Casa menguante


Casa menguante

 

Ha irrumpido una callada inundación

desde los cimientos.

El agua ha desbordado muros y suelos,

y ha vaciado con su fuerza

el familiar cobijo

de nuestra casa.

 

El agua ha acabado por manar también de las paredes,

a terribles chorros helados,

y los muebles finalmente han sido arrojados a la calle

por atropelladas corrientes

quedando sólo el espacio en cuanto espacio,

desesperadamente vacío,

limpio,

ascético.

 

Y nuestra casa es ahora un hueco,

un pozo,

un túnel desnudo

que se adentra como en otra casa grande,

un pedazo de aire baldío separado de más aire,

el lugar a donde el mundo llega apenas reflejado,

sin muebles ni la huella de las manos que los hacen,

un lugar de invisibles restos, de melodías despojadas de sus notas.

 

Ya no nos sentimos bien en nuestra casa.

 

En este núcleo casi intangible,

entre estas paredes devastadas

donde rebotan los ecos de múltiples silencios,

en esta reducción extrema,

que es a la vez desaforada amplitud,

es donde irremediablemente tendemos nuestra débil hamaca,

que tiembla y parece apenas soportar nuestra gravedad,

y atendemos al silencio impuesto

en cuyo centro más oculto,

buscamos la fiesta perdida,

como si el hogar se prolongara y hallara

en un repliegue hacia atrás,

en un movimiento descendente,

que continuando el camino de la reducción, la mengua y el despojo

fuera a toparse casi sin esperarlo con un Edén primigenio.

Marcos Santos Gómez

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.