. Supe y medité tales ideas mientras el delegado sindical hablaba, con un discurso campechano y de tono afectivo y coloquial. Yo era (¿soy?) un modesto profesor de filosofía, hermeneuta de profesión que creía entrever rutas verbales, matrimonios de autores sin autoría y parto de lentas tradiciones. Hoy se pretende un conocimiento sin peligro, sin el trato fruitivo con la lengua y la tradición que casi lo deshacen a uno. Y yo creía, lo supe entonces mientras el sindicalista hilaba su discurso, que me faltaba una cierta fidelidad, una adhesión degustativa (apenas me importó haber inventado esta palabra, acaso bajo la dirección de otra palabra: deconstructiva). Necesitaba emborracharme de lenguaje y supe que ansiaba la más ebria de las disoluciones.

Son tiempos convulsos en esta segunda gran transformación del chirriante engranaje de la anciana institución universitaria. Se trataba de que rejuvenecer, decía el orador, no equivale a tirar por tierra y descartar los nervios que habían provocado esta secular agitación de aulas. Estamos en una época, meditó en voz alta y para todos, en la que cierto conocimiento no se considera operativo y por tanto se lo va excluyendo de los ámbitos académicos. De hecho, lo que ocurre es que se espera que el conocimiento sea operativo, que fabrique emprendimiento y productividad económica.

La palabra que en aquellos momentos me atormentaba era, obviamente, “asamblea”, y mientras el líder continuaba exponiendo razones, nunca mejor dicho, pues las razones eran expuestas, colocadas desnudas y temblorosas ante la masa hermeneuta que debía decidir qué hacer con ellas, yo rumié esta palabra, “Asamblea”, dándome cuenta con tristeza de que había un vacío detrás de ella, una lenta sombra, adonde me era imposible acudir. ¿Qué era antes, “asamblea” o “Ecclesia”?, me dije, ¿quién presta el halo y quién lo porta? No podía responder con la debida hondura. Me faltaban algunos grados más para mi delectación verbal, echaba de menos una patria, sabía que no visualizaba algo poderoso y magnético en la palabra “asamblea”, algo de lo que yo carecía, y que yo pertenecía, de manera sangrante a ese vacío. Mi lugar era ése, era un no lugar cuyo hueco me duele. La palabra se me diluía y replicaba en copias imperfectas, podía seguir parte de la cadena hacia atrás, pero me resultaba imposible captar una forma primigenia de la misma. Mis términos se perdían. ¡Porque el conocimiento consiste en cadenas de etimologías! Admiré esta vieja intuición de los eruditos del Medievo, que pensaban que la cadena llegaba hasta nuestros padres Adán y Eva y la lengua inconcebible que ambos hablaron y con la que nombraron el Paraíso.

A mi lado se sentaba un hombre mayor, que trasteaba en un viejo maletín posado sobre sus muslos. De la manera más inocente se revelan las verdades, verdades cuya verdad es que conducen a otras verdades. Siempre así. De modo que en aquel elegante maletín, había un reto, una clave. Saber es añadir nuevas confusiones a la confusión primera. Y de este modo en el maletín parecía habitar, casualmente un espacio que me llevaría a otro. Allí estaba mi olvido. El colega era, a no dudar, un filólogo, como revelaba una cierta placidez amablemente sensual en sus labios. Un filólogo que trataba con palabras y con el que las palabras trataban. Había dedicado su vida, presumiblemente y a la vista de las broncíneas etimologías que guardaba, en magno latín, a deshacerse en dicha lengua. Lo contemplé con disimulo y envidia, deseando su deleite, su festín, su dicha. Él debería haber sido mi colega de departamento universitario.

¿Qué habría sucedido si yo hubiera participado de la bacanal filológica? Esa fue la pregunta que entonces y hasta ahora me he hecho tras mi torpe incursión en el tiempo. No obstante, precisemos que mi viaje no sólo ha sido un viaje en el tiempo, al pasado de hace treinta años, a mis años mozos. No he tratado de comprenderme o de iniciar un nuevo futuro porque sí. Antes bien, he pretendido completar lo que se truncó. Hubo un sendero que quedó sin recorrer, y ése era, me confesé, mi verdadera vía, adonde hubiera debido caminar, junto al desfile magno y solemne de las etimologías. Me detuve para no proseguir en la incipiente traducción de Cicerón o Virgilio, y ya no avancé más. Detuve un destino y una fruición. Me escabullí por otros lares también bellos y amados, pero ya para mí agotados. Mi degustación quedó a medias, aunque procediera a disfrutar otra degustación. Bien es cierto que he obedecido a distintas debilidades gustativas, como es la aguerrida tensión, semejante a la de la lengua, entre ideas y cosas, su pelea, su curso. Ideas que he manejado en mi lengua y que han salido a la palestra, al ring en un conmovedor combate de boxeo. Así, mi pasado, presente y futuro fue determinado por esta decisión de mi joven época, es decir, por haber optado por el estudio de la filosofía que, ciertamente, me ha llevado a otras lenguas, pero no a la madre que es el latín. Me especialicé en obras y autores contemporáneos, olvidando a una anciana llorosa cada vez más diluida en la nada, como una fallida alucinación de juventud, la urdimbre latina.

Esta nada presentida no hubiera pasado de ser una pintoresca emoción, una inquietud trémula, que tanto he padecido en distintos periodos y circunstancias. Pero en la asamblea mi sabio correligionario alzó ante sus ojos gozosos un mensaje que comenzó mi aventura: Buscar a Pedro. Le pregunté, manifestando una grave indiscreción por mi parte, quién era ese Pedro que había que buscar y por qué había que buscarlo. Él dijo que estaba muy cansado, que seguramente yo ya lo sabría por otras fuentes, que resulta que en nuestra universidad habitaba un mago poderosísimo, y que él había rastreado, persiguiendo todos los Pedros del profesorado. En un pergamino que estudió hacía décadas estaba la pista, el nombre que portaba un alma, y que era, el vulgar, famoso y sencillo nombre del guardián de la puerta de los cielos. Me confesó estar harto de todo ello y me imploró que yo prosiguiera su búsqueda, que él detenía en aquellos instantes. Tome, me dijo alcanzándome una lista de Pedros. Inténtelo, yo ya no puedo. Él puede salvarnos de este desastre y ruina que se nos avecina, sólo alguien como él lo puede, un mago. Dicen que tiene en sus manos el destino de la universidad.

Abandoné de inmediato la reunión. Fui a estudiar los papeles en un banco de piedra. Tembloroso, revisé la lista exhaustiva de todos los Pedros. Todos ya entrevistados y descartados. Y allí estaba, cuando se me acercó un guardia de seguridad, para preguntarme con amabilidad si deseaba algo, acaso la exacta ubicación de algún aula. No era bedel, pero podía quizás ayudarme, murmuró. Hablaba despacio y bajo, de manera que parecía sisear, en cierto modo, como susurra un portugués. Pero viéndolo, intuí con presteza en qué había fallado mi colega en su pesquisa pétrea. No había buscado, supe, de veras en todo el personal de la universidad, de un modo exhaustivo. Es decir, todos sabemos que un mago debe disfrazarse alejándose de lo que es. Un mago secreto debe eludir su propio glamour, confundirse con la urdimbre de cuerpos que sostienen la universidad, que la conocen pero sin que se sepa que la conocen. No era, en ningún caso, un profesor, ni muchísimo menos. Tenía que ser un actor secundario, un vigilante y atento ángel que no pudiera ser a su vez vigilado. Y viendo a aquel guardia me dije que tenía que intentarlo, por lo menos, que debía fatigar plenamente la lista de los Pedros en el gremio de la vigilancia privada.

Deseo ahorrar al lector los detalles de mi pesquisa. Sólo retomo este hilo presupuesto en el mismísimo momento en que hallé a Pedro. Como antes he mencionado, era un hombre de hirsutas cejas, canosas, que dejaba caer los ojos con un rictus voluptuoso. Era vigilante de seguridad privada. Como al mago de Oz, le pregunté por mi talismán, por mi senda perdida, por la senda perdida de toda la universidad. Se desplazaba como un gato, con suave aplomo, y era, todo él, disimulo. La magia debe ser un asunto secreto por naturaleza. Nada más tomó mis manos, ante la estupefacta mirada de una señora con collar de perlas que pasaba por allí, me dijo que me estaba reservado un privilegio, el de vivir la otra vida, la que abandoné en la cuneta cuando sufría mi adolescencia. Debí tomar otra decisión, le dije, me equivoqué y quiero saber quién habría sido y qué profundos deleites me habrían aguardado, preciosos como cuentas de un rosario de coral.

Me explicó que el pasado podía cambiarse, pero que iba a ser una aventura intelectual que perseguía sobre todo saciar mi hambre más racional y vivir lo que quedó truncado, el brote fallido que debería haberme desbordado el alma poblando con sus hojas de acanto todo el grecolatino jardín de mis sueños . Yo le dije que no deseaba que mi actualidad quedara en mal lugar, es decir, que la filosofía era también una aventura, otro egregio enredo. No quería renunciar a ella, pero Pedro sentenció que no todo podía ser salvado. Me advirtió que mi cerebro, mi memoria, mi lengua iban a ser otros, que habría de retomar el camino que podía haber sido, para mi secreto deleite, pero a costa de desandar lo actualmente andado, la senda de la filosofía. Tú eres tu historia, te desharás al tiempo que ella, modificarás tu alma y tu más íntimo fragor. Dije yo, sea. Él repitió, sea, ejecutando unos pases mágicos con los dedos, como si escribiera algo en el aire. Al tiempo comenzaron a abrirse recuerdos como flores en el fresco amanecer, para ir otros a desintegrarse en una nada, como si se volatilizaran. Hubo de hecho una moción en mi espíritu, que vibró y se retorció. Era un majestuoso despertar al tiempo que un luctuoso sueño. Un mundo de sombras se agitaba, recuperaba las palabras, el hilo perdido y me precipité por fin en lo que nunca debería haber abandonado.

La señora del collar de perlas se dirigió a mí, cuando Pedro ya se alejaba. La reconocí como colega en mi nuevo departamento universitario, el de latín. Me dio un libro y se despidió de mí afectuosamente, diciendo Bueno, ahí lo tienes, luego nos vemos en la facultad. Era el ya descatalogado texto de la edición crítica de L. D. Reynolds, Oxford Classical Texts, de Dialogi de Séneca, a quien había pasado toda mi vida queriendo leer en el latín original, no por nada, sino porque su latín de plata, sentencioso, ajeno a las ondulaciones y ritmo de Cicerón, me estremecía con su modernidad, con su aire contemporáneo. De algún modo, justificaba mi tiempo actual.

Me desbordaba de repente, como una conmoción, un rumor de oráculos y negros bajeles, un canto de enigmas y sapiencias, de torturada esfinge de acertijos, un traqueteo que por fin fue deliciosamente mío, una lengua que podía paladear porque había gastado en ello media vida, mis nuevos últimos treinta años. Me sentí agudo, pleno y efervescente, poseído por rayos, remolinos y tempestades, dentro de un proceloso ponto de largamente deseados medusas y neptunos. Por fin tenía lo que había soñado durante años. Todo. No puedo expresarlo por completo en estas pocas líneas, sólo diré que navegué por las miles de palabras de bronce que por fin me colmaban, ahíto de hexámetros y epigramas que me habían esculpido por arte de magia, que eran ya carne de mi carne y reposo de la inteligencia, el viejo vacío ya por fin lleno y ocupado.

Pero cuando miré más hondo en mi alma, brotó una inquietud. Me percibía otra vez como una equivocación, olfateaba la ausencia de otras delicias que por más que me esforzaba no lograba hallar. Sólo su hueco. Una nada pertinaz acaecida en mi remota adolescencia. Ahora lo tenía todo, eso creí, pero poco a poco me fue asolando la silenciosa tristeza, la pérdida de otro paraíso echado crudamente en falta. Temí haber errado mi camino por segunda vez.

Ahora bulle mi espíritu con imágenes poderosas, con periplos soñados, con febriles corrientes marcadas como negro en el blanco. Toda mi existencia he urdido esta trama que otros urdieron por mí, para mí. Nadie puede, en la universidad actual, entender este goce. Sin embargo, presiento una sombra, algo que los vocablos latinos insinúan y que demanda ser continuado. Un prurito, un resquemor, un vacío insatisfecho, un algo que podía haber sido, justo en la bifurcación que me condujo a ti, oh noble latín, latín que me has dado tanto, pero al que debo, ay, recriminar que me haya fabricado tales éxtasis que se oponen a otros éxtasis presentidos, olvidados y desechados. Ahora sé que ese segundo camino abandonado era mi verdadero destino, lo que podía y debía haber sido. ¡Cuánto me habrías dado, oh filosofía! ¡Cuánto ingenio! ¡Cuánto placer, cuánta melindrosa delectación! ¡Cómo habría buceado contigo en verdades insondables! ¡Cuánto atisbaría de un jardín secreto y ya fatalmente vedado para mí por mi torpe elección! ¡Qué prohibidos y rebuscados goces! ¡Qué escultura de mi alma! ¡Qué perseverancia, qué esplendor, qué belleza, que don por mí tan neciamente rehusado! ¡Qué vida desechada! ¡Qué senda que habría con gozo transitado! ¡Qué ansia largamente insatisfecha! Perdóname, filosofía.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.