Belicismo místico


Belicismo místico.
Marcos Santos Gómez

Creí haber renunciado para siempre a las experiencias fuertes. Pero soy una mujer afortunada que sabe encontrar la ocasión. Me licencié del ejército de tierra hace un par de años. Baste decir que he sido soldado en muchas guerras y que, como paso a explicar, me he alimentado espiritualmente de ellas. Me gustaba la milicia y la vida en el límite, estar en un final de estruendo y desgarros, en un traqueteo metálico constante y desenfrenado, que sería lo que algún periodista denominaría con el lugar común de “dantesco”. Pero en Dante, y esto invalida el invento y uso de este adjetivo derivado del nombre del poeta, hay un orden, no lo olvidemos. La guerra real, también, trata de ser ordenada pero es puro caos y, acaso, ello le confiere su rasgo más fiero e innoble (porque no, no hay nobleza en la guerra), como si fuera un glamour de lo horrible. El tumulto cuyas causas u órdenes posibles se desconocen o son triviales es peor que lo dantesco. Y yo he conocido esa diferencia. He estado al borde de la muerte unas siete veces, o quizás, nueve, si consideramos el momento en que fui rehén de los terroristas que constantemente amenazaban con decapitarme y antes desollarme, y lo habrían hecho, de no haber intervenido oportunamente mi unidad. Pero estar al borde de la muerte, peleando por tu vida intubada y mantenida artificialmente en una UCI, tras haber perdido miembros del cuerpo, quedando tuerta y desdentada o tras haber explotado en la cálida cuenca del interior de tu abdomen ciegas y calientes vísceras negras, tu estómago, tu hígado, tu matriz como hebras, tras albergar metralla como para supurar mil infecciones, tras ovillarte y palpitar de dolor y delirar soportando extensas quemaduras de infausto pronóstico en una piel que si sobrevive ya nunca será la misma, tener, en definitiva, el cuerpo como una sola cicatriz, todo él, como una gran cicatriz, y vivir para contarlo, es lo que llamo propiamente experiencia límite. Es el hecho de sobrevivir, de poder contarlo, de haber obtenido una nueva y breve tregua con la muerte, saberte su provisional vencedora en el primer asalto, cuando has olido muy de cerca su aliento.

Y entonces llega la paz bendita. Es eso lo que espero. Es el momento de la convalecencia en el que puedes suspirar aliviada, en que sabes que tienes algo más de tiempo y que todo ha pasado, a pesar de las perennes cicatrices y mutilaciones, sabes que has vencido, adiós a la pesadilla, y entonces el triunfo de ser en el mundo literalmente te hace temblar como un animalillo saludando a los astros que punzan el espacio al otro lado de la pulcra ventana, y vuelves a revolcarte en las costuras del mundo, en sus aromas y puedes ver al amarillo más amarillo que nunca, de un insólito amarillo millones de veces amarillo. He llegado a acostumbrarme a todo este esplendor de la tarde en que amaina la tormenta. Tanto, que desde entonces ejecuto un rito ineludible, sereno y casi, diría, votivo. Descubrí en el hueco donde se enrolla una persiana de mi casa un pequeño avispero que he respetado amorosamente. De avispas de rayas más amarillas que el amarillo. Lo he dejado crecer, fascinada, hasta un tamaño considerable e incluso atreviéndome a acariciar y palpar las hebras de suave papel. Con la misma fascinación he colocado por todos los rincones de mi casa recipientes con un poco de agua, platitos para atraer al interior de la casa a las avispas, y flores, con la misma intención. Así que ahora vuelvo a caminar, con mis muletas, tensa y precavida, siendo puro músculo y llena de salado sudor, en medio de un contumaz zumbido a mi alrededor, y mi sudor brilla como perlas en la frente, más perlas que las perlas, y miro desde todo mi cuerpo, como si estuviera cubierta de ojos enloquecidos acechando el peligro, previendo de dónde pueda llegar la bala o la granada. Es mi casa el hogar de la guerrera ya licenciada, el reposo merecido que yo me he ganado, el que pienso que me he obtenido con valor. Ése es el teatro de operaciones. Pero ahora hay otras balas, letales de necesidad pues soy gravemente alérgica al veneno de las avispas, que debo sortear y prever con astucia y presteza, balas con alas y abdomen de rayas negras y amarillas, que ostentan el poder de matarme. Me escabullo, corro por mis pasillos, sufro, las esquivo con el corazón en vilo. Y cuando no puedo eludir que una de ellas me pique, viene de nuevo la UCI, de nuevo estar al borde de la muerte y de nuevo el glorioso recomenzar de un mundo al que la cercanía de la muerte ha sacado brillo.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.