Desahuciados


Marcos Santos Gómez

 

Al principio casi nadie se percataba de su presencia, cuando mataba con sigilo, puntualmente, a sus víctimas, a las que capturaba con delicado disimulo. Brotó acaso invocado, si es que su género es masculino, cosa que no puede apreciarse bien del todo, por los ejecutores, sus eficientes nigromantes, los que fingiendo no saber nada, lo habían traído de no se sabe dónde, quizás imaginando algún negro prado de tréboles podridos, de humus maloliente, exhalante de burbujas como si hirviera, esponjoso. Un prado triste en el que él esperaba su momento, ansioso, dando pequeños botes, con algo de conejillo desdentado, con las cuencas de los ojos vacías y los largos bigotes elásticos y sensibles, habitando pesadillas, ocupando noches de insomnio, de vueltas y revueltas en la cama, de padres preocupados, de barrigas vacías, inquietas, tan carentes de todo como sus cuencas sin ojos. Porque a este animalito le basta el olfato para conducirse, un olfato que no es de este mundo, un olfato que ejecuta una sensibilidad insensible, más bien espiritual, casi mágica, que es capaz de adivinar los rastros que tiznan, que tiñen de betún el suelo que no vemos pero que pisamos. La habilidad del pequeño animalito es, precisamente, habitar en ese límite difuso en el que es capaz de ver, con sus ojos inexistentes, y de oler con su nariz espiritual, en su borrachera de almas, en su sed de sangre, de bilis y de cálidos humores, un límite en el que espera, en el que ha sabido esperar riendo atronadoramente en su prado, mientras nosotros sólo veíamos cifras, mientras los ejecutores ensayaban adustas caras de circunstancias, mientras todo encajaba, una muñeca de helada sonrisa dentro de otra, con precisión de potente computador, de robot, de artilugio de una ciencia ficción vendida por televisión y en todos los escaparates de las grandes superficies del mundo.

Los números cuadraban y nada parecía detenerlos. Mientras, el monstruito sin alma saltaba de gozo, bullicioso, ensimismado, solitario, adelantando en su imaginación lo que sabía que iba a acontecer, su luctuoso imperio, robando almas, su victoria, lo que sus ejecutores preparaban para él, cuando recorrería calles, barrios, casa por casa, sembrando desolación, portando su chalequito y su corneta, vestido como es apropiado, para ser recibido con aplausos por los ejecutores, por quienes incluso apartarían a la chusma y los detendrían esposados para que él pasara triunfalmente, dando botes, chillando como sus primas las ratas, silbando como un áspid, preparando sorpresa tras sorpresa, haciendo del barrio, de toda la ciudad y del país entero su dominio. Un dominio cierto, seguro y sordo. Un imperio aclamado por los números y las estadísticas, por los ejecutores de solemne expresión, de graves medallas.

Hay que decir que al principio fue mejor. Su trabajo transcurría con mayor discreción, sin ser perturbado por los odiosos escraches. Nadie parecía darse cuenta. Las víctimas saltaban al vacío o se ahorcaban y nadie decía nada. Todo pasaba en el más grato silencio. Eso era muy bueno. Él ejercía de monstruito parido en un campo de tréboles podridos, de mustia podredumbre, de esponjoso e hirviente humus, de osamentas y calaveras, parido por los sueños y las esperanzas de los ejecutores, por aquello que más elevadamente pueden alcanzar las mentes de los ejecutores, de su particular ejército de prohombres, un horizonte de ciénagas y estanques pletóricos de fiebre amarilla. Esos hombres le hicieron a él, lo fabricaron con sus manos emprendedoras, seguras de sí mismas, sin titubear, en una inercia de ferrocarriles sin freno, de naves espaciales desorbitadas, en un frenesí, en un plus ultra ciego como las cuencas vacías de sus ojos, un siempre más allá arrollador, sin frenos, sin frenos, sin frenos.

Brotó en esa nada de mosquitos y fiebre amarilla, de tréboles marchitos, de aguas podridas. Y ya supo cuál era su fin. Debía fatigar las calles para arrullar invisiblemente en un zalamero abrazo, envolviendo apenas con sus pequeños bracitos, con sus garritas, a los que ellos, los ejecutores, le señalaban, sorteando, cuando empezaran las personas a protestar, a dichas personas, a dicha chusma, y entonces, apretar el abrazo, el abrazo de medusa, riendo, royendo mientras la piel del cuello, de los brazos y de la espalda de la víctima, soltando la ponzoña, y arrastrando al alma consigo, llevándola, sufridamente, consigo, cargándola a cuestas, inerte, más grande que él, por toda la casa desahuciada, invisibles ambos, dejando atrás el cuerpo, trofeo requerido por los ejecutores, y llevándose el alma, trofeo requerido por la muerte, para nutrir su existencia de conejo infame, de monstruito absurdo, de engendro demoníaco y recibir algunas monedas de la señora con guadaña. A fin de cuentas, a todos nos espera lo mismo. Todos, alguna vez seremos de este modo arrancados de sí mismos y llevados Dios sabe dónde. Pues yo, piensa el monstruito, me los llevo un poco antes, de donde los hombres probos han creado un mundo feliz, un mundo bello, a su medida, un mundo noble y presentable, educado, correcto, que cuadra y puede ser legislado. Qué más da. Morir, siempre se mueren los hombres. Lo hacen a diario por todos los motivos imaginables. Qué importa que añadamos como motivo un desahucio. Yo me debo, eso sí, a esta casta, porque he nacido de ellos, porque mi existencia depende de ellos y vivo en función de que siga habiendo sesudos y jurídicos argumentos. Aquí donde me ven, soy un producto de la razón. Diría, si no fuera abusar de un tópico, que soy un sueño de la razón.

La muerte, que por seguir con tópicos, es llamada Dama Blanca, espera, en efecto, que nuestro monstruito haga su trabajo. El furtivo ladrón de ilusiones, que irrumpía mermando horizontes y achicando perspectivas, anegando espacios vitales, asfixiando y desmembrando espíritus, cumplía estrictamente su cometido, como nuevo invitado en la vida pública, como existenciario vomitado desde la política y la economía, que se colaba, subrepticio, en los recónditos rincones del alma de hombres corrientes que sólo pocos meses antes ignoraban qué se les venía encima, mientras vivían lo que eran sus postreros momentos de vida digna, o por lo menos, vida aceptable, estable o sencillamente, soportable. Este repugnante monstruito engendrado en las bolsas y grandes bancos, en impecables y altivos edificios de vidrio y aluminio que exhiben orgullosos el poderío de una casta que apenas hubo de reciclar unas pocas siglas cambiantes como las modas que rigen los vestidos y los trajes, este grotesco roedor o lagomorfo, fuera lo fuese, de babeante boca de lengua azulada, viscosa, y, repetimos, ojos inexistentes, nació para entregar en condiciones muy concretas, perfectamente reguladas y previstas, estipuladas por ley, a los brazos de la susodicha Dama Blanca, las almas y cuerpos de quienes, decíamos, incautamente apenas imaginaban el acecho de que eran objeto tan sólo meses o semanas antes. Es, no obstante, y todo hay que decirlo, propiedad de la existencia humana, el que la mencionada Dama jamás avise de su llegada, y que se valga de todos los artificios y recursos imaginables, los más bellacos y grotescos, incluso irrisorios, que uno pueda imaginar. Pero no podemos esta vez aceptar, hemos de confesar, la complicidad de estos ejecutores que, denigrantemente, no admiten ni reconocen su culpabilidad ni connivencia en los acontecimientos de los que son, como venimos diciendo, ejecutores. La Dama Blanca se halla empachada, harta, indigesta, de cuerpos llegados antes de tiempo, a los que aguarda la consabida corrupción que a todos nos aguarda, pero con la salvedad de que es una corrupción, como estamos señalando, llegada mucho antes de tiempo, en una ciudad que se precia de ser boyante, impecable.

En esta misma ciudad si prestamos atención podemos ver recorrer las calles, maloliente, al pequeño engendro como si fuera el conejo de Alicia, mirando con sus órbitas vacías su reloj, cumpliendo órdenes intachable, gritando “sois chusma, sois chusma”, sorteando escraches y acudiendo presto a las citas con la Dama a quien sirve, él y los ejecutores, una Dama que se complace en las sogas fuertes y bien trenzadas, de recia cuerda, que sepan y quieran aguantar cuerpos que se balanceen como badajos, para que al entrar los secretarios judiciales, jueces y agentes de la autoridad, la solemnidad del momento sea resaltada por el toque luctuoso de la campana de carne ya en proceso de descomposición, que es, al fin y al cabo, lo que también a ellos, secretario, juez y agente de la autoridad, les espera, tarde o temprano, que de eso no hay hombre o mujer sobre la Tierra que se libre. A ellos también los consume la muerte, incesante, aunque finjan no saberlo.

“Sois chusma” Grita fuera de sí el conejito, sin ojos, sin dientes, con garritas de hámster, dando saltos con frenesí, alrededor del ahorcado, mirando a los que hacen el escrache, que aguantan golpes e identificaciones policiales, detenidos y llevados a rastras a los furgones.

Sólo la Dama Blanca, de quien todos esperan un hueco gélido donde debería haber corazón, se detiene y mira sin embargo compasiva al cuerpo que pende en el abismo. Poco a poco ella lo irá tomando, y no habrá más mundo, ni juez, ni policía, ni escraches, ni monstruito histérico. Sólo este pedazo de músculos, pellejo, tendones, vísceras y huesos de los que se irá apoderando, en un estrecho y silencioso baile, secreto e íntimo, en un abrazo y largo beso, en la oscuridad de una caja de madera, tras la fatigosa ceremonia, tras los llantos, por fin solos, y, como siempre, será el hombre y ella, ahítos uno del otro, en un final y profundo abrazo demoledor, absorbente, que irá descomponiendo y licuando la materia, convirtiendo al hombre en algo semejante a ella misma, a su parca y grave imagen, su imagen dura, seca, triste y angustiosa, su imagen que hiela, que no puede ser mirada sin peligro por los hombres, como lo era, decían aquellos de los que hace ya tanto tiempo también ella se ocupó, que se llamaba Medusa. Ella ha ido chupando de ese modo los cuerpos, fundiéndose con ellos y mudándolos, convirtiéndolos en lo que ella es, habitando en ellos. No hay mejor muestra de amor. Porque al mismo tiempo, ellos olvidan. Ellos dejan de sufrir. Ellos no sienten.

Granada, 2013

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Publicado por

Marcos Santos

Profesor en la Universidad de Granada, bloguero y escritor de poemas y algún que otro relato en internet.