El vampiro


El vampiro (archivo Word)

El vampiro
Marcos Santos Gómez

El incauto deshizo la maleta, todavía lleno de su inocente fe en la vida, lejos de la desesperación que le aguardaba. Aunque la habitación estaba muy desangelada, pensó que por lo menos disponía de una sencilla mesita para el estudio, una silla rígida y un somier con un colchón que no satisfaría las exigencias de alguien más apegado a la limpieza, pero que le serviría. Era el cuarto piso de un bloque de protección oficial, sin ascensor, al que por tanto Amalio había accedido costosamente, tirando con fuerza de la maleta, entre paredes desconchadas. Apenas ocupaba cincuenta metros cuadrados y disponía de unas pocas ventanas que daban a un angosto patio interior. Con alborozo, Amalio se dijo que le bastaba para emprender lo que se proponía hacer en Granada. O sea, que el pisito aportaba el techo, el baño, la cocina y la cama necesarios para dedicarse al perseverante estudio de unas oposiciones para profesor de Enseñanza Secundaria. Lucas apenas pararía por allí, ya que trabajaba como representante de una editorial y viajaba mucho, durmiendo fuera la mayor parte del tiempo. Por tanto, Amalio disponía también del saloncito con un sencillo mueble, que había costado muy barato, y en el cual había un televisor pequeño. Además, habitaba el mismo una mesa redonda, tipo mesa camilla, pero sin brasero. De hecho, en el piso no había calefacción de ningún tipo, ni siquiera una estufita para calentarse junto a ella. Tampoco existía, por supuesto, aire acondicionado y, por esos años, en los noventa, internet era aún un proyecto incipiente que no poblaba como hoy nuestras vidas.

Cuando iniciaba el traslado, animadamente, se había felicitado por la suerte de haber encontrado un lugar en la capital, y porque, sobre todo, le acompañaría quien era dueño de la vivienda, es decir, su amigo Lucas. Éste era un viejo conocido de la infancia, prematuramente calvo, pues ambos apenas se encontraban en la treintena. Mostraba un cuerpo bien constituido y un rostro corriente, casi anodino, que cuando conversaba adquiría una rara rigidez, como si recelara de su interlocutor. A veces parecía un joven monaguillo, dando la impresión de ser una suerte de niño, pero no tenía nada de cándido. Era condenadamente reservado. Había comprado el piso por cuatro duros, cuando aún no se manejaban los euros en España, y, en efecto, apenas paraba en él. No guardaba muchos libros (ni enseres, ni muebles, ni comodidades de ningún tipo), a pesar de dedicarse a la venta a domicilio de enciclopedias y libros de una determinada editorial, negocio entonces próspero, cuando internet no era lo que es hoy. Había dejado, en el estante bajo el televisor, los siguientes libros: Fauna y flora autóctonas del Mediterráneo oriental, Arte y ciencia de la fotografía artística, Misterios de ultratumba: panorama del más allá, La colmena, de Camilo José Cela, en una vieja edición con un prólogo no muy conocido y compuesto ex profeso para la ocasión por el mismo autor, Biblia de Jerusalén (autores varios).

Amalio se tumbó en la cama. Estaba solo en el piso, aunque pronto llegaría Lucas. Se prometió comenzar el estudio aquel mismo día, y mientras tanto, se estiró, para a continuación ir a ver la televisión. Constató con alborozo que la única distracción que le estaría permitida por las circunstancias serían los escasos libros y la televisión, de los que, sobre todo en cuanto a ésta última, necesitaría poco, concluyó. Como siempre, la programación televisiva, pudo constatar, oscilaba entre el tedio y el mal gusto, a pesar de lo cual se embobó con un concurso que consistía en hacer carreras vestidos de pato.

Cuando Amalio escuchó el tintineo de las llaves, se levantó con un alegre sobresalto y fue a abrir la puerta. Así, su amigo llegaba sudoroso por aquel extrañamente cálido día de otoño. ¿Ya estás aquí? Interrogó Lucas retóricamente. Sí, he llegado hace dos horas, dijo Amalio. He deshecho la maleta y he echado un vistazo al piso. Es ideal para estudiar, sin distracciones, muy austero. Lucas se mostró satisfecho en apariencia, pero le dijo que tendrían, antes de que fuera más tarde, que hablar de algo importante. Le informó, mientras ambos tomaban asiento en la salita, de que debía pagar el mes de septiembre y un mes de fianza, por adelantado. Amalio balbuceó y con titubeos prometió que por supuesto se lo pagaría el día siguiente. Bien, contestó Lucas. Éste se introdujo en la cocina, que era cuadrada y muy pequeña, para ir llenando uno de los dos estantes que había en ella, con cosas que había comprado. Fue sacando de dos bolsas de plástico latas de conserva y diversas viandas, entre las que figuraba una apetitosa tableta de chocolate negro. Amalio, que estaba sudando, fue a tomarse una o dos pastillas de chocolate, muy contento, pero Lucas le quitó la tableta de las manos y le espetó que no cogiera chocolate suyo NUN-CA, que lo necesitaba para llevar consigo algo nutritivo en el coche, en sus largos viajes. Informó, además, a Amalio de que le convenía comprar comida que podría guardar en su lado de la cocina, con el fin de que cada uno tuviera lo suyo aparte.

Después ambos vieron la televisión, las noticias y algún que otro concurso, las vicisitudes de cuyos concursantes, disfrazados ahora de payaso, Amalio reía, mientras Lucas repetía constantemente Qué asco, qué asco de televisión. En la salita la luz del televisor, de tubo, no de pantalla plana, muy viejo, daba una apariencia rara, algo surrealista a la soledad de ambos, con sus intermitencias y modulaciones. Les había ya alcanzado la noche, por lo que Lucas desapareció un instante para reaparecer al poco rato vestido con un holgado pijama de verano con mangas largas, de esos antiguos, frescos pero al mismo tiempo asfixiantes, por su parecido con los pijamas de los hospitales, tal vez, o por su diseño y estilo viejo, o por ser una prenda más bien propia de ancianos. Qué asco, repetía con insistencia Lucas, mientras tomaba de nuevo asiento en la salita.

Ya acostado, en la desnudez de su cuarto, Amalio se hizo un planning mentalmente de cómo abarcar en los días subsiguientes el amplio temario de las oposiciones, desde la prehistoria a los hechos más recientes que engloba la historia, que, en palabras de uno de sus antiguos profesores era una ciencia fría, cuyas aseveraciones tenían por método las más pura asepsia y en la que el historiador trabajaba como un cirujano en el quirófano de las bibliotecas y los archivos. Ante la inminencia de tanta frialdad, daba vueltas y vueltas en la cama, haciendo crujir con estridencia los muelles del precario somier.

Se levantó cerca de las doce del mediodía. Lucas ya se había marchado y había dejado la cocina impecablemente recogida, aún con su huella como una rara presencia. Amalio pensó hacerse un café alegremente, pero no halló ni cafetera ni café, así que se contentó con robar un poco de leche a su compañero, con temeridad, y se dispuso prestamente a comprar algo de comida. Lucas tenía guardado un arsenal de latas, pastas y dulces, pero Amalio no se atrevió a tocar nada más. Fue a comprar ligero y animado en un pequeñísimo super que abastecía solitario a todo el barrio. Aprovechó para dar una vuelta tomando la temperatura a su entorno. Era un suburbio de bloques iguales que el suyo, sin ascensores y de unos cuatro pisos. El vecindario parecía, se dijo, gente normal. Seguro que los niños lo animarían, pensó, cuando no estuvieran, como en esos momentos, en el colegio. Precisamente se encontró un colegio que le pareció una cárcel, más allá de la metáfora, es decir, con la identidad física de una cárcel de verdad, con alambre de espino y barrotes por todas partes.

De nuevo en el piso ordenó sus viandas en su parte de la cocina, apretadamente, dentro de un armario de plástico, colgado en la pared encima y a un lado del fregadero, que había vaciado Lucas para él. La vajilla y los cubiertos eran como todo el mobiliario de la casa, o sea, escasos y con aspecto de haber costado muy poco. Había comprado una cafetera de las de antes, para preparar café expreso, y, aunque ya a deshoras, decidió homenajearse con un estupendo vaso de café negro exquisito mientras buscaba inconscientemente el paisaje adonde mirar, hasta tener conciencia de que las pocas ventanas existentes apenas daban a un patio interior muy oscuro. Tan poca luz había en el piso que debían mantenerse las luces encendidas todo el día, incluso a mediodía. Así que no buscó el paisaje por más tiempo y se preparó un almuerzo consistente en una sopa de sobre con dos huevos fritos y algo de pan. No tuvo ganas de tomarse la manzana que había postulado como postre.

Decidió ponerse a estudiar ipso facto, tras almorzar. Su vida de austero opositor se adivinaba pobre en todos los sentidos, pero pensó que le gustaba esa austeridad, esa soledad que le incitaría, creyó, fuertemente al estudio y a convertirse en un ser más sabio.

No llevaba sino una hora estudiando, es decir, garabateando el esquema de uno de los doscientos temas que había traído en los pesados libros editados por una academia de enseñanza a distancia y que recogían el temario completo para su especialidad en las futuras oposiciones, garabateando, digo, el tema dedicado al imperio carolingio, aspectos culturales. De modo automático, como si respondiera a una voluntad ajena pero mucho más poderosa, su voluntad de pensar en Camila pesó más que la voluntad de celibato y estudio. Empezó a dibujarla y a rodearla de puentes, barcos y flores, abajo del esquema que había hecho, y deslizando su memoria por recuerdos balbucientes. Rumió su perentoria necesidad de un amor fogoso en el que la joven poetisa acaparara su suerte y su corazón. Y la palabra corazón lo condujo a escribir rimas en ón, de estilo consonante, que fueron camión, colocón, revolcón, distracción, subversión, cojón, emoción, degustación y unas doce más. Como cuentas de un rosario hubo de escribirlas, formando una fila en sentido vertical y constituyéndose todo como un núcleo o embrión para un futuro poema. Repasó su vida, que en aquellos precisos momentos se le antojó no muy feliz. Buscó, inconscientemente y de nuevo, la luz del sol pero se topó con la penumbra sorda e inmensa. Sintió que se le disparaba la ansiedad hasta el límite de lo soportable, con un poco de asfixia y taquicardia, sensaciones que le ocuparon con plenitud los últimos instantes de su denodado estudio.

Decidió salir de aquel lugar arrastrando una suerte de miedo, pero una vez fuera, dejó, con plenitud, que el sol le acariciara la cara.

Llegó la noche, después de haber estado paseando durante horas, dando vueltas como en una noria por toda la modesta urbanización, y hasta que dos jóvenes le miraron con cara de tener muy poco apego a la vida. Lo más prudente fue, pensó, retornar a la segura penumbra de su casa.

Desistió de estudiar por el resto del día. Buscó los libros que había visto que estaban en la salita. Decidió ahora retomar su antiguo empeño de cultivar el arte fotográfico mientras agarraba el libro Arte y ciencia de la fotografía artística. Fotografía y poesía serían sus cauces de expresión, la bella sublimación de sus miserias. El libro que aunque era técnico estaba muy bien redactado, con claridad, le ocupó y estimuló la imaginación saludablemente, hasta que tuvo sueño y decidió ir a dormir, no sin antes prometerse comprar, aunque fuera a plazos, una buena cámara réflex e incluso fantasear con la idea de componer un taller de revelado en la oscuridad de su dormitorio, por lo que tendría que adquirir alguna bombilla de color rojo, como en los burdeles, pensó, y se durmió haciendo sumas y restas calculando si podría o no sostener económicamente el proyecto, ahora que tendría que pagar un adelanto a Lucas por el alquiler de su piso, más la fianza.

Lucas lo encontró al día siguiente, a mitad de mañana, enfrascado en la lectura del manual de fotografía. Amalio le hizo saber a su amigo que el libro se leía muy fácilmente, que era claro y estimulante, que estaba entusiasmado y que incluso sopesaba si utilizando alguna palangana para llenarla con el revelador, más una bombilla roja, podría utilizar su dormitorio como sala de revelado. Lucas se limitó a escucharle con una expresión neutra o, más bien, con una ausencia de expresión en el rostro.

Cada uno se preparó su propio almuerzo. Lucas disponía de especias en abundancia y de ingredientes sazonadores que Amalio no se atrevió a tocar. Sin embargo, sonreía y reía hablando sin parar con su amigo, que en gran medida se limitaba a asentir. Tan sólo dijo, ante la apreciación por parte de su compañero y alquilado de que adoraba el tipo de mujer como Camila, es decir, las mujeres amantes y cultivantes (sic) de la poesía, que solían ser mujeres de gran sensibilidad y adorables, además de, usualmente, bien parecidas y sexis, dijo, pues, que interesante era una mujer trabajadora, que cumpliera con las responsabilidades propias de la vida actual y que se dejara de evanescencias y blanduras, o sea, una mujer que se ganara su dinero, como cualquier ciudadano eficiente y cumplidor. Amalio se sintió censurado con brusquedad y durante unos segundos no supo qué decir, hasta que intentó hacer partícipe al vendedor de libros de su voluntad de implicarse, definitivamente, en la creación literaria, pasara lo que pasara. En esos momentos apareció en el televisor, como parte de las noticias, una manifestación de okupas, con sus pancartas llenas de A y de K, la mayoría vestidos con un estilo más o menos punky. Mirando la pantalla Lucas dijo Qué asco. Entonces calló y se puso a contemplar con atención la televisión. Un mariachi alto y delgadísimo decía Aaaaay, aaay, aaay.

A la mañana del siguiente día, Amalio buscó el libro de fotografía, pero hubo de desistir de la búsqueda tras un buen rato. No aparecía por ningún sitio. Se dijo que debería entonces aprovechar la coyuntura para estudiar, ya que el temario de las oposiciones para profesor de instituto en la especialidad de historia era precioso y le podía dar una nueva visión del gran acontecer humano, una vez concluida la carrera universitaria. Al menos, se quiso creer todo esto. Entonces vio el libro de Camilo José Cela, La colmena, en la estantería, bajo el compartimento del televisor. Se sentó en una silla, pues no había sofá ni mecedora en la casa. Y lo abrió. Leyó la introducción del propio autor. Contaba un par de anécdotas grotescas. Una en la que Cela aseguraba haber escrito figuritas geométricas en la pared de cierta buhardilla donde, en algún lugar perdido de la Galicia rural, hacía de cuerpo en una palangana. El caso es que las figuritas las había dibujado, en sus propias palabras, “a golpe de vientre”. Amalio soltó una carcajada ante esta expresión, sumada a la escena en sí. Por otro lado el premiado escritor contaba el momento de su vida en el que tras rasparse atrozmente con el envoltorio de aluminio de un supositorio que trataba de introducir en el lugar oportuno, descubrió que para consumir los supositorios era recomendable e incluso imprescindible quitarles previamente su envoltorio, pues si no, picaba mucho. Todo ello levantó la moral de Amalio.

Fue a un cajero situado en la sucursal de su banco, que estaba lleno de pequeños tags o firmas personales, como se las llama en el mundo del hip hop. Se dio prisa por regresar, sano y salvo, a casa. Desolado descubrió que a pesar de haber sacado todo su dinero del mes, no tenía para pagar totalmente la fianza que le había pedido su amigo. Éste comentó, ante esta noticia, cuando se la expuso, que con el dinero había que ser muy claro y serio, que por dinero se habían roto las mayores amistades. Entonces Amalio, abrumado, decidió pedir una cierta cantidad a algún otro amigo, de fuera de Granada, ya que en Granada, salvo a Lucas, no tenía ningún amigo.

Cenaron juntos, cada uno su cena, y entonces Amalio cayó en preguntarle a Lucas si había visto el libro de fotografía. Éste dijo que era normal que no lo encontrase ya que él mismo se lo había llevado al coche, para instruirse cuando tenía que esperar a un cliente. Añadió, además, que disponía de suficiente dinero para comprar un equipo completo de fotografía aunque precisaba que en la casa no se crearía ningún cuarto de revelado, ya que no había sitio. Insistió en que el piso no debía servir para atesorar utensilios inútiles ni, por su parte, para hacer otra cosa que no fuera estudiar con recogimiento. Sus maneras tajantes e imperiosas hicieron que Amalio se sintiera culpable de un modo indefinido y que congelara su sonrisa en un rictus de vergüenza para ir a mirar con resignado automatismo la televisión. Dejó de contar chistes y de decir cosas ingeniosas cuando por enésima vez intentó hallar complicidad o calor por parte de su amigo y sólo halló en su cara una mueca entre la soberbia y el asco.

Desde luego, Amalio consideraba a Lucas su amigo. Se había alegrado sinceramente cuando éste accediera a ofrecerle vivir en su casa, aunque le confesó que preferiría vivir solo. Básicamente, Lucas había accedido a acoger a su amigo con el fin de disponer de una cierta cantidad de dinero fija al mes. Amalio, en los primeros momentos de soledad que le aguardarían en aquel piso, repasó mentalmente las distintas ocasiones de su amistad, en las que él había abrazado a Lucas con euforia mientras éste, rígido, lo miraba como si le fuera a atravesar el cuerpo con una espada, con un atisbo de desdén en el rostro. Tenían en común el haberse reencontrado después de la feliz infancia, en noches de borrachera que para Amalio fueron brutales pero que para Lucas no pasaron de una embriaguez suave.

En una de sus últimas noches de asueto, en el pueblo, Amalio le había propuesto al que consideraba su amigo la idea de compartir piso, ya que sabía que éste era dueño de un pequeño apartamento en la capital. Amalio le había hecho partícipe de su ilusión por vivir con él, añadiendo que para ambos era perfecto, pues se conocían y por tanto eran gente de confianza, el uno para el otro, sin que tuviera por qué existir problemas. En realidad él quería estudiar con denuedo, muchas horas diarias, en soledad, sin mayores problemas, convencido de que con esa determinación podría aprobar unas oposiciones que prometían el ansiado trabajo de por vida. Lucas había dicho al eufórico Amalio, con su auto controlada seriedad, en medio de la noche llena de copas de variopintos y bellos colores, que no le atraía nada compartir su vida con nadie. Habían aterrizado en el lujoso Sotogrande, la urbanización más exclusiva de la zona. Lucas tenía un coche de gama alta, algo imposible de obtener por parte de Amalio, quien todavía vivía con sus padres en el pueblo. En realidad, Amalio prefería ir a lugares menos pijos para salir de noche, pero Lucas le había propuesto darse una vuelta por la millonaria urbanización de lujo. Amalio se sintió muy pequeño. Mientras Lucas alternaba bebidas alcohólicas y refrescos, especialmente esto último, gastando mucho para sí, hablando poco y escuchando con aire de suficiencia al que no consideraba su amigo, mientras éste decía que lo era, en una incontenible verborrea, con la boca seca y sin atreverse a pedir a su amigo que le invitara a algo. Entonces, tras pensarlo un rato mientras Amalio hablaba y hablaba, dijo que bueno, que podrían vivir juntos, pero que tuviera bien en cuenta que debería pagar puntualmente un alquiler. Amalio se ruborizó, sin esperar esta salida pero comprendiendo que era justo y que nada importaría con tal de compartir piso con su buen amigo.

La lectura de La Colmena acabó entusiasmándolo. Se preparó un café en su recién estrenada cafetera y decidió posponer el estudio del primer tema de sus oposiciones por unas horas, acaso hasta la tarde. Se prometió no ver la televisión pero cuando se hartaba de leer, en la eterna penumbra del apartamento, ver la tele era como un salvavidas. Así que acabó dejando el libro sobre la mesa y sentado como en un pescante, recto y firme en la silla, se sumergió en la asombrosa multitud del pequeño televisor, que era, ciertamente, la única ventana de la casa que podría considerarse, más allá de la metáfora, más ventana que las muchas que sólo miraban al interior de un oscuro patio. Tras dedicarse a este pasivo menester un rato, oyó cerrarse la puerta de la vecina de enfrente. Corrió a espiar por la mirilla pero casi cae al suelo cuando tropezó con una bolsa de basura preparada para llevar al contenedor. Amalio creyó, con razón, que Lucas había previsto que la llevara él. Así que, por no andar saliendo de noche, se terminó de vestir y salió a tirar la basura. Se vio en la calle que estaba sucia, como si nadie la hubiera barrido en días, pasando frente al super y sumando la bolsa a un montón de bolsas de basura que desbordaban el contenedor. Por el camino sintió cómo alguien oculto lo observaba de modo amenazante.

Continuó viendo la tele y a ratos sumergido en la novela. Las historias albergadas por esta obra coral eran, a menudo, grotescas. Pensó en un poema de Cela que éste había publicado en el periódico ABC en cierta ocasión, hacía tiempo, y que lo impresionó, que invocaba, con solemnidad, a la muerte. Decidió en un momento dado apagar el televisor y ponerse a componer, de nuevo, un poema, aprovechando las palabras que rimaban en ón y que había anotado cuidadosamente en la primera cuartilla que había estado destinada a rellenarse con los esquemas del tema sobre el imperio carolingio. Se dejó arrastrar por la ola de creatividad, hasta que se hizo de noche, y, tras la ardua jornada de creación literaria, fue a dormir con mansedumbre.

Cuando abrió los ojos, al día siguiente, pestañeó para terminar de despertarse. Fue a desayunar y en la cocina, vio la nota. Dirigida a él por su amigo, éste le invitaba a no volver a ensuciar el suelo de la cocina, pues había percibido que se hallaba lleno de lo que parecía azúcar, lo que producía un sonido rasposo cuando se pisaba. Amalio se extrañó vivamente, ya que no recordaba haber derramado azúcar, pero con un gesto de indiferencia, continuó preparando su desayuno y decidió barrer el suelo de la cocina.

Después de desayunar, muy satisfecho y pletórico, se dijo que antes de comenzar su sesión de duro estudio, leería un poco la novela del gallego premio Nobel. Pero el libro no aparecía por ninguna parte. Así que no sin una triste decepción hubo de resignarse, una vez más a ver la tele. En realidad no hizo ya otra cosa que ver la tele, en un día en el que se iba instalando en su espíritu la desazón indefinible.

Lucas apareció de noche, para la cena. Sin dar explicaciones, era él quien se había llevado de la casa la novela de Cela. Amalio ya estaba cenando, taciturno, tras un día pegado al televisor. Lucas avisó al pobre Amalio de que debía llevarse el televisor por la mañana, porque era un gasto que no estaba dispuesto a asumir y porque él no lo necesitaba, ya que apenas paraba en el apartamento. Amalio balbuceó un pero entrecortado, mientras sentía como si lo hubieran golpeado con una barra de hielo. ¿No te importará, verdad? Inquirió Lucas. No, respondió, si he venido para estudiar. Así no tendré distracciones. Prosiguió Lucas comentando que el televisor lo llevaría a casa de sus padres, y que era estupendo tener un coche para este y otros menesteres. Apuntó que le vendría muy bien a Amalio tener uno, y que no sabía lo que se perdía por no disponer de automóvil. Pero por ahora, pensó Amalio, tener un coche es algo inalcanzable. Entonces Amalio, cambiando de tema, le preguntó si ya se encontraba bien, pues lo había visto algo desanimado, a lo que su amigo le contestó que estaba perfectamente, aunque sentía asco de todo, y no necesitaba ni ser reconfortado ni aliviado por ningún psicólogo amateur. El asco era algo cotidiano que él siempre sentía, aclaró, en especial ante la incoherencia de mucha gente. IN-CO-HE-REN-CIA repitió, marcando con fuerza cada sílaba. Es lo peor del mundo y lo que, juró, le producía mayor repugnancia, que quienes iban de salvadores, después se acabaran integrando en el sistema que cuestionaban. Nada, aseveró, todo es de boquilla. Nada más. Qué asco.

En medio de su insomnio Amalio, ya acostado, a altas horas de la noche, se preguntó si estaba cumpliendo lo que tanto se había prometido a sí mismo, es decir, efectuar una decidida y ardua batalla contra el sistema. Dio vueltas y vueltas en la cama, soportando los chirridos histéricos de su somier. Se confesó a sí mismo que estudiar unas oposiciones no tenía que ser tan malvado ni incoherente. Bien es cierto que muchas veces, siendo estudiante, había brindado por una libertad que consistiría, creía, en trabajar en un gran barco mercante y recorrer los siete mares con gozosa inspiración. No era aquel sueño muy semejante a su realidad actual, solo en Granada y en un apartamento frío y despojado. Se sorprendió pensando con angustia qué iba a pasar ahora, sin el televisor que le había ayudado a reponerse unas horas antes. Se durmió muy tarde repitiendo casi en sueños que había claudicado en toda la extensión de la palabra, que había desistido y que se estaba dejando vencer.

Abriendo un compartimento del mueble de la salita principal, descubrió las cintas de casette, al siguiente día. Había con ellas un radiocasete no muy grande y manejable, lo que le alegró sobremanera. Decidió darse un respiro del tenaz estudio de la historia del imperio carolingio y disponerse a cultivar su ilusión de ser músico o, cuando menos, un experto conocedor de las tendencias musicales. De hecho, hacía meses había comenzado a tocar la guitarra. Divagó con la idea de tocar y componer música, pero algo le decía que allí le resultaría imposible, porque había instalada una suerte de monotonía que vetaba cualquier alegría. Sintió la amenaza de las paredes de plomo. La estrechez. No obstante se admiró de tan peregrinas ideas y pensó que nadie le podría sustraer su deseo de ser un gran músico, empezando por el aprendizaje de su instrumento favorito, que era la guitarra.

Escuchó toda la música posible, en las casettes, en la radio, y logró sentirse muy animado. Hasta que llegó, por la noche, su amigo, quien le preguntó, apenas lo vio y sin mediar saludo, si había barrido la casa, afirmando que lo que ensuciaba debía limpiarlo bien, porque era él, el tenaz opositor, quien estaba más tiempo en la casa. Amalio era un balbuciente sí, cuando Lucas exclamó, viendo sobre la mesa de la salita el desorden de sus cintas de casette, que no debía tocar sus cintas, o por lo menos, que debía guardarlas con escrupuloso orden. De hecho él era un hombre ordenado que manifestó con decisión que en su casa tenía que haber orden.

Cuando cenaban juntos, sentados, Amalio habló. Le confesó a Lucas que había pensado irse a trabajar a un barco, a lo que éste respondió con un exaltado ¿Y cuándo vas a estudiar? ¿No es mejor tener un trabajo fijo y seguro? La vida en un barco debe de ser horrible, exclamó, para finalizar pronunciando un indignado ¡Qué asco! A Amalio le temblaron levemente los labios y se sintió como si lo hubieran sorprendido manos en la masa, como si fuera un ladrón y le hubieran pillado robando. Balbuceó unos segundos para proponerle a Lucas que salieran a dar una vuelta. ¿Estás cansado de estar aquí? Le increpó. Amalio no sabía a ciencia cierta qué le pasaba a su inmortal amigo que, aunque nunca había sido muy hablador y adolecía de una cierta reserva, sí había seguido con paciencia, aunque a ratos con el gesto de asco en sus labios, todo lo que él decía y decía en su verborrea incansable durante eternas borracheras. Eso había sido siempre así, cuando alguna vez que quedaron para tomar un café, Amalio lo confesaba todo. Con nerviosismo, también ensalzaba el valor de la amistad honda y sincera que ambos se profesaban y brindaba con la taza de café. De hecho, le había contando todo, absolutamente todo, a su amigo, quien callaba más que hablaba, le atravesaba con los ojos y sonreía como lo haría el hielo. Si éste abundaba en palabras era para elogiar el buen vestir y la ropa de marca, la clase que había que tener y el dinero. Amalio escuchaba estas ideas sin poder jamás desprenderse de un velo de culpabilidad. Por esto mismo, Lucas lo animó a que se buscara un trabajo para poder ser alguien digno, y que aprobar unas oposiciones acaso lo tranquilizara. Cuando Lucas daba estos consejos a Amalio, éste no podía disimular el temblor que le agitaba los labios.

Al día siguiente, ya atardecido, ambos salieron a tomar unas tapas. Amalio rebuscó en lo hondo de su monedero para comprobar que lo que poseía significaba una suma aceptable para ir de tapas. Y lo era, pero a condición de no comer pan ni postre el domingo. Se sucedieron las cañas de cerveza y poco a poco Amalio fue experimentando por dentro la alegría que llevaba unos días faltándole. Pensó que era una suerte estar allí, con su amigo, a quien podría hacer partícipe de todos sus sueños, de la futura epopeya que le aguardaba, de la poesía, la música y Camilo José Cela. Lucas admitió que apreciaba la creatividad efervescente de Amalio y sonreía de un modo menos rígido que anteriormente. Llegó a sentirse francamente alegre durante unos minutos y rio no tanto por lo que Amalio decía sino por su histérico empeño de brindar a cada momento. Y así fue, esta vez de un modo más normal, esa víspera de domingo, por la noche, al menos hasta que cansados de hablar y escucharse, fueron a pagar. Con desolación, Amalio contó y recontó sus moneditas para comprobar que le faltaba por pagar una caña. Ya nos vamos para casa, eh, estaba diciendo Lucas, cuando con balbuciente tartamudeo Amalio admitió que debía pedir prestado dinero a Lucas. A éste se le cambió la cara y se puso a repetir que por eso había que trabajar, para tener lo necesario en momentos de asueto y diversión como era este, que no era serio aguardar a que te invitaran, todo ello con la cara pálida y encajada. De mala gana, Lucas pagó lo que faltaba.

Entraron en el más que tenebroso apartamento en silencio, mientras Lucas movía la cabeza quedamente, como si negara alguna cosa. Amalio se dijo que seguía teniendo ganas de tomar cerveza, pero ante la rotunda negativa de su amigo a prestarle lo que, juraba, le pagaría el lunes religiosamente, pensó que sería bueno para su espíritu, tras el mal trago, escuchar un poco de música. Se llevó el radio casette a su cuarto y muy bajito puso un casette de Los Panchos, hasta que en el bolero Reloj no marques las horas, cerró los ojos sintiéndose un poco triste.

El domingo, al mediodía, Lucas dijo que, a pesar de ser domingo, tenía que hacer cosas, ya que tenía un trabajo, que era lo principal en la vida. Tras reclamar a su amigo que no volviera a escuchar música por la noche, porque le había molestado para dormir (aunque apenas habían sido tres o cuatro boleros), le pidió el casette. Debo llevármelo, dijo. Amalio no salió esta vez de su asombro. Entonces, con visible enfado, por primera vez, no dio la razón a Lucas en algo. Vino a gritar que no, que no tenía nada en la casa, que pagaba un alquiler, que se merecía un respiro de vez en cuando y que iba a estudiar mucho, pero mucho, las oposiciones, aunque si lo hacía o no, no era de su incumbencia. Estás tonto, le dijo Lucas, que se había puesto una camisa de marca para salir. Entró en el cuarto de Amalio, cogió el radio casette y se lo llevó al coche. Previamente, con un amago de sonrisa, lo miró y dijo, para despedirse, que tirara la basura a la hora oportuna que se determinaba municipalmente para ello, aunque no empleó el adverbio municipalmente como nosotros hemos hecho ahora.

Amalio quedó mudo, reprimiendo un sollozo, en la penumbra del piso, casi retorciéndose. Desolado, quiso olvidar y fue a buscar un libro, pero se percató de que no había ninguno, que Lucas, sin duda, se los había llevado todos en algún momento. Se sentó en la rígida silla del salón a escribir poesía, pero no lograba que le saliera nada. Miró al espacio vacío donde poco antes hubiera un televisor, al lugar de los libros desaparecidos, al armarito donde había encontrado el radio casette. Estaba allí, como en una cárcel, solo, sin poder hacer otra cosa que estudiar o componer poemas, sin música siquiera, sin una ventana donde asomarse, sin nada. Se dijo que se esforzaría, por lo menos, para escribir buenos poemas. Y así, tembloroso, comenzó su poesía sobre… lo cierto es que no le atrapaba ningún tema. Fue a la cocina a picar algo y se le antojó chocolate. Vio que Lucas guardaba la tableta en su armario y apenas avanzó la mano para tomarla, la hubo de retirar, en la idea de que no podía discutir más con Lucas. Desistió, por tanto, de picar nada.

Varias interminables y lentas horas después, estaba sentado, en la única silla que quedaba en la salita, pues Lucas se había apropiado de todas y las había metido en su cuarto. Sollozando. Experimentó un gran vacío, una nada, una soledad inimaginables. Ponerse a estudiar le resultaba imposible y según pasaban las horas su angustia por el encierro aumentaba. En algún momento decidió dar una vuelta por Granada, se emborrachó, cruzó la ciudad montado en el coche de un amante de la rumba de quien apenas recordaba nada, vomitó en alguna calle, visitó no sabía qué casa para tomar un inexistente puchero, para terminar yendo a un bar del lejano extrarradio donde los clientes parecían tener muy poco apego a la vida. Fue un milagro salir de allí ileso.

Pagó con una terrible resaca todos los excesos. Después del sueño confortable, decidió que tenía que aclarar las cosas y que debía hablar con Lucas que, como a veces hacía si trabajaba fuera de Granada, no vino a dormir en los siguientes tres días, tras los cuales, tras varios ataques de ansiedad, Amalio se subía por las pareces. Decidió orinar, en algún momento, en su cuarto, sobre el suelo, pero tras embobarse contemplando el maloliente charco prefirió limpiarlo todo, más que nada por evitar otro encuentro con Lucas.

Éste lo halló muy raro. Hablaba de manera entrecortada, le temblaban ostensiblemente los labios, se asfixiaba. Fue el momento que escogió el vendedor de libros para ser de nuevo duro, como un muro donde chocaba Amalio en su inocencia. Así que hablaron, tuvieron que hablar, de las malditas oposiciones, del paro, de la pobreza, del hambre, de crímenes y de la desolación existencial. Lucas repetía que todo el mundo era un aprovechado, que el bueno es tonto, que sentía asco de todo, que esto era la selva, que había que labrarse un futuro pensando sólo en el dinero y que toda lucha por el bien era inútil y absurda. Amalio se fue sintiendo de nuevo mal, con dolor de cabeza y una vaga náusea. Siempre había confiado en su amigo, tras largas conversaciones en los momentos más intensos, a la luz de farolas, en los pubs, en las cálidas noches de amistad y promesas. De hecho, recordó de nuevo, se había sentido entusiasmado por la idea de ir a compartir piso con Lucas, con quien, pensó, tanto tenía en común. Mientras éste soltaba su discurso ponzoñoso, Amalio pensaba en su madre, en el cálido resguardo de la infancia, en la depresión y en la nada. Quiso aferrarse a la idea de estudiar otra carrera, pero le resultaba económicamente imposible. Quiso imaginarse en la amable ciudad de su infancia, después de los horrores que había vivido recientemente en su sonámbula incursión por lo más duro de la noche y abría y cerraba en un puño las manos, de manera descontrolada, inconsciente y cansina. Cuando Lucas se metió en su cuarto, Amalio se fue a un rincón y, sentado en el suelo, se abrazó las piernas flexionadas, y permaneció unos minutos lloriqueando el silencio. Tras un tiempo inefable e incontable, comenzó por dentro una salmodia en la que se repetía sin cesar y con automatismo que él era un poeta, un voluntarioso poeta, y que sólo debía pensar en eso.

El día siguiente se fue Lucas y Amalio lo pasó escribiendo poemas. Probó a recomponer textos que ideaba en prosa y que cortaba, dividiéndolos en partes que escribía como versos. Pero tanta era su nada que no pudo reflejar de un modo justo su propia nada. Esto era, de hecho, lo que lo embargaba y le hacía sufrir. Se vio en una tensa espera en la que aguardaba la llegada de Lucas, tornado ya en hombre de muy pocas palabras y que callaba casi siempre, ora hosco, ora desafiante y soberbio. Pensó una vez más, en la inmovilidad de la espera, en su madre.

Cuando llegó Lucas una noche sintió el vacío en la casa y rápidamente vio la nota que le había dejado Amalio sobre la mesa. En ella, entre la indignación, el terror y la venganza le conminaba con monotonía a que, decía literalmente, se hundiera con su nada. Lucas comprendió que por fin se había marchado su amigo y con un rictus despectivo tiró la nota en la basura. Por fin, se dijo, por fin se ha ido. Y se sintió grande y fuerte.

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.