La entrevista


La entrevista (archivo Word)

La entrevista
Marcos Santos Gómez

Suma y destruye, Suma y destruye, repetía el primer día que me atreví a hacerle la entrevista, de una vez por todas, cuando acerté a intercambiar algunas palabras con él, que me escuchaba con mirada de asombro y una suerte de humedad de viejo pez. Al principio de todo lo había hallado en la calle Real, centro de la ciudad donde resido, que es La Línea de la Concepción. A ratos sentado en el suelo o en cuclillas, en medio de la calzada peatonal, golpeando alguna losa con una piedra, que escondía con sumo cuidado al terminar su tarea en un bolsillo de su pantalón; golpeando como si estuviera abriendo un coco, sólo que lo que trataba de forzar o de abrir imposiblemente era, me di cuenta cuando lo observé despacio, además de la losa, la tapa de una alcantarilla. Se encontraba exactamente frente al antiguo cine Cómico, que hace muchos años dejó de funcionar, delante de su ruina. El hierro de la tapa de la alcantarilla resistía, como es obvio, sin partirse, pero él insistía en sus golpes secos, decididos y constantes. Así lo estuve observando a menudo, a veces yo de pie, a unos metros, sin que él se diera cuenta, y otras, sentado en una mesita de la terraza del bar de la esquina, donde confluye la calle Real y se abre en la plaza de la Iglesia. Hacía un toc toc obstinado que resonaba en todo ese lugar, ora molesto, ora tenue e incluso amable, como el golpeteo de un pájaro carpintero en la dura madera de un roble.

Decidí abordarlo cuando había consumido tres días de paciente observación y me dije, sin saber todavía demasiado por qué, que aquél había de ser mi hombre, mi paisano ejemplar, el tema de mi redacción para la clase de historia. Durante días, lo miré con honda tristeza, que me embargaba en periódicos arrebatos, y otras veces, con cansancio. También lo miré con perplejidad, y a veces con curiosidad e incluso llegando a sentir, en alguna ocasión, una vasta sensación de paz y sosiego, cuando estudiaba la expresión concentradísima de su rostro dirigida al punto que trataba, inútilmente, de quebrar. Sabía que todos mis compañeros iban a entrevistar a médicos, pintores, cofrades, músicos, porque todos me lo dijeron, en los corrillos del recreo, cuando les hacía la pregunta, Y tú, ¿de quién lo vas a hacer? La actividad pretendía una exploración e investigación en el medio social y en la historia a través de la aportación de personajes localmente célebres y que quisieran transmitir una visión personal y a la vez global de nuestra ciudad. Yo siempre contestaba que no sabía, que quedaba todavía más de un mes por delante, que tenía que ir haciendo otras cosas, que debía meditar a fondo, a lo que Gena, Genaro, respondió, como siempre, que yo era un loco que a saber la clase de entrevista que iba a hacer. Desde luego tampoco el profesor de historia esperaba demasiado de mí, que podía permanecer sentado y cabizbajo horas enteras, incluidos los recreos, sin hablar con nadie. Cuando todos estaban absolutamente absortos en internet, en el tiempo libre, trasteando en los chats, en el whatsapp, y en todo eso, multiplicando su nada, yo cultivaba en las macetas que me dejaba mi madre todas las hortalizas posibles, para observar su lento crecimiento, su refrenada explosión vital, persistente, incesante y atroz. O pasaba horas mirando volar a las gaviotas en su mundo ajeno e indescifrable, como obedientes a una ley secreta.

Comprendí que él era otro gran observador que fatigaba las calles, cuando lo comencé a seguir, pensando que acaso mi entrevista debería interrogar su muda razón en una trabajosa interpretación de su mente. Así que un día aguardé a que apareciera y decidí esperar. Cuando había pasado una hora y media de su paciente golpeteo en la tapa de la alcantarilla, echó a caminar. Lo seguí y me percaté rápidamente de su extraño interés por las reparaciones que se estaban llevando a cabo en el centro de la ciudad. Se detenía siempre a unos pasos de la obra y se ponía a mirar con una expresión de tenue angustia. Pero nunca estuvo así tanto tiempo como ante el derrumbe que se estaba llevando a cabo de la última casa de estilo antiguo y colonial que resistía en la calle Real, con una fachada de azulejos y una cierta reminiscencia de otras viviendas parecidas que aguardan en Gibraltar. Me pareció que rezaba y adiviné la sombra de inquietud en el rostro, la angustia que iba incrementándose hasta la agonía, que se reflejaba en el rápido abrir y cerrar de las manos. Al cabo de un rato, fue a la cercana plaza de la Iglesia y ahí aumentó su caos. Abrió la boca y dio vueltas alrededor de toda la placita, que forma un rectángulo, de un modo que recordaba el típico paso vacilante de los enfermos de Alzheimer que también son un vivo desconcierto. Se detuvo, en un momento dado, para observar la estatua de las tres Gracias, en el centro del cuadrado conformado por la plaza y donde anteriormente había un enorme farol de tres piezas que regaba todo con su luz amarillenta. Me pareció que buscaba el viejo farol ausente. Comenzó a dar vueltas en torno a la escultura de bronce de las tres mujeres que a su vez remite a otras tres Gracias pintadas por el pintor local Cruz Herrera, investigado por algunos de mis compañeros en el instituto, que ejecutaban un modo legítimo de pensar la historia, es decir, de mostrar la cadena de acontecimientos como algo positivo que integra y nutre el presente. Me percaté de que el trabajo que nos habían mandado consistía, básicamente, en eso, en una ilustración triunfal y afirmativa de hechos, pero sin apercibirse, me dije a mí mismo, de algo que al principio no pude articular bien, algo frío, en todo ese acontecer. Me pregunté, como un moralista, por la conclusión que cabría extraer de esa cadena de hechos llamada historia, una historia para estar orgullosos, un pasado complaciente para un presente no menos autocomplaciente. Pero lo que él miraba era otra cosa, como si en sus ojos hubiera una pregunta, como si a ratos, muriera.

Otro día lo vi detenerse para mirar húmedamente la plaza de toros, siempre bajo la amenaza de ser derruida, y que se eleva con una pícara gracia en medio de un vacío que parece darle la espalda, un vacío de edificios sin ton ni son, como torceduras arquitectónicas, diferentes, asimétricos y extraños. Después fue a otro lugar que yace con un eco perdido de viejas verbenas y orquestinas. Aquello había sido un lugar vivo y alegre que ha perdido hoy su luz. Era como si al mirarlo se presintiera que lleva dentro lo que fue no en forma positiva, sino al modo de una ausencia, de una sombra o una imposible versión distinta del presente, de lo que podría ser ese presente, de su contraste con la actualidad real de vacío y desmemoria.

Con sumo interés le espié golpeando con su piedra otras alcantarillas, tan cansina como inútilmente. Pensé en cómo hacer mi imposible entrevista, me pregunté quién sería la voz que habría de hablar en ella. Iba de uno a otro lugar, quedando siempre absorto en su golpeteo durante minutos e incluso horas, que tuve la paciencia de aguardar, sentado en un banco discreto del Paseo de la Velada, en cierta ocasión. Con el tiempo me mostré con mayor descaro y simplemente comencé a sentarme a unos metros de él, a veces en el suelo, a mirarlo de cerca, o en cuclillas, como haciéndole compañía, y junto a él me arrastraba la fascinación por lo que hacía. Su empeño era más complejo de lo que me había parecido al principio, como si hablara en una lengua gestual o ética y parecía querer dirigirse a mí, a quien, con el tiempo, atisbaba con fugacidad. Empezó a decirme algo, es decir, comencé a ver, porque aunque él no pronunciaba palabra, había algo que iba proclamando a los cuatro vientos con su desconcertante labor. Un día me atreví a preguntarle de viva voz qué estaba haciendo realmente. Tembló y detuvo su faena, con sobresalto. Después levantó la cara, sentado como estaba en el suelo junto a una alcantarilla, en el lugar donde hubo una vez una lonja de pescado, y un montón de viejas anclas solemnes y oxidadas, muy grandes, altas como un hombre, sobre la arena de la playa, el lugar donde ya no hay nada de eso. Allí, en ese punto del paseo marítimo de levante, en la barriada de pescadores de la Atunara, me acertó a explicar lo que hacía. Dijo, con una voz semejante a un viento ardiente: Suma y destruye. Desde entonces, cada vez que me acerco, me lo repite con exactitud, como un traqueteo de viejo reloj de cuerda, incesante. Eso era lo esencial, la definitiva glosa del texto que eran sus actos. Y un último día de aciaga repetición, en el que su voz ardiente parecía introducirse en mi cerebro como nunca lo había hecho, le formulé todas las preguntas que tenía preparadas. Todas. Él respondió puntualmente a cada una de ellas murmurando una perturbadora letanía, como un profeta ignorado que clama en todos los desiertos y en ninguno, como una paloma desbocada, como un coro de monjes.

La entrevista, una vez redactada en limpio y revisada, acabó teniendo esta forma:

¿Qué significa La Línea para ud.? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué barriada señalaría como más representativa? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué le parece su feria? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué hecho histórico destacaría? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué diría de su cementerio? Respuesta, con un amago de espanto en la cara: Suma y destruye.
¿Le gusta el domingo rociero? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué destacaría desde un punto de vista artístico y estético? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué significa para Ud. el viento de levante? Respuesta: Suma y destruye.
¿En qué medida se siente ud. linense? Respuesta: Suma y destruye.
Con angustia, continué formulando mis preguntas para seguir escuchando la misma respuesta terrible, que transcribí al texto de mi trabajo para el instituto.
¿Qué recuerdos guarda de la escuela? Respuesta: Suma y destruye.
¿Estudió en la universidad? Respuesta: Suma y destruye.
¿Le quisieron sus padres? Respuesta: Suma y destruye.
¿Qué recuerda de su adolescencia? Respuesta: Suma y destruye.
¿Se disfrazaba en los carnavales? Respuesta: Suma y destruye.
¿Cuándo tuvo su primera novia? Respuesta: Suma y destruye.
¿Tuvo buenos amigos? Respuesta: Suma y destruye.
¿Está enfermo? Respuesta: Suma y destruye.
¿Está loco? Respuesta: Suma y destruye.

¿Sabe tocar algún instrumento musical, ha pintado algún cuadro, escribió algún poema? Respuesta: Suma y destruye, suma y destruye, suma y destruye.

Finalmente, le inquirí desolado: ¿Reza ud. alguna vez? Respuesta: Suma y destruye.

Abatido, terminé de redactar la entrevista. Fue ayer. La releí varias veces, revisé la ortografía, la corrección de su gramática, la precisión de las palabras, y todo ello me produjo el hormigueo de un voraz torbellino. Quería transmitir su mensaje con eficacia y rigor. Para asegurarme de ello, de que había comprendido de veras su mensaje, de que podía transmitirlo fielmente, a la clase y a mi profesor, la volví a leer, muchas veces, cientos. Sus respuestas, es decir, su respuesta, su única respuesta, se precipitaba dentro de mí, en el espacio que ocupan mis vísceras y mis nervios, y todo mi cuerpo era esa respuesta, que a su vez era una pregunta; la fatalidad de un mandato ineludible, que oí una y otra vez, cientos de veces, proclamada por la voz ardiente, muy dentro de mí. Y sufrí, poseído por el vértigo, por la inclemente vorágine, por el tumulto, por la tierra, por las nubes y los astros, por el cielo inmenso y el mundo, por mi lento desamparo, inmóvil, cabizbajo, mudo en medio del aula, en medio de mis compañeros a los que sentía inabarcables. Me vi siempre triste, siempre mudo, siempre ausente.

Falta un día para que la lea el profesor, que además de poner la nota, ha prometido que habrá un premio a la redacción o entrevista que, tras una revisión imparcial por parte de jueces secretos, resulte ganadora. Veo ya, ante mí, realizarse todo esto, todo el temible ritual de la exposición y la calificación, del castigo y la limosna, el ruego encarecido que habré de hacer al profesor para que sea comprensivo, para que razone y sepa temblar como yo, para que acaso llegue a desencajarse, también, y a dislocarse la muñeca golpeando la pared, con un toc, toc, furioso, como el golpeteo de un pájaro carpintero en la dura madera de un roble. Porque he aullado hasta quedar ronco, hasta que mis padres han echado abajo la puerta de mi dormitorio, hasta jurar que se me iba el último aliento. Ahora, tras haber tomado la pastilla que mi madre me ha ofrecido en una bandeja, mi pastilla, que parece un pequeño diamante junto al limpio vaso de agua, como un mineral, como una caricia, un reposo y un viejo calor, que he ingerido con placer aunque a años luz de todos, lejísimos, en alguna galaxia desconocida, en el horrible vacío.

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He logrado serenarme e incluso he podido leer para todos, como si no fuera conmigo, la entrevista. El profesor se ha quedado mudo, sin saber, creo, qué podía hacer. Un trabajo original, me ha dicho. Algunos se han reído, murmurando que estoy loco, y otros han callado, cabizbajos, visiblemente incómodos. Cuando el profesor ha acertado a decir algo, ha sido: Y bien, ¿qué significa todo esto? Yo le he contestado que he entrevistado, como él pidió, a un hombre ilustre, un prohombre local, que ha contestado a todo con elocuencia, con el poder de los gestos y las acciones y unas palabras, que como un karma pretenden, he sabido, decir algo en su desnuda monotonía. He insistido en que todo ha quedado clarificado, que al principio no lo entendía, pero que ahora, tras haber redactado y pulido mi trabajo, me resulta obvio. Se ha puesto colorado, tal vez por su impotencia, por no saber qué hacer conmigo. No han parado las risitas, pero algunos han proferido un silencio tenso, como si una fuerza invisible tirara de ellos hacia el suelo. Yo me he dado cuenta de todo y creo que he respondido bien a la pregunta de mi profesor. He acertado a susurrar, antes de sentarme y callar, con tristeza, Suma y destruye, que es todo lo que se puede decir, absolutamente todo.

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Paseo por mi ciudad, eximido del instituto y la contemplo, o mejor dicho, la escucho. Es como una persona, algo vivo y complejo, que me habla, un ser regido por las mismas fuerzas que me rigen. Todo habla, hay voces que me dicen que no estoy loco, que he realizado un buen trabajo, que la entrevista está impecablemente planteada, que nadie puede decir ni saber más de lo que murmura y repite mi entrevistado, a quien sigo viendo fatigar las calles, plazas y avenidas, desde hace ya décadas, que se ha sentado a golpear en el suelo delante del parque, otrora frondoso de árboles, hoy angustiosamente abierto, sin muros, expuesto al mal terrible. Ese mal cansino que me tiene hastiado, que progresa como un cáncer, que me pudre y desintegra cual mortal gusano, que no se detiene, que todo lo rige, lo fulmina y lo recompone. Suma y destruye, suma y destruye. Finalmente vuelvo a la calle Real, vuelvo a sentarme en el suelo, frente a lo que fue el cine Cómico de mi infancia, porque dejé el instituto hace treinta años, que me han ido corroyendo, y me veo, porque es lo único que veo, a mí, a mí mismo, ahora guardando cola, en la calle, para entrar en el cine, en la calle Real que es la misma pero otra, y veo el niño que fui, y el joven adolescente que recorrió las calles para hacer una entrevista que apenas recuerdo y tengo ganas de preguntarle qué hace, qué cree o qué piensa. Es la lucidez. La lucidez que no tuvo mi profesor, la lucidez que faltó a mis padres, la que los médicos que me han tratado jamás han poseído, la que ni yo mismo tuve entonces. Por eso repito, en medio de la calle, con infinita angustia Suma y destruye, esperando que alguien me haga una entrevista mientras golpeo rítmica y cansinamente la dura alcantarilla metálica con una piedra.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.