Salvación o condena

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Marcos Santos Gómez

 

“Admítelo a contemplar la luz de tu rostro” dijo el sacerdote, en la misa de difuntos. Y una vez más mi razón tropezó no tanto ante la ficción de una divinidad bondadosa que acogiese a las almas, lo cual se me antoja de ardua intelección (si hay un Dios, es Deus Absconditus, no me cabe duda), pero, a fin de cuentas, concebible. Es decir, Dios es una abstrusa especulación que contiene un alto grado de irrealidad, producto de la desbordante fantasía de los hombres o de la exuberante inteligencia acicateada por el deseo, pero puede esbozarse. Se ha representado con símbolos, se ha especulado con su concepto y se ha pensado una teología que ha tratado de razonar a partir del mismo. Hay una reflexión consistente que ha planteado con propiedad qué es la eternidad, aunque a ratos parezca que dicha reflexión se acoge al género de la ciencia ficción o la literatura fantástica, como decía Borges. También se ha pensado quién es Dios o cómo sucede la salvación. Todo ello es, relativamente, más fácil de perfilar, por mucho que se trate de objetos ilimitados, y se puede disertar sobre algo inexistente como si existiera, en términos vagos o con aproximaciones negativas, mejor que se haría de algo que siendo más concreto y real, sin embargo, careciera de límites. De hecho, el gran problema de la teología y de la religión, de la creencia y la fe cristiana no estriba en la existencia o no del hipotético Dios salvador, sino en la presuposición de su basamento, que es algo tan inconcebible e inverosímil como real: el “quién” que es salvado.

En el Día del Juicio, asevera el Islam, se ajustarán las cuentas pendientes. Asimismo, la cristiandad ha especulado con un Juicio Final. Todo ello obedece a un deseo que motiva en gran medida la creencia y en el que he justificado en no pocas ocasiones la religión, desde una cierta razonabilidad. Sin embargo no es posible anticipar el cómo y cuándo sucederá este ajuste de cuentas por el que el saldo final saldrá, se supone, favorable al bien, es decir, a las víctimas, y por tanto, será el bueno quien tenga la última palabra contra lo que sucede en el mundo hasta la fecha. Es dogma de fe que se expresa, en el mundo cristiano, en el Credo. Y es este deseo hecho convicción lo que define mi creencia. Así, yo aspiro a la salvación personal que se me promete en los evangelios. Espero morir y, por expresarlo con imágenes poéticas, que mi alma sea agarrada y conducida por un ángel inmaculado en su vuelo inmortal, que me eleve por los cielos inimaginables que no son los que ven mis ojos ni los que vieron los ojos de Gagarin cuando proclamó que no hallaba a Dios en el espacio que soberbiamente se extendía ante sus ojos, al atisbar desde la ventanilla de la nave que lo había situado en la órbita terrestre. Será otro cielo inefable donde seres también inefables, cuya descripción no voy ni siquiera a esbozar, pertenecientes a una vida sublime, intérpretes de la música que ahora nos es vedado escuchar, me acompañen en el rapto al que sólo la muerte permitirá que sea elevado. En tal ascensión, oiré acaso una voz inconcebible, o tal vez sea la visión de una mano descomunal que inicie un sumario e inapelable juicio que decida mi destino, sea la gloriosa entrada en el Cielo de los justos o el Purgatorio o la condena eterna. Del modo que sea, mis faltas y mis méritos serán comparados, indica la creencia, y será en función del resultado medido en la celestial balanza, que el más justo de los Jueces decida mi destino. Todo ello presupone que he padecido unas circunstancias pero que he optado y elegido hasta cierto punto mi existencia, con algún margen de libertad. Se me habrán ofrecido posibilidades malignas y si he sido merecedor de la gloria eterna, habré sabido rechazarlas y mantenerme incólume, escogiendo la senda del bien, obrando según los buenos principios y respetando las reglas de oro de la moral evangélica.

A menudo pienso en lo que me espera. A menudo pienso en lo que espera a los hombres. A todos. A cualquier hombre.

Todo es ahora niebla. Él yacía en el suelo. Hasta la fecha yo aseveraba que me estaba defendiendo y que por eso mis crímenes, como soldado, eran justos. No eran muertes a sangre fría y la guerra nos había envuelto a todos, en ambos bandos. Los míos habían sido disparos al bulto, hechos en el fragor de la batalla. Antes de la guerra no había utilizado un arma jamás. Pero cuando empezó el conflicto aprendí con rapidez. Es en verdad muy fácil disparar. Diría que aunque ejercí de soldado y vi atrocidades, evité, con cuidado, cruzar cierta línea. Hasta aquel día aciago.

Lo teníamos en el suelo. Más allá de los tópicos sobre la violencia, tengo que insistir en una cosa que la estetización operada por el cine no transmite en su autenticidad: la rapidez y la facilidad con la que se mata. Mucho más de lo que incluso da a entender el cine, porque además de fácil, matar es algo burdo y grosero. Se hace en un momento. Y no sólo matar. Uno acaba infligiendo daños inimaginables a otros seres humanos cuando apenas un mes antes se horrorizaría con sólo pensar en realizar tales cosas. El proceso es gradual, lento e irreversible. Creo que todos somos susceptibles de caer. Es, repito, algo trivial, burdo, muy fácil de hacer. Basta con coger una pistola, cuando, como fue mi caso, has visto lo que quien yace suplicante ha hecho previamente con alguno de los tuyos, apuntar y decirte ¿por qué te vas a salir con la tuya? Es de justicia que ahora pagues. Y esa misma justicia sagrada, sacrosanta, que anteriormente yo situaba en los más inefables paraísos allende la Estigia, acudirá presta a tu mano firme para dictar su sentencia. 

Justicia. Y razones, buenas razones. Porque yo tenía razones para acribillar a ese bastardo. Por esas malditas razones apreté el gatillo finalmente en un último tiro de gracia tras la agonía que le ofrecí bien en frío. Era una guerra, los camaradas me gritaban “¡adelante! ¡Es tuyo! ¡Haz justicia!”. Y pagó. No fue en el fragor de la batalla, ni en defensa propia, ni obedeciendo órdenes, sino por puro afán de justicia o, algunos dirán, venganza. Simplemente, pude hacerlo y lo hice. Como ráfagas pasaron por mi mente titubeante los pros y contras. Mis principios, mis reticencias. Recordé un cuento que había leído del viejo Tolstoi. ¡Qué lejos quedaba de todo aquello el viejo Tolstoi! En su relato Sonata a Kreutzer ensalza la vida por encima de todo, y condena el pecado de quien se arroga el supuesto derecho de suprimirla, de asesinar a otra persona, aun teniendo sus razones e incluso el aval de la sociedad y las leyes que amparaban el asesinato por honor. Pero la lástima por un ser que momentos antes de ser vilmente segado estaba cenando con alguien querido al que amaba, que respiraba, que hacía planes… la lástima y la justa culpabilidad destruyó al asesino, su marido celoso. ¿Debía yo también sentir piedad por la cara espantada de ese ser que me suplicaba perdón? Durante segundos luché en silencio, dentro de mi corazón.

Durante segundos, repasé las atrocidades que aquel hombre había cometido. Una idea fija se instaló en mi mente, una idea que ha residido en mi conciencia toda mi vida, que no es sino un principio básico de elemental justicia: hay que sufrir las consecuencias de lo que se hace. Pensé que aquel hombre había sido cruel y no había mostrado el menor atisbo de piedad en sus brutales ejecuciones. Durante meses había sembrado el terror en nuestras filas y supe que fue él quien, con sus propias manos, procuró una muerte salvaje y lenta a Brígida. Quise que la nube que comenzaba a enturbiar mi cabeza no se acabara de cerrar sobre mí, pero no pude evitar la tormenta que de manera definitiva acabó de llegar a mi mente. Comencé a temblar y a sudar con profusión. Conecté el seguro al revólver para no disparar en falso, pues decidí de un modo casi inercial, fatal, que aquel hombre iba a morir lentamente.

¿Por qué había de dejarlo vivir? 

– ¡El ácido! ¡Traed el ácido! –ordené-

Yo ya me sentía como en un sueño. Todo parecía transcurrir con desesperante lentitud. Estaba empapado de sudor. Cuando trajeron el ácido, me aseguré no sólo de que el maldito muriera, sino de que fuera una muerte muy lenta y dolorosa cuyos detalles prefiero ahorrarte, lector. Actué como un salvaje. De eso me doy cuenta ahora y ser juzgado por ti, que lees estas líneas con tranquilidad, en un país sin guerra, bien situado, quiéralo Dios, con la barriga llena y la vida más o menos resuelta, tal como yo lo estoy ahora mientras escribo esta breve memoria, puede inducir un veredicto duro. Soy culpable de actuar como un salvaje. Y ciertamente, quien a hierro mata, dijo mi raví amado, a hierro muere. Asumí la senda del violento para hacerle pagar sus deudas, porque lo creí justo. Pero, te ruego que imagines el momento en que tomé aquella decisión para que comprendas que en gran medida obré en pos de la misma justicia que nos es prometida tras la muerte a todos los hombres por el sumo Hacedor. La guerra obra convirtiendo fácilmente en locos a los hombres. Y tú mismo, lector, habrías actuado como un monstruo si hubieras tenido a tus pies al verdugo de tu esposa, al tirano que desmembró niños y al asesino y torturador que asoló vidas inocentes por placer y puro sadismo. En tal caso, débil, hambriento, rabioso, hastiado, harto de vivir, con una pistola en la mano y el ácido cerca, el más mínimo y básico, acaso animal, sentido de justicia, de cuentas pendientes, te habría conducido a hacer lo que hice.

Sí, yo mismo le unté la barriga con el ácido, hasta ver aflorar las tripas. Le vi retorcerse sin inmutarme. Diría que me alegraba. Debía probar su propia medicina. Era justo.

Pero ahora, lector, tras haber de un modo precario tratado de justificarme, debo darte la razón, No te sorprendas, ¡oh, mi acusador horrorizado! Estuvo mal. Ahora siento que crucé una línea de ponzoña que no debía haber cruzado y que me regodeé en el mal, en el sufrimiento, en la administración de dolor. Pequé. Eso, en sí, es maligno y me afectó cualitativamente, rebotó sobre mi alma. Ahora siento que porto esa lacra. Quien a hierro mata, a hierro muere. Tienes razón, oh, lector que me acusa, en acusarme. Tendrá motivos el supremo Juez, cuando muera, en añadir una grave falta en el platillo donde se acumule la carga de mis pecados.

Pero raudo, toda la niebla que envuelve este recuerdo se disipa. Estoy aquí sentado. ¡La guerra ha sido un sueño! ¡No he matado a nadie! ¡Albricias! No he visto la corrosión del ácido en la carne viva. Así que puedo regocijarme porque mi mancha no existe, y el infame pecado se ha borrado porque nunca estuvo. Nunca cometí un asesinato.

Sin embargo, no logro conciliar el sueño. El reloj da las campanadas a cada hora y la noche avanza sin que pueda pegar ojo. ¿Me salvaré? Sé que soy un alma que ha realizado obras que merecerán lo que Dios decida. Mas entreveo una verdad aciaga, conforme la noche avanza, el silencio se hace mayor y sólo creo escuchar el latido de mi corazón palpitante, revolviéndome entre las sábanas. Mi ensoñación me ha arrojado una verdad que no por irreal resulta menos sólida. En la ensoñación es cierto que mi alma ha asesinado y ha torturado. Lo ha hecho de veras, con plena conciencia, con alevosía, con satisfacción y fruición. Se ha solazado en infligir un atroz sufrimiento. Y, murmuro con terror, sé que sería capaz de llevarlo a cabo.

Ahora temo que el asesinato y la tortura pesarán en el platillo de mis faltas, cuando el juez de jueces deba decidir mi destino definitivo. Porque lo haría. ¡Sé que lo haría!

  

Trastorno de ansiedad

Marcos Santos Gómez

 

Existen aparatosas consecuencias fisiológicas en el organismo de las dinámicas mentales. Esto es evidente no ya en los estados inducidos de la hipnosis o la meditación, capaces incluso de variar la temperatura corporal o los ritmos del corazón y la respiración de manera ostensible, sino en todos los fenómenos de lo que se conoce como histeria o los bien estudiados, por relativamente frecuentes, embarazos psicológicos. Lo extraordinario es cómo la psique puede causar no sólo una vivencia o estado de ánimo concreto, sino un cambio de naturaleza puramente fisiológica, que entraría dentro del campo de lo más estrictamente físico, implicando a uno o varios órganos.

En el caso de mi singular sintomatología, todo había comenzado cuando perdí mi empleo de representante de una casa de productos cosméticos, a comisión. Era un trabajo incierto y precario que a mis treinta y dos años tuve que aceptar ante la perspectiva de la crisis económica y el paro. Sobra decir que la presión que esta situación general que la crisis representa ha jugado su papel en mi problema médico. De hecho, como digo, aunque al principio no lo relacionaba, supe, tras las respectivas pruebas y visitas a los doctores, que los síntomas respondían a un trastorno de ansiedad generalizada.

La primera vez que se manifestaron los síntomas fue de manera muy breve, casi instantánea, durando el ataque apenas dos o tres segundos. Yo caminaba hacia la frontera de Gibraltar por la avenida 20 de abril, entre el parque y la barriada de San Felipe, en la ciudad de La Línea de la Concepción, cuando todo pareció borrarse. No me percaté de lo que sucedía. Tan sólo percibí cómo a mi alrededor se extendía un arenal con matas de cardos, algunos juncales y arbustos no muy altos. En frente, muy cerca, a pocos metros, creí vislumbrar dos o tres formas grandes, como automóviles, pero más grandes y cuadrados. Olía a mar, como suele oler toda la ciudad siempre, con fuerza. También seguía estando la mole del Peñón. El olor, decía, era a mar y a viento de Levante, pero además distinguí otra sustancia olorosa penetrante que identifiqué como estiércol fresco.

Mas en los escasos segundos que duró el ataque sólo dispuse de una brevísima oportunidad para experimentar lo que más adelante ha sido la sensación más extraordinaria, es decir, lo que se asemeja a una bilocación por la que siendo yo, dejo de ser yo, ocupando mi cuerpo algún otro yo. Es como si fuera yo mismo, pero transformado. No sé explicarlo con precisión y en las pobres líneas que por consejo médico estoy dedicando a describir la angustia de mis ataques, intentaré por lo menos dar cuenta de estos raptos a los que me refiero y, sobre todo, de lo que de manera sobrecogedora he testimoniado en los últimos viajes, que me han transportado a regiones inconcebibles que no acierto a describir con palabras justas.

Decía que aquel primer ataque lo experimenté durante dos o tres segundos, mientras caminaba por la avenida que, en La Línea de la Concepción, desemboca en la aduana de Gibraltar. Yo, el sujeto de sensaciones extrañas, sentí que de algún modo era también otro, ya digo que tal como si espiritualmente me hubiese trasladado a otra persona. Durante instantes, en mi mente y memoria parecieron brotar recuerdos e imágenes extrañas, no mías, así como un nuevo futuro y proyectos existenciales distintos de los míos, otra imagen amada y diferentes enemigos a los que enturbian mi vida actual. Sentí además, con intensidad, una carencia, una falta de algo. Quiero decir que en el universo a donde viajé no existía un elemento del mundo que para mí hoy forma parte constituyente del mismo. En mi nuevo mundo desdoblado, el que había eclosionado en competencia con el actual que ahora mismo compartimos tú y yo, lector, faltaba algo, algo muy cotidiano que llena actualmente nuestro mundo. Sólo al regresar del trance, tras el aturdimiento de los primeros momentos de vuelta acá, ya en la actual avenida 20 de abril, me percaté de que había viajado a un mundo sometido al ritmo del sol, lento, de anaranjadas luces danzarinas como duendes y vagos claroscuros tras la puesta de sol, de largas noches y vastísimas regiones sombrías. Era el mundo anterior a la luz eléctrica.

Aquél breve ataque parecía un episodio aislado, así que proseguí mi vida, una vida que cada vez se desarrollaba en medio de mayores tensiones. El trabajo me había absorbido con jornadas de vértigo en las que apenas paraba sino para almorzar. Trabajaba a comisión, como he indicado, por lo que desde temprano por la mañana, con la apertura de comercios y a la hora en que no era imprudente irrumpir en los domicilios con las muestras de productos, hasta muy tarde al final del día, caminaba sin descanso, visitando tiendas y domicilios en distintas ciudades, aprovechando incluso las horas en las que todos suelen parar para descansar, como son las de comidas y sobremesas o cenas. El hecho de publicitar y vender productos de higiene corporal y cosmética se me daba bien, pues hacía gala de un cierto conocimiento de la psicología de los posibles compradores. La impresión que causo al comprador suele ser buena, aunque también hay que contar con la baza de las muchísimas horas que dedicaba al comercio. Así, finalmente lograba unos resultados por los que en ocasiones había sido felicitado. Pero, después de tanto esfuerzo, la empresa acabó recurriendo a despidos masivos sin dar muchas explicaciones y fui despedido de la noche a la mañana. Esto, indudablemente, me generó la tensión nerviosa. Yo regresé a mi ciudad natal y allí me refugié en el piso familiar donde viven mis padres.

Me dediqué en los meses del invierno a pasear. Los inviernos son templados pero muy húmedos y con abundantes temporales en la región del Estrecho de Gibraltar. Adquirí la costumbre de ir a mirar el mar, de visitar el Peñón recorriendo algunos de sus senderos y escondrijos, de caminar por las playas de la zona. Fue precisamente en unos de estos paseos, cuando caminaba hacia la aduana en La Línea, como he comentado, que sufrí el primer ataque, muy rápido.

En los siguientes días, padecí nuevos ataques.

No habían transcurrido más de tres o cuatro días. Me encontraba en la playa, en un día de fuerte viento que me agitaba el cabello dejado crecer ya más de lo habitual en mí. Me había levantado tarde y desayunado apenas un café muy cargado que no acababa de sustraerme la soñolencia permanente que acarreaba desde mi infortunio. Mi estado de ánimo se tornaba cada día más bajo y, acostumbrado a las larguísimas jornadas en busca de clientes, no había dejado el hábito de caminar y caminar. La ciudad posee algunos kilómetros de playas, lo que aproveché para marchar por la arena recorriendo el paisaje que daba una triste impresión de mustia espera y abandono, azotado por los temporales, lejos aún del bullicio veraniego. Son playas bonitas que lame un Mediterráneo de frías aguas casi atlánticas, observado por el Peñón, y en las que de vez en cuando alguna barquita varada o algún pescador con su caña en la orilla, salpican con su presencia el panorama solitario donde yo iba a perderme. Mi desolación necesitaba aquella desolación, la hostilidad de una naturaleza que era de algún modo limitada y domesticada en el margen de la misma playa, donde empieza el paseo marítimo, largo y espléndido, desde la frontera de Gibraltar hasta, algunos kilómetros hacia el noroeste, la encantadora iglesita del Carmen, una sencilla construcción pulcramente encalada, refugio para plegarias de pescadores y viejos almadraberos.

Como puede imaginarse, desde el paseo marítimo, hasta el interior de la ciudad, todo es paisaje urbano de calles más o menos rectilíneas en una ciudad joven cuyo crecimiento en ciertas zonas ha sido reciente y planificado. Es una ciudad de tamaño mediano y edificaciones no demasiado elevadas, salvo en el caso de alguna barriada concreta, que todavía conserva algún lugar con el antiguo estilo de casitas individuales e incluso unos pocos de los añejos patios de vecinos.

Yo me había marchado pronto de La Línea en mi juventud temprana. Realicé un corto periodo de estudios profesionales en la propia ciudad y, en cuanto pude, corrí al alquilar un piso en Marbella, donde hallé mi primer trabajo. Me he buscado la vida durante unos doce años en distintas ocupaciones, muy diversas, aunque es la venta a domicilio de distintos productos en lo que hasta ahora mejor me he defendido. La independencia, la disponibilidad de mi tiempo, ya que soy soltero y estoy dispuesto a trabajar a destajo, eran grandes bazas con las que contaba para promocionar en las distintas empresas. He llegado a ganar bastante dinero y a vivir relativamente bien, siempre en casas alquiladas, con mi propio automóvil y lejos de esta ciudad donde nací. Sin embargo, a la vuelta de, como digo, diez o doce años aproximadamente, la crisis que todos estamos sufriendo (aunque unos más que otros) me ha obligado a regresar al hogar paterno y a La Línea. He aprovechado para recorrer la ciudad a conciencia, y conocerla bien, a ella tanto como a Gibraltar, cuyas calles también he fatigado ardua y diría que compulsivamente.

No soy persona que ostente carrera universitaria. Sin embargo, en algunas épocas he leído bastante. Sobre todo me ha interesado la historia. Digo esto porque, quizás… (y escribo un “quizás” que hago extensible a todo el escrito que, oh paciente lector, tienes ante tus manos, porque no puedo sino quedar abatido moral e intelectualmente, y claudicar, claudicar la razón, el sentido común y todo el engranaje que hasta ahora componía eso que demasiado a la ligera nombramos con una única palabra, llamado “mundo”). Retomo el hilo de la anterior idea inacabada para continuarla insistiendo en que, si me es permitido apreciar conexiones y causas en este enredo, debo apuntar a mi interés, desde la infancia, por la historia, por el pasado, que desarrollé con la lectura de revistas para aficionados y también buenos manuales como acicate para la senda que mi sistema nervioso ha escogido. Llegué a proyectar haber estudiado la carrera de Geografía e Historia, pero finalmente, como he puntualizado, no pasé por la universidad.

Regresemos a aquel paseo invernal, en el mes de febrero, por las playas grises en un día gris frente a la mole del Peñón. Ahora sólo logro evocar una áspera sensación de aire marino ocupando furioso mis oídos, junto al zumbido del mar rugiente, el estallido de las olas a unos metros de mí, con la visión de su espuma blanca, y un fuerte silbido que fue apoderándose de mi cabeza, mientras me hincaba de rodillas en la fría arena de la playa, hasta borrarse todo de mi vista y de mi mente.

Esta vez el ataque duró algo más. No sabría decir cuánto tiempo con exactitud. Fueron varios segundos, acaso diez, ¿veinte? Era el mismo lugar, me parece. O un rincón muy parecido. Tal vez no. Porque miré a mi alrededor y el mar estaba un poco más lejos. Todo era una especie de llanura, con pequeños montoncitos de arena. Frente a mí estaba de nuevo el Peñón y a sus pies, entre la mole rocosa y yo mismo, había mar o agua. No estaba la pista del aeropuerto de Gibraltar, porque en unos segundos, me pude situar, más o menos, en el lugar. Era La Línea, pero todo estaba despoblado, silvestre. Miré frente a mí. No era el paisaje lo relevante, aunque yo estaba allí, al parecer, para disfrutarlo, ya que también creo que había ido a pasear, a mirar el mar y a sentir el temporal. Era y no era yo. Al principio supe que algo había cambiado en mí, sin ser capaz de acertar con lo que fuera. Centré mi atención en lo que de manera inercial ya la tenía centrada, lo que me atraía con un interés que no puedo explicar.

El temporal le había arremolinado también a él el cabello. Presentaba entradas en el mismo. Ahora sé lo extraordinariamente físico y tangible, lo fieramente real, que puede resultar algo como lo que suele llamarse “entradas” en la cabellera. Así era. El hombre joven que se alzaba ante mis ojos tenía entradas en un cabello cuyo rasgo más llamativo sin embargo eran las largas y gruesas patillas, que le llegaban casi hasta la barbilla. Sentí su olor y su aliento, el vapor exhalarse de su boca al hablar, al pronunciar unas palabras incomprensibles: “habrá que devolver el lino”.

No vi a nadie más, pero sentí muy cerca la presencia de más gente, tal vez a mi espalda. No logré apreciar viviendas o construcciones en mi campo visual. Durante los pocos segundos que tuve la visión, fue el caballero quien centró mi atención porque, como he dicho, yo ya me encontraba centrado en él, o, más bien, centrada en él. Ya que algo confuso me señalaba que yo no era yo y que el nuevo sujeto de mis percepciones era una mujer. Podía sentir los dos lazos invisibles que se tendían hacia el joven y me unían a él: el de un observador atónito, el viajero del siglo XXI, y el de la mujer, acaso la novia, con la que se hallaba el joven en cotidiana cháchara y paseo. Un lazo de deseo, este último.

El joven caballero ostentaba unos bellos ojos de mirada inteligente, cuya viveza me impresionó. Su cercanía, la gran proximidad que contrastaba con unos elementos chocantemente añejos en el vestuario, como el abrigo absolutamente desfasado que portaba, la corbata de lazo y las ya mencionadas gruesas patillas, me impresionaron hondamente. Era muy humano, muy real, muy, ya digo, próximo. Pude sentir su aliento en mi rostro, como la humedad del temporal a mi izquierda y el ruido de las olas rugientes.

Recuerdo su expresión, casi congelada, capturada en el curso de unos segundos, en la pronunciación de una frase proferida en el contexto de una conversación en apariencia trivial, cuyo sentido general desconozco. Pero una voz que ahora sé que sonaba hace casi doscientos años, y que oí tan real. Recuerdo cómo me asía la mano. Su mano era muy cálida. Desprendía todo él un perfume escandaloso, que me recordaba grandemente al aroma de alguna flor natural. Era estridente. Creo que yo también me había impregnado en fuertes esencias. Siento que acarreaba un cuerpo que no era el mío, un cuerpo con otros volúmenes y pesos, muy moldeado por la ropa pesada, tal vez un corsé. Él parecía que no se había afeitado en uno o dos días. Tenía el cabello, como he dicho, muy revuelto por el viento, que a los dos nos molestaba. Recuerdo que estábamos paseando por escapar de algo o de alguien, por hablar a solas, pero no puedo ya concretar más.

Cuando torné en mí me dolía fuertemente la cabeza. Hube de palpar mi cuerpo real para hacerme de nuevo a sus medidas y formas de siempre, el pecho plano, los genitales masculinos, mi incipiente obesidad frente al cuerpo extremadamente delgado que había dejado.

La tercera vez que padecí un ataque vi un lugar cerrado, en la oscuridad. La hoguera calentaba a tres personas, incluido yo mismo. Yo era de nuevo una persona muy delgada, pero era un hombre en esta ocasión. Me sentí ligero y menudo, aunque muy fuerte, lleno de vigor físico, casi un niño. Miré a mis acompañantes junto al fuego. Uno de ellos removía la cacerola donde hervía agua. No he podido adivinar nunca qué cocinaban. Sí me detuve, de nuevo, en el aspecto físico, indumentaria y rostros de las personas que me acompañaban. Ambos, y tal vez yo, portaban chalecos holgados, de color gris o pardo, cruzados por grandes correas. Usaban algo así como unos pantalones cortos o calzones anchos, que llegaban aproximadamente hasta las rodillas. Y medias con grandes botas de hebilla. Estábamos dentro de un habitáculo muy cerrado, tal vez subterráneo, o parcialmente hecho de piedra.

El olor a verduras y a algo que parecía chacinas o salazones lo invadía todo. Una especie de fusiles muy largos con las bayonetas caladas, como grandes pinchos, estaban apoyados en la pared. Observé la dentadura perfecta del jovencísimo soldado que tenía en frente, que era, como yo, casi un niño. Debía tener unos quince años. Hacía mucho calor allí dentro.

En general todos los ataques me asaltaban de un modo imprevisible. Solía ser a pleno día y caminando. A veces podía identificar los lugares. En todos, lo extraordinario era, y así se lo he descrito a mi médico, la sensación tan física de estar realmente donde sentía estar. De hecho, frente a lo que la literatura, el cine o el estudio de la historia nos acostumbran, que no es más que a imaginar lugares comunes, generalidades o tópicos, mis vivencias eran siempre rabiosamente concretas.

Pero en muchos casos me era complicadísimo identificar el lugar y la época o año. Podía haber sido ayer o hace doscientos, trescientos, quinientos o mil años. No sabría decir. Comenzaron a sucederse este tipo de viajes, mas todo iba mezclándose en mi memoria y diluyéndose, por lo que he perdido la nitidez con que podía evocar las primeras experiencias. Diría que he realizado también, incluso, viajes a eras muy antiguas, antiquísimas, acaso prehistóricas. Pero sobre todo abundan los llevados a cabo en el lapso de los últimos doscientos años (que curiosamente coinciden con la existencia de La Línea). No sé a qué atribuirlo, como tampoco entiendo el asombroso giro que últimamente ha tomado todo y que en su oportuno momento, no te haré esperar ya mucho paciente lector, voy a relatar.

Para no acumular la serie de mis ataques, mencionaré tan solo el de mayor duración. Calculo que se prolongó durante un minuto aproximadamente. Me asaltó en un mirador del Peñón de Gibraltar. Había decidido subir a pie al Peñón en una larga caminata, por la que es la ruta turística que se suele recorrer y que a media altura, en la cara norte, o sea, justo la vertiente que cae hacia la pista de aviación, mira hacia La Línea, junto a unos viejos túneles y troneras militares excavados en la roca. La vista es soberbia. Si el día es claro, merece la pena contemplar el paisaje. Se abre la llanura arenosa y hoy día totalmente urbanizada donde está la ciudad española fronteriza y las sierras a su alrededor. A la izquierda del istmo que compone dicha llanura, se halla la Bahía de Algeciras, y a la derecha, el mar abierto cuyas rugientes olas escribía líneas más arriba que gustaba de ir a escuchar.

Estaba, pues, realizando un breve descanso ante dicho panorama. Mi estado nervioso volvía a atormentarme. No tenía, y sigo sin tener, buenas perspectivas laborales. Apenas había dormido durante la noche y sentía una fuerte agitación interior. Intentaba, precisamente, calmarme y disfrutar del cielo claro en un día de limpio viento de poniente. Y fue entonces cuando todo comenzó a bailar delante de mis ojos, perdí el sentido unos breves instantes y me deslicé a otro tiempo.

Esta vez pude permitirme gozar del paisaje, porque fue lo que tuve ante mi vista, sin molestias ni interrupciones, casi un minuto aproximadamente, como ya ha quedado dicho. He meditado mucho sobre el año y calculo, tras haber consultado libros de historia local, haber viajado a 1860. Yo seguía siendo yo, pero, como una nube, coexistía también con otro yo, diferente, borroso, del que pude ir discerniendo lentamente sus rasgos. Mi extrañeza y la vaguedad inicial se fueron perfilando con claridad hacia algo muy concreto. Era un yo que calificaba enfáticamente a las cosas y para el que la existencia era sinónimo de habitar o el verbo jugar significaba además interpretar. El idioma inscrito en mi mente, en los pensamientos e incluso diría que en las emociones, se reblandeció y nuevas conexiones dentro de una cierta lógica acaso común (no recuerdo ni tuve tiempo de comparar las dos nubes en que sendos yoes se situaban) me indicaron que el personaje al que visitaba era angloparlante. Pensaba y sentía en inglés. Estaba, como yo, que ocupaba su cuerpo, observando el paisaje y al mismo tiempo absorto en algo de naturaleza material, acaso fabricando o utilizando un instrumento. Quizás miraba con unos catalejos. Yo veía, en cualquier caso, con sus ojos, creo. Y veía el mismo paisaje que antes de mi ataque había tenido frente a mí, mas extrañamente despoblado. La Línea prácticamente era inexistente. Me costó distinguir apenas una hilera de casitas blancas en lo que hoy sería el centro de la ciudad. Todo el paisaje lo dominaban lagunas, charcas y arena, con pequeñas huertas dispersas. En la bahía se hallaban anclados barcos de la época, según pude más adelante informarme, debían ser goletas y veleros propios de la segunda mitad del siglo XIX.

Más allá de la descripción física que yo pueda realizar de lo que he contemplado, me interesa destacar una cosa. De hecho, es por lo que me estoy tomando la molestia de seguir las indicaciones de mi médico, relatando mis vivencias. Se trata de la tangible vivacidad con que he experimentado cada instante. Del mismo modo que ahora mismo, lector, pasas tu mirada por estas marcas negras sobre fondo blanco, en un acto singularísimo que sólo tú puedes hacer en este momento para ti y que ya nunca jamás podrá ser repetido, del mismo modo, decía, he vivido cada instante a los que me han conducido mis ataques. Una vez de vuelta, por ejemplo en esta última ocasión que estoy narrando, me era casi imposible aceptar que había estado de manera tan real allí como aquí. Y aun más. Me sigue resultando imposible creer, a pesar de haberlo vivido, que haya existido el siglo XIX. Si ni yo, que he respirado en él, puedo creerlo, ¿cómo tú, lector, vas ni siquiera a concebirlo?

Y concluyo con lo que más me perturba de esto, escapando a toda mesura y desbordando a la ciencia médica. El doctor me aconseja que, puesto que los síntomas agravan mi angustia, escriba sobre ello. Pero, aun viendo la clara relación que todo guarda con la ansiedad, no acierta a explicar de manera convincente por qué a mí, y sólo a mí, se me ha presentado esta rara forma de alienación patológica.

Sólo son rostros. De ellos, dos se han perfilado con la nitidez suficiente como para recordarlos con alguna garantía. El primero es el de un hombre blanco, afeitado, de cabello muy corto y moreno, de mediana edad, con gesto serio y sereno. Cuando me situé frente a él, en la visión que me arrobó en plena calle Real, a la luz del día, en medio del bullicio de las horas punta del comercio, supe que había volado muy lejos. No pude verle los ojos. Usaba algo parecido a gafas, que le ocultaba los ojos, con lo que no pude discernir apenas su estado de ánimo ni el contexto en el que ambos, se supone, charlábamos. Lo que le ocultaba los ojos y las cejas eran como unos pequeños anteojos de los usados antaño en los teatros por algunas personas del público, pero bellamente pulidos y brillantes, con pequeñas lucecitas. El ataque duró apenas diez o quince segundos. Tengo la impresión de que el espacio, quiero decir el lugar, que en mi ataque había sido la calle Real a mediana altura, era el mismo, físicamente, pero a una enorme distancia temporal, sin que pueda confirmar cuántos años (siglos, milenios) exactamente. Tiemblo al sospechar que el lapso transcurrido pueda medirse en cifras de muchos ceros. De nuevo, sentí cerca el aliento de un hombre y disfruté del tiempo suficiente para percatarme de que lucía un mal afeitado.

Durante semanas me ha atormentado la visión de otro rostro que ha permanecido él solo, como flotando en una vaga oscuridad de la que se ha borrado cualquier otro rasgo. Se trata de un hombre o criatura de un mundo futuro inconcebible, que sé, que siento, como un mundo inconcebible.

Un hombre con un gesto de locura y de espanto. No sé qué nos acechaba. Ambos corríamos. Había un peligro, pero el espanto era de un grado tal que debería ser descrito en términos, como ya lo he nombrado, de locura. Su rictus de máscara griega, de horror dionisíaco y ciego espanto, me persiguen. ¿Qué estaba testimoniando en un futuro tan remoto? ¿A qué reaccionaba con algo tan viejo como el horror más básico expresado en una máscara trágica helénica? En su cara creí ver a Grecia, o aun más viejos y anteriores ritos y confusiones de dioses caníbales y Molocs insaciables, devorando a los hombres. Todo ello en un mundo en el que ya Grecia y la vieja Babilonia, o Sumer, yacían en el más profundo olvido. Nadie de ellos me lo ha dicho, pero lo sé.

Se me ha atornillado en el recuerdo el bigote que este último rostro mostraba. Un bigote descuidado, crecido algo más de la cuenta, con aire un tanto salvaje, y que parecía querer caerle sobre el labio superior hasta cerrar la boca abierta en el señalado gesto de pasmo. Alguien puede tal vez hallarlo risible y juzgar sobre mi escaso don para lo abstracto, en cómo fijo mi atención en detalles nimios, en un paseo chabacano y grosero allende los tiempos, allende el futuro. Sin embargo, que en el más remotamente inconcebible futuro los seres humanos sigan siendo seres humanos, no ya conocerlo y saberlo o imaginarlo, sino haberlo vivido, experimentado y sentido, como único hombre en mi tiempo que lo ha logrado, es sobrecogedor y desconcertante.

Mi ansiedad no va a desaparecer. Vivimos un mal tiempo. No me gusta el curso que está tomando el mundo. Tal vez nunca el mundo ha cursado bien. Pienso en las ráfagas y destellos que me han azotado de esos cielos remotísimos de un futuro en el que tal vez el Peñón de Gibraltar vuelva a reposar bajo las aguas. Entonces ni siquiera un sueño habremos sido. Pero será muy extraño que todavía entonces, como hoy y como ayer, haya habido hombres.