Las muñecas rusas


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Las muñecas rusas
Marcos Santos Gómez

Hay hechos que no deberíamos haber conocido. Hechos que lo retrotraen a uno hacia una cierta nada inicial, que nos azotan y dejan como temblorosos; hechos que son cordones que se atan, en una visión que cerrara los cabos sueltos y añadiera comprensión al presente cansino, una visión que ilustrase y trajera una verdad rotunda que subyace pálidamente. Hechos estremecedores porque le hablan a uno. Datos que como un pesado lastre parece que lo van hundiendo en un oscuro abismo cuando son reconocidos. ¿Es entonces la pena lo que tira de uno hacia abajo? ¿Es un mero desconcierto? ¿Un desvanecimiento?

Como vorazmente. Me cuesta disimular cuando estoy en presencia de otras personas, pero lo cierto es que me atragantaría siempre. Me doy atracones. Comería en todo momento con avidez. Cuando la vergüenza no me somete, ingiero con precipitación hasta rebañar y dejar limpio el plato. Siempre ha sido así. Incluso en compañía no puedo disimular mi ansiedad. Es una nota característica de mi comportamiento, el énfasis y la ansiedad con los que abordo las comidas.

A veces, puedo estar en mi propia cocina, donde impido que se desaproveche una sola miga. Bajo ningún concepto tolero que se desperdicie nada. Me esfuerzo en hacer las compras bien ajustadas y en reaprovechar cualquier sobra. Cocino no tanto con esmero y creatividad, sino con contundencia, añadiendo calorías, aumentando dosis, azucarando o llenando de sal y especias los nutrientes. Cubro las recetas con grasa y potingues, sin demasiado refinamiento, con una voluntad práctica y grosera. Lo admito.

Siempre me he preguntado por la naturaleza y causas de mi gula. Es algo que acaso comenzara en mi adolescencia. La gula es un impulso que quiere fagocitar el mundo. Cuando mastico, mastico mundo, materia bruta y ciega, átomos en íntimo revoltijo. Quiero devorar. Así, ni siquiera contemplar a través de mi ventana el sosegado paisaje de la campiña irlandesa me calma la precipitación con la que como. Un paisaje familiar de hierba y setos de diversos verdes. La hierba, ¡ay la hierba!, que tomo transformada en leche. Y es ella la que tiene la culpa, con toda probabilidad, según me fue revelado por el dato que me abordó en pálidas noches de escritorio, cuando he buceado y sondeado ese fantasma irrisorio que muchos denominan “pasado”. Quería, sobre el escritorio, verme troceado, en partes, como una muñeca rusa que esconde otras muñecas en una suerte de reflejos infinitos, incesantes. Así, navegué de reflejo en reflejo, hasta que topé con el hecho atroz. Porque soy, somos, muñecas rusas que abrigan más y más muñecas.

Así pues, fue justo cuando indagaba en mi árbol genealógico. Los antepasados formaban una ristra, un hilo culminante en mí. Descubrí que guardo, como las tripas cálidas, un poco de cada uno de ellos. Es algo en apariencia espiritual, como una fila de almas, que sin embargo tiene razones estrictamente materiales. Es como un hilo en la materia, un hilo de causas que me explican, porque operan activamente desde dentro. Pero ello no hace a la revelación menos perturbadora.

El paisaje adormecedor que sin embargo no me sosiega, el hambre angustiosa que no se calma, todo ello cobró sentido. Mi gula se desveló como un hambre ancestral y atroz. Así lo supe cuando leí la descripción de un campesino en su muerte infame. Ese campesino era de mi sangre, un lejano pariente. Lo encontraron muerto con hierba en la boca, que había tratado de comer a la desesperada en el horrible tiempo del hambre que arrasó Irlanda. Hierba. Tenía hierba en la boca.

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Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.