En el faro


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En el faro

Marcos Santos Gómez

 

El mar devolvió sus muertos

Apocalipsis, 20, 13.

Estaba acostumbrado a sentir eso tan sutil que dicen que pasa, o que acontece, y que muchos llaman el tiempo. Un sentimiento, o más bien, una sensación parecida a como si lo oyera, como si sonara una inaudible música que le erizaba la piel en la soledad a la que estaba tan acostumbrado, envuelto en la más furiosa humedad soportable por el hombre. Vivía iluminando un horizonte de niebla en lontananza pero con una iluminación tenue y llena de sombras a su alrededor. Escuchaba el tiempo. Siempre igual. Una resonancia grave, solemne, terrible como el océano que salía a contemplar al balcón que circundaba al faro en lo alto, cerca del potente foco. En todas partes, el agua bravía, como un gran cementerio o un templo o un lupanar de vida enloquecida. Los miasmas de la vida que muere y que vive. Todo eso contemplaba y escuchaba, acompasándose con monótona constancia al murmullo sordo y grave del tiempo. Era lo único que poseía en aquella tiniebla brutal. Tiempo. Música inaudible que era el tiempo como algo denso, físico, tangible pero inmaterial, que no acertaba a dibujar aunque lo intentaba emborronando láminas. Pues en las muchas horas de faro, como farero, había dibujado láminas. Al principio, cuando todo estaba en orden, cuando escuchar el tiempo, su acuoso transcurrir, no le había destrozado la cabeza, dibujaba cosas. Cosas reales, existentes. Pero pronto, aprendió que el tiempo era asesino. Que su música mata. Que nadie resiste su paso y que, como había sucedido con su mente y su piel arrugada y sus huesos retorcidos por el reúma, todo era arrasado, lo cual quiere decir, que todo era y es segado y truncado, interrumpido. Así, se fue Elena, ahogada en el mar apenas en la flor de la vida, y él se quedó solo para habitar el faro. Muchos años. Demasiados.

Pero esta noche aciaga, la música del tiempo se tornó, de repente, aguda. Se mudó sutil, sinuosa, como un canto gracioso. El farero prestó atención. Buscó el origen, pues la singular melodía provenía de un punto muy concreto. El tiempo se había concentrado y el monótono panorama de ocres y blanco del interior destartalado de la habitación que ocupaba, con la pequeña estufa, donde dibujaba, disponía de un elemento de novedad. Al hombre, con la vista cansada, le costó enfocar la mirada y tuvo que emprender varios intentos, abriendo y cerrando los ojos, hasta entrever el pequeño objeto vivísimo que cantaba ahora la canción del tiempo. Era un pequeño pájaro. Apenas una manchita roja, con algo también amarillo. Sin lugar a dudas se trataba de un jilguero.

“Si te quedas quieto, te dibujo”, murmuró el farero. Había llegado ya de manera irremediable la noche y hacía bastante frío, pero el pajarillo cantaba pletórico y feliz, sin necesidad, en apariencia, de comida ni de abrigo. De trasfondo rugía la marejada, como un abismo negro, insondable, que escupía hacia el faro, sin piedad, su aliento corrosivo. El farero, asombrado ante la aparición, en gran parte inexplicable, dentro del austero lugar donde el tiempo reverberaba lúgubre para él hacía décadas, se dijo: “no voy a intentar agarrarte siquiera, por si te da por huir y salir volando”. Cogió una lámina de papel, un lápiz, y empezó a dibujar al pajarillo. Dibujaba y, como era habitual, su imaginación volaba. Iba a otro tiempo, a otra melodía que armonizaba, en un invisible contrapunto, con el tiempo real que escuchaba pasar triste y lúgubre a diario. Era la música de un tiempo mejor, entrelazada con éste. En ella veía a Elena hacerse vieja, vivir, acaso terminar sus días con él.

Se concentró en el jilguero. ¿Por qué siempre había sentido tal ternura por los pajaritos? ¿Por qué le cautivaban los jilgueros? Era una devoción con resonancias de pena, de lástima. De hecho, cayó en la cuenta, había dibujado abundantes aves, pero sobre todo, copiando ilustraciones de libros que compraba y a partir de su memoria o de su imaginación, tenía bocetos y retratos de pajarillos. Se detuvo unos instantes meditabundo y también se sorprendió porque el tiempo había cesado de sonar. Por más que aguzaba el oído, no acertaba a oír la melodía secreta que durante décadas había sido capaz de adivinar oscuramente en su austera soledad. El tiempo parecía haberse detenido.

El jilguero echó a volar y se posó en la lámina que sostenía con sus piernas, sobre las rodillas. Alzó su piquito y le miró fijamente, con los ojillos redondos y negros, con descaro. “¿Por qué no oigo la música del tiempo?” se preguntó con un cierto tono de alarma. “¿Qué está sucediendo?”.

Con cuidado, se levantó, muy despacio. El jilguero voló de nuevo hacia la repisa donde había estado posado. Nuestro hombre miró a través de los cristales. Tras asomarse, dio unos pasos hacia atrás sobresaltado. Jamás el mar había sido tan negro. No acertó a atisbar ni un ápice de luz. Ni siquiera pudo apreciar estrellas ni luna. Era un inmenso negro, como si ya sólo existieran en el mundo él, el faro y el pajarillo. El mundo parecía haberse consumido alrededor del faro, al que parecía aguardar el mismo destino en cualquier momento. Porque la sensación era extraña. El farero cayó en la cuenta de algo muy obvio. El jilguero no podía haber sino llegado del mar, arrastrado por el temporal. Era imposible que hubiera volado desde tierra contra la dirección del viento, que soplaba desde alta mar. Era como si lo hubiera vomitado el mismísimo ponto. Pero ni siquiera esta hipótesis era razonable. Los jilgueros no deben estar en el mar. Sencillamente, aquel pájaro no tenía que estar ahora allí, en aquel faro. Un jilguero. Un jilguero. Los jilgueros deben vivir en su campo. Deben disfrutar de la vida. Deben cantar en los árboles y salir de sus niditos para crecer y piar y volar por el campo. Un jilguero. Un jilguero debe vivir… Entonces, lo recordó.

La melodía del tiempo sonaba igual entonces que ahora. Igual de cansina. Igual de terrible. Sólo que el farero medía apenas un metro y poco más. No hacía demasiado tiempo que había hecho su Primera Comunión, habiendo recibido la catequesis de rigor. La mente, pues, se le había poblado de incendios, apoteosis y hecatombes. Imágenes grandiosas y terribles con las que trataban de explicarle lo que más tarde se reduciría a esa música maldita, monótona y sorda que nadie más que él sería capaz de escuchar. La música del tiempo, su paso de gran caracol, como si raspara o lijara una superficie fatigosa y tenazmente.

Cuando el pequeño jilguero murió en sus propias manos, después de tantos cuidados, de haberlo abrigado, curado y alimentado, siendo un polluelo, apenas caído del nido, rescatado a los gatos. Cuando lo arrojaron, sus hermanitos y él, al mar. Cuando miró volar otras aves y supo que el pequeño jilguero ni siquiera mudaría sus plumitas, decidió que no había Dios. Apenas medía metro y pico. Ni siquiera era, propiamente, un adolescente. Perdió, por completo, la fe. Así. De esa manera, que fue encadenándose a otras muertes y a más interrupciones.

El farero se estremeció cuando oyó los pasos que subían acompasadamente por la escalera. Se oían, fuera de la habitación, en el hueco de la escalera, al que había que salir por la puertecilla. Unos pasos sosegados, tranquilos, a los que ya no acompañaba la callada música de un tiempo que se había detenido definitiva, eternamente. Entonces, sonriendo, dijo.

– Pasa, Elena, ¡Ven! Tenemos mucho que contarnos.

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Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.