Infierno


Marcos Santos Gómez

Niego que todo ello haya sucedido de verdad y también proclamo que no hay cuerpo y que no hay nadie que sea yo, nadie que esté en estos exactos momentos escribiendo estas notas. Aseguro que nada sucede ni ha sucedido. Porque es precisamente saber esto lo que me alivia de la enfermedad persistente que he de terminar de vencer. Todo ha sido un vago espejismo y nunca he ido a ningún sitio; mi padecimiento es una mentira y una falacia.

En estos momentos escucho música como si fumara, placentera y compulsivamente, pero con odio, porque quiero odiar lo que escucho, esta música y sus letras histéricas, su insoportable mensaje. Bien es cierto que me martilleo la mente con la música de Pescozada, hasta el hastío, con su rap enérgico y revolucionario, con sus letras que aluden a la guerra y al sufrimiento de quienes no son mi centro, aun más, no son el centro de nada, porque no hay centro, del mismo modo que carecemos de un cuerpo doliente. Niego que ellos sean como una irresistible marejada que tira de mí sin yo haberlo pedido, porque ellos jamás serán nada para mí, insisto aterrado mientras me arrastran, mientras me descoyuntan sin dar más explicaciones.

Conste que escucho la música porque me place su sonoridad, y la elección del tema es anecdótica, sin mayor trascendencia, me gusta porque es bonita, bella como un mito, pero sé que jamás me atrapará. ¡El pañuelo rojo liado en el cuello, el paisaje tropical cuajado de temblores! Allí te invaden los mitos, esa es su maldad, y también los animales y las plantas, que bullen y aprovechan cualquier rendijita entre baldosas para desarrollarse exultantes, las tomateras que brotan en un patio, espontáneamente, hasta ofrecerme cuarenta y dos tomates, un auténtico derroche de vida, en retorcidas ramas y dulcemente olorosos, picoteados por loritos madrugadores, por los jecos cantadores, incluso por algún tucán de grotesca hermosura. Esa selva que te atrapa y que sólo da problemas. Detesto todas estas cosas, que me vienen amargamente a la cabeza mientras miro las fotografías de viejos guerrilleros trasnochados, con la música soez de Pescozada de fondo.

Pero a pesar de su carácter detestable, de sus torceduras y quiebros a la muerte, de su hambre y de sus balaceras, tienen una especie de brillo, un brillo que duele en los ojos y ciega. Hablamos de una peligrosa seducción. Nada de ello puede ser razonable, y menos, constituirse en centro, en ombligo o raíz. Sencillamente todo ello miente, porque aturde, seduce y arrastra, y precisamente por eso, nada de ello es, insisto, razonable. Porque lo razonable es dudar de todos los centros, incluso reírse de ellos, con una actitud elevadamente filosófica. La razón está para renegar de las brillantinas del mundo y es más seria que todas esas multitudes, incluso más seria que el mundo, y sirve para superar los mitos, para sobrevolar el paisaje, para analizar las canciones de Pescozada o reír de los símbolos encarnados o de las sotanas rasgadas, hechas jirones de los mártires.

Porque nada de esto es cierto. Ni existe ni ha existido, en realidad, jamás. Hacerme creer que todo ello es no sólo un centro, sino mi centro, ha sido prepotente y abusivo. ¡A mí, que ni siquiera existo! Renuncio contundentemente a todos ellos, que son como la armadura vacía del caballero personaje de Italo Calvino, que es pura palabra, o sea, flor y retórica, como lo es el trópico, como lo son todos los histriónicos que exhiben un absurdo culto a la guerrilla. ¿Puede acaso ser centro de nada la indigencia? Creo en la imposibilidad de que algo no sucedido, que ni siquiera he visto, que carece de consistencia, frágil y sufriente como un cuerpo, me bautice. Nadie tiene el derecho a arrastrarme. En realidad, todo eso podía no haber pasado, y ser producto de una canción de Pescozada. Un simple delirio emocionado y un estremecimiento de la carne inexistente, efímera. Tan sólo estoy escribiendo estas líneas para gastar papel y desgarrarlo, lejos de toda intensidad, concreción y realidad, porque el centro, si existe, es una mera idea, un nombre apenas, del mismo modo que toda intensidad, concreción y realidad son falsas. Felizmente, nada es verdad y es esta inanidad la misma del hospital inútil. Curarse es inútil. Así lo he pensado cuando la fiebre me ha recluido, la fiebre alta, la diarrea hedionda, la sensación de tener rotos los huesos y las negruzcas hemorragias. Odio que aquel clima, aquella naturaleza, aquella mano salvadora que me curó sin yo quererlo, que aquel país desorbitado, contra mi voluntad, se esté convirtiendo en un centro, en el centro de donde vengo, que percibo al cerrar los ojos que me dolieron cuando enfermé, el centro que juré que no existía cuando yacía enfermo, como auténtica prueba de fuego de mi descreencia, con la lengua pastosa, resollando como una bestia, hundido pero victorioso en mi inteligente escepticismo.

Me desolaron con sus guerras y con el hambre ruda, me enervaron, me sacaron de mí, extralimitándose sin el menor decoro ni consideración. Todo lo que había en apariencia fue una ilusión que, reconozco, no careció de cierta belleza cautivadora, pero la belleza cautivadora, como todos sabemos, se opone a la belleza de lo calculable, de la simetría y la mesura, a lo que se demuestra, y si uno atiende a razones debe rechazar todo aquello como excesivo. Ahora padezco su secuela maldita, que es esta lenta digestión de huracanes, esta rumia indignada, esta profusión en la memoria de acontecimientos que nunca han ocurrido pero que insisten en su clamorosa existencia, incluso, diría, en su inserción en mi carne aturdida. Puedo decirlo a gritos e increparles que no significan nada, que no son nada para mí. Nunca los vi, nunca hablé con ellos y escucho a Pescozada para reírme de ese mal sueño que ya no volverá y que pronto lograré que se volatilice y esfume para siempre.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.