Voltaire post mortem


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VOLTAIRE POST MORTEM

 

Me encontré a Voltaire

encapsulado,

capturada su viva mirada,

la leve sonrisa,

la afiladísima barbilla,

el rostro en extremo enjuto,

irrisoriamente menudo el cuerpo,

con exótico y rancio ropaje dieciochesco

y largos rizos cayéndole gloriosamente por la espalda.

 

Era un insecto de otro tiempo ahogado en el ámbar de un siglo XX

televisivo y cinematográfico.

Era una gota de no esperada lucidez reverberante,

una excéntrica sorpresa

entre tantas figuras

de boxeadores, actores y princesas de revista del corazón.

Constituía a todas luces un centro de esa triste exhibición turística

pero mantenido casi en secreto,

discretamente,

cual rescoldo del viejo museo verdadero

de la auténtica Madame Tussauds

y del auténtico Voltaire;

depositado como un cofre sereno,

como una raíz o brote trasplantado al que se le permite otra primavera,

como un cáliz

ignorado por los patosos turistas

y casi pisoteado.

 

Lo observé atónito,

incrédulo y agradecido de poder disfrutar de tal privilegio.

Allí, en aquel punto exacto,

rescatado del abismo,

del mito y la memoria,

resucitaba para mí, encarnado en cera virgen.

Retornaba,

venía por segunda vez para contarme

su melancolía.

 

Pero ya no era Voltaire de carne y hueso.

Era, ciertamente, un hombre que había muerto.

Un muerto que al parecer no acababa de morirse,

del que muchos seguimos hablando,

que habita petrificado en un museo de cera

o en bibliotecas

y que, esto es lo más misterioso,

de algún modo,

es un centro, sustancia o cofre secreto

de un mundo que en gran medida lo ignora.

 

Aproveché para preguntarle,

ahora que había muerto,

por lo que sabía de la verdad ansiada,

no sin antes certificarle

el extraño modo en que pervive

siendo núcleo y periferia,

cemento o mera tramoya,

no supe decirle,

de todo este tinglado.

Él asintió.

 

Dijo:

“Sólo puedo confirmar que medio soy

en este fantasmal modo de habitar tu sangre

y tus neuronas

tal como me lo estás relatando.

Como ves, también medio soy cruelmente atrapado en esta cera ridícula,

en que mi nombre persevera

contra toda mesura.

Sólo puedo indicarte, por tanto, que no soy,

o que soy según lo que tú quieras que sea,

ya que tú me contienes ahora,

como si hubiera regresado

al mudo vientre materno, sin luz,

de acompasados latidos y cálida acogida.

Pululo cuando tú me pronuncias

o cuando la cera cuaja.

Ya no hay Bastilla para mí ni hoguera,

ni hay persecuciones ni clavicémbalos galantes.

En realidad, esto que ves y escuchas es otro.

Propiamente no hay segunda vez.

No existe renacimiento,

ni nuevo Edén,

ni un segundo ‘hágase la luz’.

 

Es esta impúdica trama de cera y palabra

sin embargo

donde me zambullí todavía vivo,

y donde crecí, arraigué y di frutos.

En ella me fui materializando o sublimando,

o perdiendo, no sé;

para irme deslizando

hacia la sombra que tú tocas ahora.

 

Tal vez un frenesí fuera yo,

un mero parir

del que ahora vibra el arrojado eco inasible

que también reverbera

y se desliza

y desdobla.

Quizás porque tejía esa trama que ahora perdura

fui yo.

No puedo decirte exactamente.

Ahora que estoy muerto,

sé que esa metamorfosis sin fin

justificada por mí hace siglos como búsqueda

de lo que llamaba ‘verdad’,

era importante porque con ella tejía mi cuerpo,

el cuerpo que tú has conocido,

que te está hablando

en este diálogo

que es tu monólogo”.

 

No quise ni pude escuchar más.

Abandoné la estúpida claridad del museo

dejando en su penumbra a Voltaire,

más impío, si cabe, después de muerto,

más vehemente,

más sarcástico.

 

Marcos Santos Gómez

Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.